The Lumber River, o para qué sirven los artistas (en torno a ‘Muerte en Venecia’)

The Lumber River, o para qué sirven los artistas (en torno a ‘Muerte en Venecia’)

Publicado por el Dec 13, 2014

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El 146 es mi autobús favorito. Porque es el que me lleva. Como si no tuviera otra opción. Cumple la misma labor que el barquero que conduce a Gustav von Aschenbach a su hotel a través de la laguna. ¿La muerte? Es una forma de hablar, pero no solo.

 

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Cuando atraviesa la calle de Arturo Soria un rayo de misericordioso sol de invierno pega en la revista que estoy leyendo y hace todavía más emocionantes las palabras que Joseph Mitchell dedica al Robesonian, al periódico del condado de Robeson, en Carolina del Norte, su pueblo. Un periódico que el reportero del New Yorker (autor de El secreto de Joe Gould) leía con delectación en su casa de Nueva York, pequeñas noticias de venta de aparejos agrícolas, bodas, viajes, decesos, pequeñas novedades en torno a Fairmont, McDonald, Rowland, Marietta, Barnesville, White Pond. Todo lo importante que, en pocas palabras, el diario relataba: quién visitó a quién, quién está enfermo en su casa, quién ha ido al hospital para una revisión, quién hizo un viaje de negocios (o un viaje de compras o en viaje para cazar o para pescar), quién dejó el lugar para ir a la universidad, quién disfrutó de una fiesta sorpresa de cumpleaños, quién se mudó de casa, quién celebró sus bodas de oro… Mitchell dice que lee cada noticia en el Robesonian como las páginas de una novela que lleva leyendo desde hace años y que espera seguir leyendo mientras viva. Pero lo que suele hacer después de repasar cada página de su periódico es volver a la primera página para, en su esquina inferior, leer con todo detalle los dos párrafos de la sección titulada ‘El tiempo’. En esa sección siempre hay una mención al río Lumber, la principal vía fluvial del condado. El Robesonian siempre dedica al menos una frase a su caudal, una media tomada por la mañana en la estación situada en el Cutlar Moore Bridge, uno de los seis puentes que salvan el río (incluido el del ferrocarril) en Lumber. El diario siempre menciona el nivel del agua y si la tendencia es a subir o a descender. Es con esa noticia en los labios, y la dulzura del sol de invierno en la página del New Yorker que leo camino de mi propio periódico (Days in the branch. Remembering the South in the city), con el que acabo de salvar la distancia entre la mesa del desayuno y mi escritorio en ABC, entre la apasionada conversación que se desató en la cocina en torno a la noche de ópera de la víspera en el Teatro Real (La muerte en Venecia) y si el arte sirve para algo y lo que se supone que uno ha de hacer en un periódico en estos tiempos de perplejidad y confusión.

 

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Entonces regreso a la noche del jueves, a la desazón que desde los primeros compases muestra Von Aschenbach, que interpreta con convicción y teatralidad el tenor británico John Daszak, que no encuentra en las palabras el camino y decide viajar a Venecia, tal vez para recuperando el curso de la vida recuperar la inspiración, el deseo, la necesidad.

 

Decía que no había viaje gratis. Y por supuesto no lo es el de la vida. Que se lo digan sino a los que siempre lo hacen en tercera clase, o han de asomarse al abismo para respirar, o entregar su óbolo a los barqueros que salvan las lagunas Estigias entre países que acogen y países que expulsan, países que necesitan y países que se desangran. La góndola que el escenógrafo Wolfgang Gussmann hace navegar por la lámina de plata del Real es semejante a un ataúd. No hay aquí concesiones a la imaginación: sabemos que de Venecia no regresará el protagonista. No hay lugar a engañarse, aunque asistamos con una mezcla de compasión y fastidio no tanto al autoengaño del protagonista absoluto de este drama como a la sublimación de su deseo por el joven Tadzio, que eleva a categoría filosófica, acaso una forma por parte de Thomas Mann de envolver un deseo que no quería decir su nombre.

 

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Es de admirar el juego de pantallas, reminiscencias cinematográficas que la puesta en escena de Willy Decker no deja de evocar, acaso demasiado consciente de que la marca del cine de Luchino Visconti y su traducción a imágenes de las fantasías y dudas de Thomas Mann está grabada a fuego en la memoria artística de un público que supuestamente se las sabe todas y no se va a dejar embaucar. Puestos a jugar, juguemos sobre seguro, lo cual no quita para que los bastidores negros den paso a preciosas estampas de cielo y agua, a tarimas sobre un Lido de la imaginación en el que Tadzio y sus primero rivales y luego compañeros de partida demuestren su propio anhelo de vivir, en el que no tiene el menor peso la conciencia efímera de la vida. En ese mismo río que tan bien conoce y tanto añora Joseph Mitchell en medio de la descriptible vorágine de Nueva York.

 

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Mientras mi operada hasta la angustia vecina de asiento dormita plácidamente envuelta en un disfraz de pantera que no hace sino resaltar su condición desdentada no puedo dejar de pensar en mi admirado Gerard Mortier, no en vano la programación del Real parece no acabar nunca de cerrar su legado, como si cada nuevo montaje fuera un recordatorio de los sueños y deseos del fallecido director artístico. Concomitancias, ecos, muerte que no perdona tampoco a los artistas. ¿Por eso se empeñan tanto en la posteridad? ¿Cómo si así pudieran de alguna manera salvarse, ganar un hipotético mirador sobre la eternidad?

 

Canta el protagonista que “la belleza es el espejo del espíritu”. Ah, la querida, esquiva belleza que el grupo de desvergonzados cómicos deja en evidencia una y otra vez ante el gran artista centroeuropeo que viene al sur de europa a experimentar los goces sensuales de la carne mientras se martiriza con los instrumentos quirúrgicos de su mala conciencia y de la culpa.

 

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¿Es el teatro necesario? ¿Lo es la ópera? Lo vuelvo a pensar mientras sigo las evoluciones del protagonista de La muerte en Venecia y el suave dormitar de mi vecina mientras recuerdo un reciente informe de un alto tribunal de cuentas que dejaba en entredicho la salud de las finanzas de este costosísimo teatro de la ópera que, pese a las protestas e intencionese de Mortier, sigue siendo el privilegio de los que se lo pueden permitir, pero al que al parecer no le salen las cuentas. Ante la decadencia mórbida del protagonista, que al ponerse en manos del barbero/maquillador de la muerte no hace sino agravar su propio patetismo, ¿nos eleva la ópera sobre el penoso espectáculo de nuestra vida política y moral? Me temo que no, aunque la mayoría siga pensando que el infierno, es decir, los corruptos, los condenados a escarnio, y a muerte, serán siempre los otros.

 

 

 

Fotos: Javier del Real

 

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