Diario de Maputo, 3. Los vigilantes de la noche de Maputo no ahuyentan el miedo que no siento

Diario de Maputo, 3. Los vigilantes de la noche de Maputo no ahuyentan el miedo que no siento

Publicado por el dic 6, 2014

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Vigilando la noche de Maputo

 

Son una presencia constante. Sombras entre las sombras de Maputo. Ante cada prédio, cada loja de luxo, cada villa portuguesa, tribunal, banco, casa de vecinos, edificio sospechoso de no se sabe qué secretos, hotel, zapatería, pastelería, taller, antro, bodega, restaurante… día y noche hay hombres generalmente disfrazados de azul, de una edad que empieza a perder la tersura de la mocedad y la esperanza de cambiar, que vigilan. La mayor parte pasan largas jornadas ahí, a pie de obra, en el zaguán, a la orilla del paseo, a la entrada, bajo el voladizo, en una garita que parece a punto de ser desahuciada, en una silla de plástico, a veces con un pedrusco en vez de pata, o un sofá que conoció días de amor y gloria, o simplemente un ladrillo, un cojín desventrado, un asiento de un vehículo que dejó de perseguir el viento. Una vida a la intemperie. Da sorpresa, enojo, pena, compasión, perplejidad verlos dormir como perros humanos sobre el gran felpudo de la medianoche, tendidos cuan largos, o cortos, son, soñando con sus amos, o soñando con no sé sabe qué. Algunos hablan, se les atrapan fragmentos de historias, confidencias, cuentos que se enredan con las raíces de las plantas que cuelgan o suben como rabos de ángeles negros que olvidaron su conciencia política.

 

Obras en la Eduardo Mondlane de madrugada

Algunos visten una suerte de uniforme que a veces incluso lleva cosido en el pecho un distintivo de una empresa de seguridad, unos galones, o una porra, y hasta algunos un fuzil da guerra no mato entre las manos, o nada. Las manos desnudas, los ojos cansados. Pero la mayoría no luce más rango que su sueño, las ropas desaseadas de tanto dormir a deshora y sobre todo sin sábanas, sin mantas, sin techo. Cuenta una periodista mozambiqueña que un guardián soñó que al día siguiente su jefe moriría entre los hierros de su coche. Le advirtió que no saliera de casa. El hombre no se quiso dejar convencer por los augurios, salió y volvió sano y salvo. Solo entonces despidió a su vigilante por dormirse “en horas de faena”, ya que su cometido era “vigilar, no soñar”.

 

Belleza entre barrotes

 

Entre lo mal iluminadas que están las calles, y no digamos las aceras, que son una ginkana de agujeros, alcorques averiados o que nunca llegaron a ser lo que no saben ser, pavimentos quebrados o que se quedaron a medio fraguar, raíces de los árboles tropicales que igual que escalan el cielo remueven los obstáculos que el hombre les pone, y entre los coches que aparcan en cualquier espacio útil, se les descubre de pronto, como si ellos fueran los acechantes. La noche, aliada de la negrura de su piel, los difumina, redobla su camuflaje. ¿Qué guardan, qué protegen, qué vigilan? Ayer, volviendo despacio por la larga Avenida de Eduardo Mondlane (1º presidente da Frelimo), desierta casi de vehículos, espiaba en los rostros de los vigilantes una explicación en su cansancio de las horas que pasan lentísimas en la capital de Mozambique. Porque pese a tanto vigilante, y no creo precisamente que por su concurso, siempre sentí Maputo como una de las ciudades más seguras de África. Nada que ver con Yamena, o Nairobi, o Luanda, donde es tentar la suerte y llamar a tu peor sombra si te aventuras solo y a pie por las calles cuando la noche dicta su unánime toque de queda.

 

Vigilando la noche de Maputo 2

 

La alarma la levantaron los medios, que son los que contamos la marcha del mundo, y a menudo lo desenfocamos, lo sacamos de quicio, con fragmentos de realidad, cuando un juez llamado Dinis Silica, que investigaba algunos casos de secuestro en la ciudad de Maputo, fue asesinado a tiros en mayo de este año que languidece cuando viajaba en su coche por el centro de la capital que se llamó Lourenço Marques cuando fue colonia portuguesa. Fue a las ocho y media de la mañana, y en el centro de la villa, a una hora en que la vida ya hierve porque el sol viene servido muy temprano en el gran plato azul del Índico. Alarma que se volvió a encender el 12 de noviembre, cuando fue secuestrado, también a plena luz, el empresario de origen paquistaní Mohamed Bashir, la primera fortuna de Mozambique. Dueño del Maputo Shopping Centre, donde hay que pagar siempre a tocateja y donde los ciudadanos estadounidenses tiene prohibido entrar (por su gobierno), el tal Bashir, que siempre se desplaza con una tropa presidencial bien provista de artillería, está considerado por Washington como un barón de la droga desde el año 2010, según me cuenta un diplomático acreditado aquí y adicto a las dulzuras de Maputo. Algunos especulan con que lo secuestró la CIA, otros con que se secuestró a sí mismo para pasar por fin inadvertido.

 

Sombras de Maputo

 

En septiembre se callaron las armas que habían vuelto a hablar en el mato, restos de la guerrilla de la Renamo, en el remoto norte. Los turistas parecen pensárselo más de la cuenta cuando se habla de Mozambique. Y están demorándose en volver, pese a los nuevos hoteles que construyen los portugueses y los chinos. Y sin embargo si yo tuviera que elegir un país en África donde vivir, no lo dudaría. Me atrevo a sugerir al nuevo gobierno mozambiqueño que se ponga de acuerdo con editoriales privadas para patrocinar largas tiradas de libros en ediciones de bolsillo con que nutrir a los jóvenes que vienen a leer el mundo, pero también con que llenar mejor las horas de los vigilantes en este Maputo donde yo nunca he tenido miedo (y toco ahora la madera de la acacia vermelha en flor que me acompaña en mis paseos diurnos y nocturnos). Libros como Crónica da Rua 513.2, de João Paulo Borges Coelho; o Jerusalém, de Mia Couto; Ventos do Apocalipse, de Paulina Chiziane; Baía dos Tigres, de Pedro Rosa Mendes; Nó Cego, de Carlos Vale Ferraz; Grande Sertão: Veredas, de João Guimarães Rosa; Perto do coração selvagem, de Clarice Lispector; A criação do mundo, de Miguel Torga, o, por qué no, el Livro do Desassossego, de Fernando Pessoa. Y es que la noche africana, como sabe la ceramista Reinata Sadimba, que sigue amasando sus sueños y pesadillas con manos fibrosas, está llena de sombras y de voces que nos enseñan el camino. Aunque no tenga sentido, la vida tiene que valer la pena.

 

Addenda:

 

Después de haber publicado el post, y gracias a Slaide Muthemba, periodista de Ràdio Moçambique que participó en el seminario de periodismo cultural que me llevó de nuevo a Maputo, he sabido de Longa espera, la preciosa canción de Dama do Bling, que habla precisamente de los vigilantes nocturnos. Obrigado, Slaide.

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