Para qué sirven las crónicas ahora que estamos tan perdidos que hemos olvidado qué estamos haciendo aquí

Para qué sirven las crónicas ahora que estamos tan perdidos que hemos olvidado qué estamos haciendo aquí

Publicado por el sep 17, 2014

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El diario es una forma de ordenar el caos del mundo. El cajón de sastre es un compendio de las pasiones, olvidos, resquemores, asuntos pendientes, oraciones de un sastre, un periodista, un correveidile, un enamorado, un desencantado, un recortador de fotos de los periódicos. Busco a tientas la forma de dar cuenta del tiempo que hace, como si le sirviera a alguien, además de a mí mismo, porque los artículos, o los posts, deberían tal vez servir como fogonazos, epifanías, salas de espera para apagarlo todo, o encender libros como por ejemplo la Ilíada, en aquellas hermosas ediciones azul oscuro, azul cobalto, de Gredos. Leo la Ilíada en la hermosa traducción de Emilio Crespo Güemes, donde me emociono como un niño que ha aprendido a leer hace poco tiempo ante la escena postrera de Príamo, que logra conmover al despiadado Aquiles para que le entregue el cadáver de Héctor, su hijo:

«Del bien pulido carromato/ sacaron los inmensos rescates en pago de la cabeza de Héctor./ Dejaron, sin embargo, dos mantos y una túnica de fino hilo,/ para darle el cadáver envuelto y que él lo llevara así a casa./ Llamó [Aquiles] a las criadas y les dio orden de bañarlo y de ungirlo,/ trasladándolo aparte, para evitar que Príamo viera a su hijo,/ no fuera a ser que no refrenara la ira en el afligido pecho/ al ver a su hijo, y que perturbara el corazón de Aquiles,/ y éste lo matara, y de Zeus violara los mandatos./ Cuando las criadas lo bañaron y ungieron con aceite/ y le pusieron el bello manto y la túnica,/ el propio Aquiles lo alzó en vilo y lo depositó sobre un lecho,/ y sus compañeros lo subieron sobre el bien pulido carromato».

Es un error mayúsculo empezar a leer la última novela de Javier Marías al mismo tiempo que los últimos compases de la Ilíada.

 

El espacio vacío 1

 

Me gustaría que las crónicas fueran tan valiosas como algunos poemas que nos estremecen nada más poner los ojos (los pies de leer) en ellos. Poemas como por ejemplo Ir a Lwów, dedicado a sus padres, del poeta polaco Adam Zagajewski, donde nos encontramos con versos como estos

 

Si Lwów existe, bajo el

forro de las fronteras y no sólo en mi

nuevo pasaporte, si los árboles señeros

los fresnos y los álamos respiran aún sonoramente

como los indios y los arroyos balbucean su

oscuro esperanto y las culebras como el signo

blando del alfabeto ruso se pierden entre la

hierba.

 

Es mucho más largo este poema, pero a mí me hubiera gustado leerlo entero en el arranque del seminario multidisciplinar que la Fundación Ortega-Marañón, cargada de buenas intenciones, organizó el pasado 9 de septiembre bajo el título El reconocimiento legislativo de la pluralidad lingüística de España. Había numerosos invitados procedentes (según el folleto que nos entregaron al inicio, aunque no tengo constancia de que al final se presentaran todos) de Andalucía (3), Aragón (3), Asturias (1), Baleares (2), Cataluña (12), Comunidad Valenciana (6), Galicia (4), Madrid (8), País Vasco (4), Canadá (1) e Italia (1). En la carpeta con los nombres de los participantes se incluía también un mapa a todo color en el que se marcaban las áreas donde se hablan once lenguas (transcribo las denominaciones tal como figuraban en el folleto): castellano, aragonés, asturiano o conjunto de bables, leonés, català/valencià, galego, euskera/vascuence, aranés (dialecto del gascón-lengua occitana), portugués, árabe, tamazig.

 

Termina así el poema de Zagajewski:

 

los árboles

se desplomaban en silencio como en la jungla

y la catedral temblaba y los adioses eran al amanecer

sin pañuelos y sin lágrimas, tan secos

los labios, jamás volveré a verte, tanta muerte

te aguarda, por qué cada ciudad

tiene que ser una Jerusalén y cada

hombre un judío y sólo ahora a toda prisa

juntar los bártulos, siempre, cada día

e ir sin aliento, ir a Lwów, pues es claro que

existe, plácido y puro como un

melocotón. Lwów está en todas partes.

 

espacio vacío 2

 

«la Aurora, de azafranado velo, se esparció por toda la tierra». Después de Homero ya no cabe recurrir a tal imagen sin citarlo. Las metáforas, las figuras literarias, se agotan. De autores perezosos es recurrir al lugar común para salir del paso, que es, por cierto, también, un lugar común.

Paso ante el edificio España, vacío, con grandes pasillos imaginarios, con voces congeladas, historias que se han quedado adheridas a las paredes, a los vanos, los rodapiés, los distribuidores, los alféizares, que un chino tal vez convertirá en palacio de los espejos, las ilusiones, la fortuna, hotel de sueños recobrados. Paso ante el edifico España, que fue el primer rascacielos de muchos de nosotros, que al llegar a Madrid contemplábamos asombrados, como hubieran hecho don Quijote y Sancho si tal mole se hubieran encontrado en su deambular por las certezas y miserias, los espejismos y los descampados de la Mancha. ¿No fue acaso durante décadas, acaso siglos, Madrid poblachón manchego?

Tomé notas de lo que en el seminario sobre El reconocimiento legislativo de la pluralidad lingüística de España dijeron los que no quisieron meterse en camisa de once varas, como Manuel Cruz (que habló de las ventajas del pluralismo político y lingüístico) o José Manuel Blecua (que habló del reconocimiento de una realidad y de la necesidad de su reconocimiento, recordó que el castellano no se convirtió en lengua oficial de España hasta 1902, y que en la República se plantearon problemas que seguimos arrastrando, y que el bilingüismo es muy caro, y que el valor de la lengua para los hablantes es muy alto, y que nada une más a los hablantes que la lengua propia). Invitado de honor a la inauguración del seminario, el presidente de la Real Academia de la Lengua, dijo: «Esta es una cuestión importantísima para la España contemporánea, para la convivencia de España», y por eso apeló a la «máxima responsabilidad».

Sensibles los organizadores a la volatilidad nitroglicerinesca del asunto, invitaron al senador catalán Carles Martí a que presentara al conferenciante que iba a pronunciar la lección inaugural, y que acaso por estrategia, cálculo, astucia, o sentido del momento especular (la cosa se celebró el 9 de septiembre, dos días antes de la Diada que iba a ser la madre de todas las diadas), era también catalán, Albert Branchadell, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona. El senador dijo (hablando en nos mayestático): «hemos tardado en abordarlo». Se refería, claro está, al tema de la lengua. (Una apreciación que estoy seguro hubieran puesto en entredicho profesores que han dedicado tiempo a analizar la cuestión de la lengua bajo ópticas que tienen que ver también con la política, el gasto, la ética, las mayorías y el miedo. Como Aurelio Arteta, que no estaba entre los presentes, y que hubiera sido interesante que hubiera estado y escucharle en medio de tantos expertos lingüistas). Dijo el senador Martí, sirviéndose del escenario como corresponde a un político que cuando le interesa no desaprovecha una oportunidad: «Hemos sido poco valientes y las cosas no estarían donde están [o no estaríamos donde estamos, mis notas no son muy precisas al respecto]… si hubiéramos sido más valientes»… a la hora de afrontar la cuestión lingüística y la legislación, o sea: El reconocimiento legislativo de la pluralidad lingüística de España). Alberto Branchadell, que era uno de los pocos que no llevaba americana, ni camisa de un solo color, ni corbata, dijo que su presentación iba a ser aburrida, enumeró varios listados elaborados por varios especialistas en la materia y señaló que hasta doce lenguas se hablan en España, incluidas las «lenguas pequeñas, con perdón», por ejemplo, a fala, que se habla en tres localidades extremeñas, o el árabe que se habla en Ceuta y Melilla (dariya en Ceuta, tamazight en Melilla). Señaló también Branchadell que desde 1978 había habido dos tendencias: primero un progresivo reconocimiento de la diversidad; más recientemente, una progresiva degradación del reconocimiento. Tras un intercambio de preguntas, respuestas y comentarios, y una breve pausa, el seminario se dividió en dos brazos: uno subió al primer piso, el otro se quedó en la sala inicial, bajo el pastoreo de Victoria Camps, que antes de moderar dijo unas cuantas palabras: que «los Estados van por delante de la sociedad en cuanto a legislación» (una aseveración que hubiera merecido un largo debate), que «la política lingüística en Cataluña había sido de máximos, incisiva» (dijo que no quería emplear la palabra agresiva) y que «ha tenido resultados muy buenos» y que ahora era «la sociedad más bilingüe del mundo». Y ahí tuve que empezar a irme.

 

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En el suelo del autobús 114, que va desde la Avenida de América a (entre otros destinos) mi periódico, vi una hoja llena de signos y marcas que parecían el plano de un tesoro lingüístico.

Acerca de los límites y posibilidades de la crónica se atrevió a hablar hace dos días la Reina doña Letizia. En la entrega del premio Luis Carandell de periodismo, la Reina hizo un homenaje a «todos los periodistas valientes que dicen no, que se plantan. A esos redactores que no van solo por ir, los que mantienen la independencia. A esos periodistas que protegen el oficio y lo miman a base de seriedad, rigor y verdad». Es decir, a los que no dejan de ejercer una de las tareas fundamentales del periodismo: el contrapoder.

Alabó también quien antes de reina fue periodista a los periodistas que «siguen creyendo en el periodismo, en la crónica reposada y analítica, a los que siguen pensando que ser el primero en contarlo no es sinónimo de ser el que mejor lo cuenta».

Tendemos a elogiar a quien dice lo que pensamos y a denigrar al que dice lo contrario. Muchos lectores de periódicos (los que quedan) se han convertido en parroquianos: en la medida en que el periódico ratifica su visión del mundo recibe sus parabienes, si le contradice (aunque sea con argumentos lógicos y fundados, con hechos y datos probados e irrebatibles) es desdeñado. Ahora que las noticias son tan volátiles, y que las versiones digitales de los diarios caen con tanta frecuencia en lo irrelevante porque trae muchos pinchazos, muchas visitas, cada vez me gusta más la crónica, esa crónica reposada, que exige del periodista salir a la calle, preguntar y sobre todo escuchar, cara a cara, estudiar, volver, volver a preguntar, leer y sopesar, pensar y escribir con calma, después de haber observado, escuchado, sopesado y cotejado, y de haber buscado y rebuscado las mejores palabras, las más ricas, las más exactas, las menos heridas por el tiempo y los estereotipos, creo con la Reina que en la crónica tenemos todavía una veta que explorar extensa e intensamente en España. Tal vez así, con buenas historias, verdaderas y bien contadas, empecemos a recuperar el favor y el fervor de los lectores.

 

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Conocí a Aurora Luque en un viaje a Filipinas. ¿O fue acaso también un sueño, como algunas crónicas que nunca escribí? En su libro Fabricación de las islas (poesía y metapoesía), que acaba de publicar en la colección ‘La cruz del sur’, de la editorial Pre-Textos, escribe: «Cada año comienzo dos o tres cuadernos, o libros en blanco, con el firme propósito de convertirlos en mi impostergable diario. Las páginas primeras las lleno de reproches que me hago por mi dejadez. ¿Cómo dejo perder sin anotarlos tantos momentos vibrantes y hermosos? El resto de cada cuaderno suele quedar vacío».

La Fundación Jorge Guillén hace cosas sorprendentes, y así termino esta elegía por la crónica que no es desde luego una crónica (ni una elegía) y que pensé escribir cuando asistí al comienzo del seminario sobre El reconocimiento legislativo de la pluralidad lingüística de España, pero dejé pasar un tiempo precioso (esperando las conclusiones, y desesperado por no saber cómo abordar un tema que merecía un abordaje limpio y riguroso como una crónica de Leila Guerriero) y cuando llegó la hora no tenía el menor sentido, o no di con la tecla. La Fundación Jorge Guillén acaba de publicar, en versión de Francisco J. Uriz, la trilogía Tiarnia, una de las grandes obras de la poesía finlandesa del siglo XX, obra de Pentti Saarikoski, que murió en 1983, a los 46 años, tras una vida de periodista, traductor, director de la revista comunista Aikalainen, bohemia y alcohol. Trascribo el poema ‘XXII’ de la segunda parte de Tiarnia, que se titula Tansiinkutsu, es decir, Invitación al baile:

 

Estoy comiendo macarrones gratinados

y me viene a la cabeza Belgrado

donde una vez le pregunté a un funcionario de Alemania oriental

si en realidad se pueden permitir el lujo

de prescindir de talentos como

Wolf Biermann y Rudolf Bahro

él me contestó

que en el presente estadio del proceso histórico

la República Democrática alemana no necesita

a ese tipo de personas

el periódico se me escurrió de las rodillas y cayó al suelo

no pude decir nada

¿qué les puede uno decir que no sea

Guten Morgen y Gute Nacht?

 

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