Diario de Maputo, y 4. Avenida de Friedrich Engels: las mejores vistas de Maputo

Diario de Maputo, y 4. Avenida de Friedrich Engels: las mejores vistas de Maputo

Publicado por el dic 9, 2014

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Maputo 2

 

La redacción de la noche está en O Garanjinha. Quien quiera palpar el pulso de Maputo tiene varias opciones, pero según donde ponga las yemas leerá ritmos distintos: no late igual en la Baixa, donde muchos no gustan de perderse cuando la noche mancha, que en torno a la piscina abrumadora del lujoso Hotel Polana frente a la paciencia equívoca del Índico. No se escucha igual bajo las sombras en forma de vitrales de los amorosos árboles del Jardim dos Namorados que en el laberinto del Museu, en la trastienda del Museo de Geología e Historia Natural, de día mercado por la noche comederos y bebederos donde partilhar con el Maputo que no presume de nada. Pero para escuchar y establecer los primeros puentes con la playa de tinta y lucha de Maputo, el Garanjinha es el lugar donde escuchar a las viejas glorias del periodismo mozambiqueño, muchos jubilados que aquí sientan cátedra ante un pupitre por el que durante horas desfilan tantas cervezas como aprendices. Se puede hacer caso omiso y beber a distancia, jugar al billar o simplemente observar, escuchar la calle íntima y la calle exterior.

 

Maputo 3

 

Es lo que hace con talento uno de los escritores mozambiqueños que todavía no ha gozado de la atención que merece. Lo conocí el año pasado en casa del embajador de España. Fue después, cuando en una librería pasé las mismas yemas del Garanjinha con que los exploradores de cervejaría dibujan mapas con la cerveza que se derrama sobre el zinc del tiempo, cuando di con su Crónica da Rua 513.2. Igual que nadie es de una sola pieza, ni él mismo todo el tiempo, los dos oficios que atesora João Paulo Borges Coelho, los de historiador y novelista, se alimentan mutuamente, sin confundirse nunca, y confundiéndose en el mapamundi de la sangre. En la más que lúcida charla que impartió a los alumnos del segundo seminario de jornalismo cultural (que fue lo que me trajo de nuevo a Maputo, gracias a la amabilidad de la embajada de España y de la Agencia Española de Cooperación Internacional, y de su programa acerca), marcó los lindes de dos países que ni se ignoran ni pueden ignorarse (y no me refiero ahora a Mozambique y a España, sino a la historia y la ficción), dijo que la lucha armada convirtió a los mozambiqueños en “gente”, porque antes de ella eran “subhumanos”, pero también recalcó que ni la colonización portuguesa fue el “mal absoluto” ni la independencia “el bien absoluto”. Entre grises vivimos, entre grises somos. En esa Crónica da Rua 513.2, que merecería sin duda ser traducida al español y leída con fruición, Borges Coelho “ajusta cuentas” con su propia calle, y entremezcla personajes reales de su infancia con otros imaginarios. En el pupitre de los alumnos, algunos de ellos extraordinarios (como un cámara, Helton, que nunca había escrito nada y demostró que no solo tenía mucho que contar, sino una mirada propia y un don natural para narrar), quedó el encargo de trazar un dibujo de su propia rua, y de escribir en primera persona la historia de su propia casa y de los vecinos, conocidos o desconocidos, animales y humanos, que cuenten a través de las peripecias de una calle una biografía posible de Maputo, una historia íntima y exterior de Mozambique: de lo particular a lo universal. Salvando las distancias, no la humilde ambición, una pequeña Yoknapatawpha faulkneriana.

 

Maputo 4

 

Los mismos nombres de las cosas y de las calles, como los nombres con que nos bautizaron, ya trazan de alguna forma un destino. No sé si con el hierro que un Jacques Lacan colige, pero tal vez del mismo modo que tenemos que acostumbrarnos a nuestra cara, merecer nuestro rostro, también tenemos que hacernos dignos (o todo lo contrario) de nuestro nombre. Muy poca piedad y amor a la tierra natal hubo en quienes bautizaron como Vila Algarve una hermosa casa de estilo portugués y luego la convirtieron en sede de la temible PIDE, la policía política portuguesa, que tanto sufrimiento causó en la metrópoli y las colonias. Ahora es una ruina que se acentúa con el paso del tiempo y los desdenes de los que no quieren recordar, como si nadie quisiera remover los escombros para que no se escuche el eco de los gritos que las paredes guardan y los perros escuchan. Francisco Duarte Azevedo acaba de publicar, precisamente, una novela del mismo título, Vila Algarve, en la que se refiere a todo eso, y a los fantasmas que visitan al protagonista: “a solidão e a Vila Algarve”.

 

Maputo 5

 

Para nombres, los de los grandes héroes y mitos de la revolución comunista, que tantos estragos causó tratando de crear un hombre nuevo. De eso también habla Crónica da Rúa 513.2, y nos lleva a evocar las que en nuestra pesquisa y nuestro arbitrario deambular por el callejero de Maputo nos devuelve al maravilloso Jardim dos Namorados, que es literalmente asaltado por bodas los sábados y domingos de gloria. La corte de los milagros, entre damas y caballeros de honor, madrinas y padrinos, fotógrafos y camarógrafos, y toda la parentela que se gasta lo que tiene y lo que no para mostrar y agasajar, celebrar el amor, la belleza y la brevedad de la vida entre la lujuria de una vegetación de la que una mañana laboral disfrutan los niños de un jardín de infancia al que sus cuidadoras llevan de la mano entre canciones que hablan de la dicha y del futuro. Trenecitos cantores.

 

Maputo 6

 

El Parque de los Enamorados se abre en plena Avenida de Federico Engels, sobre un plinto que domina el Mar de Mozambique. Las mejores vistas sobre el océano están aquí, y desde las mansiones y los chalecitos blancos que comparten con Engels una melancolía por lo que fue y lo que nunca será. No es de extrañar que vengan a la memoria los pasajes que a la estrechísima relación entre Marx (que también, ¿cómo no?, igual que Lenin, disfruta de una buena avenida en Maputo) y Engels relata Antonio Escohotado en la segunda entrega de su ambiciosa trilogía Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedad. Allí recuerda cómo Bakunin, tras visitar a Marx y Engels en Bruselas en 1847, observa que “emplean la palabra burgués como un lema repetido hasta el hastío, cuando son de pies a cabeza, y hasta la médula, burgueses provincianos”. En su provocador y documentadísimo ensayo, Escohotado (con quien tuve la suerte de volver a hablar, esta vez en público, en la Fundación Juan March) subraya que Marx nunca publicó nada que no estuviese editado por su familia, por Engels o por Kautsky. Hablando de Engels, añade: “Para explicarnos que supere en papismo al Papa, lo más sencillo es suponerle sujeto a algún tipo de hipnosis tan profunda como duradera, pues Marx era sin duda capaz de fascinar indeleblemente con la voz y el gesto. Con todo, el desprendimiento de Engels para con él supera cualquier comparación, y no casa con quienes desde Müntzer y Leiden hasta Blanqui, Ferré o el propio Marx asumen el rol mesiánico, cuyo carácter no solo incluye por norma idea fija sino autoimportancia a raudales. Esto último parece reducido a mínimos en el general Engels, cuya obra propia no ofrece tampoco manifestaciones como las de su venerado amigo, propenso a decir que ‘la contradicción brutal, el choque cuerpo a cuerpo es el último desenlace’, siendo su premisa (la de Marx) ‘la batalla sanguinaria o la nada’”. Es decir, que a la hora de justificar la violencia, el Engels que se asoma al océano Índico entre grandes ficus y acacias vermelhas en flor, era mucho menos expeditivo que su adorado Marx. Engels tenía otra visión: “Nosotros, los revolucionarios, los subversivos, prosperamos mucho más con medios legales que con medios ilegales”. Ah, ¡cuánta melancolía convoca la revolución y sus sueños en Maputo! La misma que comparten muchos misioneros españoles (el grupo de Burgos) que lucharon con Samora Machel para implantar la justicia en el mundo con la fuerza de las amas. Igual que muchos antiguos dirigentes del partido, que no comparten la deriva de la actual Frelimo (Frente de Liberación Nacional de Mozambique), que ha encontrado en el capitalismo la papaya más sabrosa.

 

Maputo 7

 

Avanzan las horas lentísimas también en Maputo, porque el tiempo también conoce sus propias paradojas en África, y con ellas juegan los hombres, se hacen trampas y sueñan. Avanza el tiempo y ya empiezo a hacer recuento, acopio de libros. Por eso, azuzado por el canto un punto histérico de los pavos reales que salva las altas tapias de una mansión gubernamental que no queda lejos de mi hotel, vuelvo al Jardim dos Namorados, vuelvo a la Baixa, y no sé si esta noche, cuando se teja de nuevo sobre Maputo, a la redacción siempre abierta del Garanjinha a dejar mi último apunte de Maputo. Porque siempre querré volver aquí.

 

Jardín de niños

 

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