Una lancha fueraborda que nos lleve a Finisterre

Una lancha fueraborda que nos lleve a Finisterre

Publicado por el Jan 20, 2015

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Fueraborda, de Emilio González Sainz

 

Hay formas de salir de aquí. Por ejemplo en fueraborda. Como en el cuadro de Emilio González Sainz (Torrelavega, 1961) que cuelga hasta el 20 de febrero en la galería Utopia Parkway, que solo por su nombre, un descarado y merecido homenaje a Joseph Cornell, ya merece que nos desviemos del camino trazado y nos dejemos arrastrar por la suavidad de unos paisajes que son literarios y por lo tanto de la imaginación, pero no por eso menos reales. Por ejemplo en una lancha fueraborda que abandonara al amanecer la pedregosa playa (en realidad es un exceso calificarla de playa) de Cuño y adentrarse en el océano. Ese Atlántico que no es exactamente el mismo que González Sainz divisa desde sus oteros, pero que podrían serlo, no en vano al final de este pequeño viaje por su pintura y una patela de libros que vamos a convocar esta tarde que ya es noche aquí (a la espera de la gran nevada) el pintor nos lleva a Finisterre.

 

Al inicio, en realidad el primer párrafo, de La novela múltiple (Anagrama), escribe Adam Thirlwell: «Durante mucho tiempo, estuve dedicado al desarrollo de un proyecto para demostrar que las novelas se podían trasladar a cualquier idioma. En plena época de la aviación, elaboré este proyecto de las novelas como múltiplos». Como me temo que con tan sólo este breve párrafo el posible lector seguirá más perplejo que otra cosa, añado el segundo, que es solo una frase: «Este proyecto era una fábrica de pensar y repensar». Me gusta la frase. Pero no avanzamos. No aclara nada. Leamos un poco más (el libro tiene más de 466 páginas), pero esta vez dejando que sea el azar el que nos ilumine: «Henry James, por ejemplo, había llegado a su propia solución separando el Argumento de la Historia: el Sujeto era un ciclo de temas, y por lo tanto se podía incluir en una novela, mientras que el Argumento era una cadena interminable de causas, y por lo tanto no podía ser incluida para nada, puesto que era infinita. Ésa es una solución, pero hay algo magnífico en el compromiso opuesto de Gadda [en la página anterior, página 188, estamos en el capítulo 4, que se titula ‘Homenaje inacabado a Carlo Emilio Gadda’] respecto a esa cadena interminable. “‘Todo efecto tiene su causa’, es una aseveración que no comprendo en absoluto’. Esto lo escribió Gadda en 1928: ‘Yo , en cambio, opino que ‘todo efecto (nudo de relaciones) tiene sus causas'”. Y esta obsesión con lo plural es el elemento racional detrás de sus novelas, sus noirs: y está, en miniatura, en la estructura de una historia que también es un prólogo: L’incendio di via Keplero». Parece evidente que La novela múltiple es un libro para novelistas, o para aspirantes a novelistas, o para lectores de novelas, o para críticos de novela. O para lectores en general, que quieran entender mejor lo que leen. No me gustaría despedirme de Adam Thirlwell, al que acabo de conocer y al que espero conocer más cuando me zambulla en su libro tal vez una tarde de verano frente al mar de Cuño, sin dar dos pistas más, dos títulos de dos capítulos: el sexto, ‘Dos homenajes a Bohumil Hrabal en la forma de un botón de presión’ y ‘Homenaje a Vladimir Nabokov en tres idiomas’. Entonces me asomo al siguiente cuadro de Emilio González Sainz, que se titula Paisaje con vagabundo, y que daría para la capa de una novela que si tuviéramos la osadía necesaria podríamos emprender ahora mismo, como si quisiéramos emular a Henry David Thoreau y echáramos a andar esta misma noche con rumbo desconocido. Prosigamos.

 

Paisaje-con-vagabundo, de Emilio González Sainz

 

El artículo de Martín Caparrós se titula Otro momento decisivo. Lo escribió ayer a raíz del sospechoso suicidio del fiscal Alberto Nisman, que llevaba desde 2004 investigando el atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), que causó 85 muertos: «Queda dicho: vistas las costumbres criollas, es probable que nunca se sepa qué pasó en ese baño. O, peor: si la policía anuncia que fue un suicidio, millones de argentinos no lo creerán –y supondrán que su gobierno tiene algo que ocultar, que de algún modo más o menos cercano fue cómplice del hecho. Es un dato brutal: no se puede gobernar un país en esas condiciones. Ni se puede, en verdad, vivir en un país en esas condiciones. O sí, como los argentinos nos empeñamos, una y otra vez, en demostrar. La muerte del fiscal Alberto Nisman parece uno de esos eventos que reescriben la historia, que se recuerdan muchos años después como aquel momento en que todo cambió. Pero también es cierto que la Argentina produce, de esos, demasiados». En el mismo texto, algo más arriba, termina otro párrafo con la frase «Hay mañanas en que parece que la caída argentina no va a terminar nunca», que se podría aplicar a otras muchas realidades, pero que aquí encaja como un raro guante sucio y rasposo, que no protege del frío ni de los calambres.

 

NSEO la urdimbre del mapa, de Alberto Marcos (poemas) y Pablo Sainz (mapas) (Ediciones in-constant), lo encontré en un alféizar del periódico donde se abandonan libros para que los encuentren sus dueños. Desde entonces me acompaña y creo que siempre me acompañará.

 

 

mapa1

 

Transcribo el poema titulado

 

Teatro

 Con Maite de luz

 

La actriz ha mudado los triángulos

que acercaban sus cimas

por las declamaciones del agua.

 

Su figura deambula por la escena,

entrecajas la línea rotunda del palmeral.

 

Sube la marea.

 

Del libro no se dice nada en ningún sitio. El libro, por lo tanto, debe hablar por sí mismo.  Quiero decir que no hay paratextos, que son esas palabras que a veces los autores (que no tienen vergüenza, o no saben decir que no) escriben sobre sí mismos y sobre su obra en la contraportada, o que escribe el equipo de mercadotecnia de la editorial, a menudo una sarta de hipérboles que no se la salta un torero. Y este libro habla muy quedo acerca de sí mismo, con una elocuencia preciosa desde el mismísimo índice, que es un mapa para perderse, que a veces es la mejor forma de encontrarse, y que ya da una pista bastante aproximada de lo que el lector que no tenga miedo a aventurarse en el texto desconocido se puede encontrar si persevera, y que por cierto estoy seguro de que le gustaría al pintor Emilio González Sainz:

 

Mapa 2

 

Anthony Lane, crítico de cine de la revista The New Yorker, escribe a cuenta del personaje de Sandra, que interpreta Marion Cotillard, protagonista de la película Dos días, una noche, de los hermanos Dardenne: «attention must be paid». Una frase que ya forma parte de nuestra memoria, no en vano es la que se pronuncia ante el cadáver de Harry Loman, el eje de Muerte de un viajante, de Arthur Miller. Y la pronuncia precisamente su humillada viuda, por unas medias, por el engaño, por la desolación del sueño americano que aquel vendedor quería encarnar a toda costa, y por el que tuvo que pagar un precio demasiado alto.

 

Las-estancias-del-capitán, de Emilio González Sainz

 

A Pablo Neruda no volvemos casi desde la adolescencia, y acaso hagamos mal. Nos dejamos influir tanto por él, por sus poemas caudalosos, por sus poemas de amor, por su Confieso que he vivido, que en cuanto tuvimos otro uso de razón empezamos a despreciarlo. Como si eso nos hiciera más nosotros, nos hiciera dueños de un criterio propio. Y sin embargo no me ha costado nada reconocer poemas dignos, hermosos, nerudianos hasta la médula, en Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos (Seix Barral), que acaba de aparecer, y donde, de nuevo al azar, leemos:

 

Día de primavera

largo día de Chile,

largo lagarto verte

recostado

en el anfiteatro de la nieve

frente al azul marino.

El sol y el agua sobre

tu piel verde,

respira en tus escudos

la tierra rediviva,

acostado

resbalas

y revives,

te mancha

el polen

rojo,

te zumban

las cigarras,

te picotea

un pájaro,

 

vives,

 

fragante…

 

Vamos a dejarlo ahí. ¿Cómo se puede utilizar una palabra como rediviva en un poema? ¿No se puede? Teólogos tiene la Santa Madre Iglesia… ¿Y primavera? Recuerdo cuando Celso Álvarez Cáccamo, uno de los mejores poetas que he conocido nunca, me dijo que la palabra primavera estaba clínicamente muerta (no fueron esas sus palabras, pero sí el sentido) para la poesía durante los próximos ciento cincuenta años. He seguido su consejo al pie de la letra.

 

 

La-reina, de Emilio González Sainz

 

En ‘Los trapecios’, que se encuentra pronto hojeando el brevísimo volumen titulado Nuestros huesos (Adriana Hidalgo Editora), escribe Marcelino Freire (Sertânia, Pernambuco, 1967): «Gané aquel concurso para dramaturgos y fue algo que me cambió la vida, de ahí seguí ganando otros concursos, programas de apoyo, convocatorias públicas, un grupo de Minas Gerais puso en escena una obra mía, un día, por primera vez, y después de eso llegaron otros premios, como el de autor revelación, y algo de dinero, más tarde algunos textos que escribí se volvieron programas de radio, radioteatros, pude dejar la fábrica de juegos de dominó, me concentré en el trabaja de creación teatral, aunque seguí un tiempo en la corrección de textos, alquilé un lugar chico, barato, para vivir, y empecé a ser conocido en el ambiente, hasta que, un día, por obra del destino, volví a cruzarme con Carlos, una noche que llovía».

 

Todavía no llueve esta noche. Todavía no nieva. Después de leer Años luz concerté una entrevista con James Salter en el Starbucks que había junto a nuestra casa, en la esquina entre la calle 28 y Park Avenue South, de Nueva York, y me dijo algo que fue el título de la entrevista que publiqué en este periódico: «Puedes cambiar tu vida en este instante».

 

Jinete-melancólico, de Emilio González Sainz

 

En su Diario de un pintor Ramón Gaya dice que «la nieve es medieval». Lo cita Avelino Fierro (Chozas de Arriba, León, 1956) en Una habitación en Europa (Diarios 2010-2012), que ha publicado EOLAS ediciones. En la misma página, dos párrafos antes, se lee: «Viene a novelar la estancia de Descartes en tierras más al norte e imagina un encuentro inadvertido en una calle de Leiden, en un día frío, entre el filósofo y un Spinoza niño que acompañaría a su padre, que está allí por negocios y lleva muestras de vidrio en una cajita acolchada». Dejemos el misterio ahí. Una invitación a leer, a ir al principio: «Ahí, donde debería ir una frase que resumiera toda una vida de lector o todas las aspiraciones de un incipiente escritor, aparecen esas palabras tan humildes, adormecidas e insignificantes, que necesitan explicarse».

 

Echo de menos el frío de la Unión Soviética, el silencio a las afueras de Kiev, la estación de Tarasovka, el cruic-cruic de las botas pisando la nieve que se adensa sobre capas más antiguas, y me acuerdo de la pesadumbre de Walter Benjamin ante los desplantes de Asja Lacis en su Diario de Moscú.

 

El-caballo, de Emilio González Sainz

 

En la entrada titulada Un beso de sus Conjuros (Malpaso), escribe Felipe Garrido (Guadalajara, Jalisco, 1942): «Mis padres lucían severos, sentados en el borde del sillón de mimbre. Yo estaba de pie, junto a la puerta; tenía la mirada clavada en las puntas de los zapatos, raspadas, y me veía las rodillas, raspadas también. El padre de Laura habló un rato de negocios, de política y de las lluvias. De pronto, con tono grave, llegó al asunto que lo había llevado:

—¿Qué creen ustedes que hizo el otro día su Pepillo? Así como lo ven, ¡mosquita muerta! Pues le pidió un beso a Laurita… en plena calle, cuando salían de la escuela…».

 

Ay, los besos. Tanto que leer, tanto que vivir. No sé muy bien por qué anoche, mientras esperaba que volviera la lluvia, que viniera la nevada, me acordé de mi abuela Emilia, de su casa en el número 55 de la calle de Núñez de Balboa, y de mis primos. No creo que fuera por nostalgia.

 

Celeste, de Emilio González Sainz

 

La noticia más hermosa del día, la que a mi juicio hubiera merecido la portada de la web, y tal vez la del diario de mañana, si fuéramos verdaderamente serios, fue: Hallan un conejo olvidado por el mago Juan Tamariz en un teatro de Málaga. Lo que no está claro es si el conejo había sido mago antes. O si para ser conejo de mago hay que ser de un tipo especial de conejos. Lo que sí puedo decir es que no dejo de buscar en los periódicos historias que me expliquen qué estamos haciendo aquí, el significado del mundo. Historias que me descubran lo que esconden los agujeros negros, adónde nos llevan, quiénes somos y para qué. Historias que me conmuevan, que abran trampillas como las de la casa de mi abuela Emilia. Historias como la que hace poco escribió Ivy Pochoda en el International New York Times precisamente acerca de lo que los conejos nos pueden enseñar: What the Rabbits Taught Us.

 

No, no voy a emprender esta noche el camino de la Costa de la Muerte, ni a pie ni en tren. Aunque me gustaría.

 

Finisterre, de Emilio González Sainz

 

 

 

Todas las pinturas pertenecen a la exposición de Emilio González Sainz que se exhibe en la galería Utopia Parkway de Madrid hasta el 20 de febrero.

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