Diario de El Cairo, y 4. La danza del vientre muestra todas las contradicciones egipcias

Diario de El Cairo, y 4. La danza del vientre muestra todas las contradicciones egipcias

Publicado por el may 6, 2015

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Cairo 2,11

 

Nos hacemos ideas equivocadas de la realidad. Constantemente. Nos equivocamos con los padres, con los amigos, con las esposas, con los amantes, con los partidos políticos, con los escritores, con los dentistas, con los cirujanos, con los fisioterapeutas, con los sacerdotes, con los enterradores… ¿Cómo no equivocarnos con las ciudades?

 

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La última noche llegará como por ensalmo. Aunque estaba prevista, porque lo saben en el hotel y lo saben en el Ministerio egipcio del Interior, lo saben en nuestra casa y en nuestro trabajo (¡en eso tenemos suerte, al menos de momento!), las carambolas ocurren porque estamos ahí, decidimos quedarnos ahí, en ese bar: o bien asomados al abismo del tapete, o bien porque nos hemos animado a coger el palo por los cuernos.

 

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Pedro (vamos a dejarlo en Pedro, aunque él no me prohibió expresamente que contara nada de lo que dijo, ni mucho menos usar un nombre que le enmascarara) me había abordado al término de la primera mesa redonda en la Biblioteca Pública de El Cairo. Parecía un misionero que (como en muchos otros países árabes y sobre todo africanos) hacía tiempo que había dejado de rezar: no porque hubiera dejado de creer, sino porque a fuerza de dedicarse a salvar cuerpos la tarea de salvar almas se la encomendaba a los ángeles. No se lo dije. No era santo. Fue esa última noche cuando, pese a su insistencia en que probáramos la mejor sopa de pescado de El Cairo, se dejó persuadir para acompañarnos a un buen antro, muy diferente de los que él frecuenta. Fue allí donde no tuvo reparos en contar que si se hubiera quedado en España hubiera matado a su esposa. Egipto le salvó: de la locura, de la cárcel, del crimen. Era maestro, que es otro tipo de sacerdote.

 

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Como era de todos los tipos que conocí en los días de El Cairo quien mejor conocía la noche que yo quería conocer me puse en sus manos, y no me defraudó. Y sé que si vuelvo a Egipto será él mi guía precioso. Porque ha hecho de la calle su alimento, el conocimiento directo de la gente, sin intermediarios, sin más filantropía que la del intercambio en el mejor y literal sentido de la palabra. En todos los intercambios. Como mi madre (aunque por otros motivos), Pedro dice que está viviendo los mejores años de su vida. Paró un taxi (forrado de eskay rojo, con pequeñas espuelas plateadas colgando del techo a modo de asas, pequeño y coqueto como para formar parte del atrezzo de una película antigua de Almodóvar), y se sentó a la vera del taxista. Al final de la noche parecían amigos para toda la vida. A Pedro le ayuda sobremanera hablar un árabe a pie de obra, el árabe (o «el egipcio», como dice siempre él) de obreros, de emigrantes, de parias. De constructores de pirámides. De supervivientes.

 

Cairo, 4,5

 

Le dio claras instrucciones y consiguió si no quitarle al menos aguarle el miedo. Porque la noche iba a oscilar entre los dos imanes que llenan la vida de cualquier hombre, los polos entre los que nos movemos como bolas de billar a las que dotamos de alma tal vez para darnos importancia: entre la muerte y el sexo. He ahí otra insólita conexión entre mexicanos y egipcios. Tal vez porque merced a su culto al más allá ellos sepan algo que nosotros no nos atrevemos ni a vislumbrar. Así, con esos pensamientos, entramos en la Ciudad de los Muertos, o Al Kadereya, el conjunto de cementerios que acoge a más de un millón de cairotas que no han encontrado mejor acomodo para sus huesos (todavía cubiertos de carne) que las propias tumbas, mausoleos, mastabas e hipogeos. Mientras un censo dudoso cifraba en 50.000 los vecinos que habían acertado a dar nueva vida a los mausoleos (terraza o interior: con vistas al cielo o al infierno), el resto ha levantado chamizos y chabolas entre un descanso eterno y otro.

 

Cairo 4,4

 

El taxista tiembla, reza en voz alta, invoca a sus santos domésticos, mientras Pedro dice lo mismo que el enterrador de Tarifa: «A los que hay que temer son a los vivos, no a los muertos». Claro que en el caso que nos ocupa son casi más los vivos que los muertos, y las calles que cruzan y enhebran el conjunto de cementerios que ha acabado por configurar esta nueva Ciudad de los Muertos muestra tramos bien iluminados, mezquitas viejas y nuevas, escuelas y cafetines, ultramarinos y colmados en los que es posible hacer acopio de viáticos para el cuerpo bien entrada la noche, a la hora en que en otras latitudes la Santa Compaña o Lucifer y su corte salen de romería. Hay charcos y jardines, basura y perros callejeros, almas sombrías y curiosos, insomnes y rateros. La condición humana en todo su esplendor, aunque al taxista, corpulento, que a duras penas encuentra acomodo en su asiento, no las tiene todas consigo hasta que dejamos todas las tapias atrás. Como si temiera que le atrapara antes de tiempo un difunto con quien tuviera litigios que quedaron pendientes entre la nuez y el ombligo.

 

Cairo 4,7

 

Por una de las grandes arterias que solo la noche vacía a medias («son tantos los cairotas que la ciudad ha dejado verdaderamente de dormir», nos confesará Alaa Al Aswany. «Se ha convertido en una ciudad de tres turnos. En un mismo lecho (cama caliente) se suceden tres durmientes distintos en sueños sucesivos, y hay dentistas y leguleyuos que citan a sus clientes a las dos de la mañana porque a otra hora es imposible». No es de extrañar que las vidas y las muertes, el sueño y la vigilia, las sombras y los reflejos, el espejismo y el oasis formen parte de una misma realidad compleja como la asendereada existencia política, sexual y económica de los egipcios en general y de los cairotas en particular) desembocamos en una de las tumbas favoritas de Pedro: Taba Taba, un monumento funerario del siglo X, en parte inundado, como una vaguada cercana, que comunica con el Nilo, y que ha acabado anegada de tanto extraer (los albañiles avezados y los que han de buscarse la vida para urdir un techo) arcilla para amasar ladrillos. Las sencillas bóvedas del morabito, vestidas de vieja cal nupcial, asoman como testimonio de un pasado que Pedro se encarga de rastrear y dibujar como un arqueólogo que se toma tanto interés por los de esta orilla como por los del más allá.

 

Cairo 4,10

 

De allí nos lleva a uno de sus cafetines preferidos, esos locales que no cierran nunca y que frecuentan viajeros, taxistas, camioneros, buhoneros, santos laicos y panaderos en el barrio del imam Elsatas. Nos sentamos a la intemperie porque abril es un mes muy dulce en El Cairo. El camarero parece medio fakir medio rastafari. Se abraza a Pedro como si fuera su padre. Enseguida nos trae recado de fumar (una sisha, la pipa de agua que adoran los egipcios) y de beber (te y café). La noche avanza despacio, como si formáramos parte de una caravana que ha salido en busca de una reina negra. Hay mucha vida en los barrios periféricos de El Cairo, lejos de los grandes hoteles internacionales y el sordo rumor del río, pero para catarlos hace falta un guía tan cordial como Pedro, que adora compartir secretos. Lástima de no disponer de más noches y más días para reseguir el mapa topográfico de El Cairo que ha dibujado con los pies y más de un lápiz.

 

Cairo 00

 

Pero la noche avanza y a la mañana siguiente nos toca madrugar para volver a casa. Por eso persuadimos a nuestro Virgilio que nos encaminara sin más demora al corazón de las fantasías cairotas. Él ya nos había advertido, por su querencia por lo más cercano al polvo y al camino, que los night-clubs que frecuentaba, que las bailarinas de viente que merecían su encomio y el de sus amigos eran de baja estofa, nada de lujo, nada de quintaesencias orientales y sueños liofilizados. Era justo lo que buscábamos para acabar de celebrar nuestros días de El Cairo, y cerrar con broche de alpaca nuestro periplo. El barrio 27 de Julio trasnocha, la calle baja sucia de desperdicios que hablan obscenamente de una ciudad que se derrama en las acequias a cielo abierto. Dan ganas de pedir habitación en el City Plaza Hotel para experimentar sensaciones parecidas a las que prometía aquel hotelucho de la calle 125 equina con Park Avenue con ventanas volcadas al ferrocarril de Edward Hopper en el Manhattan más sórdido y por lo tanto también real hasta la náusea. A las dos de la madrugada hay cafés poblados, aunque también camareros fregando la cubierta de sus vidas, y una peluquería en la que cambiar de aspecto acaso para siempre.

 

Cairo 4,12

 

Nuestro gozo está a punto de acabar en un pozo a la Murakami cuando comprobamos que el Horizonte prometido está cerrado a cal y canto. Pero el portero del Tres Estrellas, un egipcio que podía haber pasado por enano de una troupe que se quedó varada en El Cairo de los años cincuenta, que tanto amó Enrique Meneses, nos salió al encuentro. Del techo de la entrada, acre como una boca con mal aliento faraónico, colgaban una suerte de artificios que hubieran hecho las delicias de un Dalí primerizo: bigotes u otros atributos sexuales estilizados hasta el hastío. Dos tramos de escaleras, y ¡hale hop!: El gran teatro del mundo.

 

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Un paralelepípedo de altos techos curvos oscurecidos por el humo y la pintura que mejor se lleva con la noche. Un maestro de ceremonias solícito como un confesor, pero en clave mahometana y vestido con el frac de los domadores, los maîtres, los novios… Es decir, de los impostores. Nos llevó, con el gigantesco taxista desbordando ufanía, a la única mesa que quedaba a pie de pista. Nutría las mesas colindantes  un compendio de gánsteres, ministros de lo ajeno, chupatintas, oficiales de oficios inéditos, rufianes, maridos sin redención posible, solteros por convicción y viudos sin luto. Eran ellos los que salían, de uno en uno, a la pista, donde la única mujer en cien metros cuadrados a la redonda se mecía al compás de una banda estridente que tal vez hace sus agostos en el Nilo cuando los turistas vienen a confirmar todos sus prejuicios a una de las cunas más misteriosas de nuestra civilización. Con un traje de lentejuelas que permitía concebir que su condición de jamona no era un accidente, pechos de amamantar a hijos de la gleba y camelleros, parecía embarazada de un cordero pascual. Se mecía y se dejaba mecer por la torpeza de quienes se ganaban el derecho a cogerla por la punta de los dedos y bailar una danza tan marchita como el deseo de los eunucos. Para ello cambiaban al maître billetes de veinte libras egipcias que llovían como confeti triste. Un propio se agachaba, recogía el óbolo, y lo volvía a lanzar como si la alegría pudiera comprarse en cómodos afanes. Luego volvía a hacer recuento y lo depositaba en la caja de la banda. Cuando se quedaba en el centro de la pista, la moza que hacía tiempo había dejado de ser mozuela, iniciaba ese característico movimiento de caderas que marearía al cordero y puso estrábico a nuestro taxista. Con lienzos velados por el humo en los que se adivinaban raptos amorosos decorando este teatro de la emoción sudada, bebimos nuestras cervezas y nos despedimos mucho antes de que la función llegara a su clímax. Fuera el que fuese, preferimos imaginarlo.

 

Tres estrellas 1

 

La danza del vientre parecía el fundido a negro de un día que había comenzado en la Universidad de El Cairo tal vez un día antes, entre mujeres que, por las razones que fueran, habían optado por el velo. Paradojas de un país que ha confiado en un general llamado Al Sisi recuperar el tiempo perdido. Como si la arena pudiera volver a las dos concavidades siamesas del reloj, como si hubiera formas democráticas de vivir el islam, como si la tolerancia de este conmovedor cabaret Tres Estrellas fueran los galones de la noche cairota. Un espejismo dulzón. Un simún imaginario.

 

Cairo 4,9

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