La Traviata, La Tristura y el arte popular

La Traviata, La Tristura y el arte popular

Publicado por el May 16, 2015

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Preparativos de viaje. Así se titula el volumen que reúne la poesía completa de Dámaso Alonso que acaba de publicar Ediciones Vitrubio. Transcribo el primer hemistiquio del poema titulado ‘A un río le llamaban Carlos’:

 

(Charles River, Cambridge, Massachusets)

 

Yo me senté en la orilla:

quería preguntarte, preguntarme tu secreto;

convencerme de que los ríos resbalan hacia un anhelo y viven;

y que cada uno nace y muere distinto (lo mismo que a ti te llaman Carlos).

Quería preguntarte, mi alma quería preguntarte

por qué anhelas, hacia qué resbalas, para qué vives.

Dímelo, río,

y dime, di, por qué te llaman Carlos.

 

Traviata IV 0706

 

Escribí el 5 de mayo: “Iba a esta Traviata de Renato Palumbo (a la batuta, un saltarín que parecía dirigir un can-can) y David McVicar (a la dirección escénica, sin el menor gusto, o el gusto de un director de melodramas efectistas para el bajo Manhattan de comienzos del siglo XX) lleno de prejuicios. Se confirmaron muchos, pero no todos. Francesco Demuro (Alfredo Germont) tenía trazas de contable canónico, y se ciñó a él: no sabía abrazar, arrodillarse, amar, sostener sufrir. Todo lo contrario que Juan Jesús Rodríguez (Giorgio Germont), que por planta y voz no parecía su padre, aunque el director, fiel a su estilo, lo puso de pasmarote, lo ocultaba o lo pegaba a Violetta o, en el absurdo, patético final, hasta de caganer. La Violetta de Ermonela Jaho, tísica y cargada de hombros desde antes de que empezara la decadencia, no solo hizo que el público aplaudiera como en una opereta yiddish de Nueva York, sino que cantó con verdadero gusto, aunque tardó en entender que canto e interpretación han de ir de la mano. Pero resultó delicada, clara y convincente, sin que llegara a desbordarse nunca la emoción (pese a lo que los aplausos pudieran llegar a decir)”.

 

Traviata IV 4531

 

Yo no sé cuántas veces han afeado lo burdo de la trama, y cómo todo se precipita a trompicones. Pero este montaje –me temo que tan zafio como el público: parecía de una convención de una empresa de pompas fúnebres o de una aseguradora que no deja de ampliar su cartera de negocio y así extiende su margen de beneficio– lo acentuaba. Creo (y no digo nada nuevo) que Verdi es superior musicalmente a todo lo que las palabras intentan perpetrar. Pero la fealdad de la puesta en escena, con una escenografía que propiciaba el tumulto, y un uso desaprensivo del espacio escénico (con cortinajes que acotan y pequeño-aburguesan en el peor sentido del término, y la torpeza de pegar a los intérpretes como si estuvieran ciegos…) emborronó todo el conjunto. No fue un montaje ni del siglo XX. El entusiasmo del público de la función del 5 de mayo (me consta que no fue la única: La Traviata es genuina cultura popular para los advenedizos que tan bien retrató Marcel Proust) hizo que Gerard Mortier se diera, malhumorado, y con razón, una vuelta en su fría cama. Se volviera todavía más de espaldas a este teatro mediocre que no cambia nada. Y que huele un poco a ajo.

 

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De repente me di cuenta de que no era de repente. Es algo que vengo rumiando desde hace años. Primero volver a escribir. ¿Qué? De esta época, de este momento. De estas miserias, de tantos mentirosos. Y creo además que debería cargar las tintas con mi propio gremio. Y estoy hablando de periodismo.

 

Al llegar a la Plaza de los Pinazo, en San Cristóbal, un barrio de Madrid, en Villaverde, en el que nunca había puesto los pies, me acordé de uno de los espectáculos (si se le puede llamar tal cosa) que tuve la suerte de ver (más bien de vivir) y que más me impresionaron del tiempo que pasé en Nueva York. Nos citaban, de uno en uno, en un oficina improvisada dentro de un contenedor varado en la isla de Roosevelt, que es como un esturión de tierra en medio de la corriente del East River para que el caimán del Queensboro Bridge apoye sus patas que tanto han hecho para que los neoyorquinos confíen en la revolución industrial y los beneficios del porvenir. Allí nos daban las instrucciones para una obra que se desarrollaba en una serie de enclaves secretos esparcidos por la ciudad, en sótanos, en rascacielos abandonados, en oficinas siniestras, hasta en un teatro, para que viéramos fragmentos de una realidad que nos había pasado inadvertida, y que tenía que ver con la naturaleza de la vida y su dispersión, solos en medio de la muchedumbre, pero tan conscientes, de los que nos acompañaban en esa obra que se hacía con nosotros y para nosotros, y de los otros, de los que seguían con su vida, y que nos obligaba a prestar una atención inusitada a los detalles… Hasta que llegábamos a la última estación, en uno de los más altos balcones del Chrysler Building, entre alas de ángeles, para ver desde allí el punto de partida, en la isla oscurecida, la oficina de contratación del juego de la verdad ya cerrada.

 

Ahora ya puedes volver a San Cristóbal con La Tristura y Salvaje. Festival de artes escénicas en el barrio de San Cristóbal. Se celebró el 8, 9 y 10 de mayo. Fuimos el sábado. Aprovechamos el transporte que facilitaban desde la fachada de La Casa Encendida. Con otros desconocidos nos fuimos a ese extrarradio que no solemos considerar cuando pensamos en Madrid, y mucho menos cuando pensamos en divertirnos, y mucho menos cuando pensamos en ser. San Cristóbal es uno de esos barrios minuciosamente olvidados a los que hay que querer ir. Salvo que vivas allí. Salvo que seas de allí. Que también se puede ser. Aunque hayas nacido en Nador o en Dakar. Nuestra jornada, la segunda, tenía como título Observen cómo el cansancio derrota la pensamiento, una creación de El Conde de Torrefiel. Con Tanya Beyeler, Nicolas Chevallier, Pablo Gisbert, Rubén González, Pablo Marín, Andreu Martínez, Rubén Romero y el Coro Juvenil Sagunto. Estoy seguro de que estos días tuvieron un impacto en un barrio endurecido, pero que no traspasó la piel de los escépticos. No es fácil, ni mucho menos. Y no solo le pasa al teatro. Pero había voluntad, y desde luego consiguió que unos cuantos capitalinos amantes del teatro descubriéramos un lugar que nos era completamente ajeno y desconocido. Y unos cuantos vecinos de San Cristóbal hicieran algo distinto por sus vidas. Y que algo se depositara en su lugar de la experiencia. Me gustó la procesión popular desde la Plaza de los Pinazo hasta la cancha de baloncesto, donde vimos atardecer contra los edificios-dormitorio y los árboles mientras seis muchachos de dos equipos practicaron primero artísticas calistenias con un balón y luego jugaron un partido de baloncesto. Por los cascos que nos habían proporcionado en la plaza escuchábamos al compás del partido unos diálogos entre socráticos y beckettianos sobre el mundo actual, lo que supone ser radical, y cómo llamar salario y llamar trabajo a cinco euros a la hora y sus consecuencias: para la existencia, para la conciencia, para la revolución, para los sueños, para el jodido arte de vivir. ¿Qué hacer? Yo estoy dispuesto a seguir acompañando a La Tristura en su búsqueda de un teatro que no solo sea popular sino que cambie, uno por uno, el estado de las cosas.

 

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Lo extraño, la raíz. Así se titula el libro de poemas de Menchu Gutiérrez que acaba de publicar Vaso Roto. Transcribo el arranque del poema titulado ‘El río’:

 

Las luces están en el camino,

los pájaros en el río,

muertos

los lleva la corriente.

Los pájaros son iniciales,

son letras del agua.

 

El camino transcurre junto al río,

su costado de tierra,

su columna fósil,

los músculos de agua se estiran,

los tendones de alga son anclas,

las cuerdas que atan a las letras…”.

 

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Fotos de La Traviata: Javier del Real / Fotos de San Cristóbal: Corina Arranz

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