Diario de Berlín, 1. Ninguna nostalgia

Publicado por el Nov 7, 2014

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Una carretera alemana

 

Jueves, 6 de noviembre, 2014

 

La primera vez fue en un tren que no era blindado, pero que al acercarse a las fronteras entre los países hermanos del Pacto de Varsovia lo parecía. Fue un largo viaje que arrancó en Moscú y acabó en la estación del Zoo, en Berlín Occidental. El momento más acorde con las expectativas labradas por las novelas de John le Carré fue cuando atravesamos el último control de la República Democrática Alemana (DDR). Aunque era inimaginable, desde la retórica oficial, que nadie quisiera abandonar el Estado de los Obreros y los Campesinos, una suerte de paraíso terrenal sin paragón, los VoPos y sus pastores alemanes al servicio del realismo socialista destriparon el convoy como si en sus entrañas viajaran dementes decididos pese a todo a cruzar al otro lado. Fue hace más de 25 años, y Berlín era la radiografía espectral de la Guerra Fría.

 

El regreso es menos literario. Lufthansa no vuela de Madrid a Berlín. Casi ninguna de sus rutas europeas resulta rentable. Si se dejara aconsejar por el mezquino dios del comercio cancelaría estos itinerarios por la Europa doméstica en la que ya ni te piden el carné de identidad. Aterrizamos en Múnich tras sobrevolar los Pirineos y los Alpes, mares blancos tan hermosos que una vez conocidos son imposibles de olvidar, pero que sin embargo olvidamos en cuanto ponemos pie a tierra, y una de esas mansas carreteras entre praderas impecables, árboles acostumbrados al otoño y las estampas asociadas a una pequeña ciudad alemana, el avión aterriza en la capital alemana a la hora del crepúsculo: un rojo rebajado por la coyuntura y las condiciones atmosféricas de noviembre. A las cinco menos cuarto al día no le quedan ganas de resistirse.

 

Dentro de dos días hará veinticinco años que los alemanes de Berlín Este movieron la frontera de cemento con sus pies y sus Trabant. A eso hemos venido. A repasar las heridas con las yemas de la historia. De Madrid a Múnich, una papilla que quiso ser lasaña. Tras la lluvia de Múnich, y hacer gimnasia pasando las sábanas del “Frankfurter Allgemeine Zeitung” y del “Die Zeit”, y de recortar las fotografías que lucen de lo lindo gracias a la fe en sus editores gráficos y a los centímetros cuadrados dedicados a gestionar la belleza efímera de la que también son capaces los periódicos, emprendemos el vuelo corto: lleno a reventar de ejecutivos que beben Riesling y se guardan para la noche el Toblerone que como a niños buenos nos regalan las azafatas. El Tegel no tiene pretensiones: ni nacional-socialistas, ni socialistas a secas. Sobre las oscuras marquesinas, una guardia de honor de cuervos que traen en sus alas el telón de noche. Un taxista nos busca en medio de un caos que no encaja en los estereotipos alemanes. Es expeditivo, se pasa el código alemán de circulación por el arco de triunfo y sintoniza una emisora pop, radio Paradiso, que nos recibe con “El sonido del silencio”. Evitamos la carretera de Spandau, donde Hess, el lugarteniente que quiso una rendición decente para Hitler y para eso voló a Occidente, murió olvidado, y salvamos la corriente negra del Spree.

 

Calabaza con salmón en salsa de vainilla y jengibre, ternera tierna de la región de Berlín con dos variantes de puré y pastelitos de nuez con helado de saúco. Diekmann sabe lo que se hace. Es uno de esos nuevos chefs que han empezado a situar a la cocina alemana en alguna parte. Si lo primero que hicieron los “ossies” cuando el 9 de noviembre de 1989 desbordaron el Muro fue celebrar una eucaristía comiendo plátanos (hoy dos de ellos dirigen la política de la Alemania unificada), la cena en la antigua farmacia que hoy es el acogedor Diekmann transcurre entre las agudezas de un guía que pasó toda su infancia y adolescencia en Barcelona y ahora no entiende el “absurdo independentismo catalán” y las presentaciones de rigor con nuestros compañeros de viaje: plumillas australianos, portugueses, holandeses y finlandeses invitados a repasar aquel Muro en una ciudad que respira a lo grande ahora como si la historia no hubiera crujido aquí, cuando Berlín era la capital de la muerte.

 

Hay muchas formas de empezar un libro. La escritora argentina María Negroni escribe en la primera página de “Interludio en Berlín”: “Era de noche o de día en mi biblioteca emocional. Primeras aventuras, casi graves, casi tristes, y el amor ni al este ni al oeste de la zona oscura. Sin consuelo, el monólogo de la vida”. Mi hotel, en el número 24 de la Kürfurstendamm, tiene cuatro estrellas y da a un rascacielos que es un inquietante canto a la transparencia que con certero tino pone en entredicho el filósofo coreano Byung-Chul Han. No me lo hubiera podido permitir hace más de 26 años, cuando llegué a un Berlín que en el este era grisalla y sufrimiento. Venía de Moscú, la capital de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que pastoreaba un rebaño de países amigos vigilados, por su bien, con la mira de los tanques del Pacto de Varsovia. Ninguna nostalgia.

 

 

 

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