El fuego que Antonio Gades prendió no lo ha extinguido el tiempo

El fuego que Antonio Gades prendió no lo ha extinguido el tiempo

Publicado por el jul 7, 2014

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Con la poesía, como con el teatro, me gusta jugar al asombro, y al azar. Es así como llegué al poema titulado ‘Sigilosamente’, de la escritora rumana Ana Blandiana, nacida en 1942, y que pertence a su libro Mi Patria A 4, y que dice:

Avancé en silencio

Hasta acercarme a la frontera,

Sólo quise rozarla

con la punta de mi pie desnudo,

Como cuando en verano acaricio la frontera

entre la tierra y el mar,

Pero ella se retiraba

Como si quisiera resguardarse de mí -

Continúo avanzando

Por la arena humedecida por la muerte,

Viva y orgullosa

De que puedo empujar esa línea

O, tal vez, traspasarla un poco,

sin saberlo.

 

Fuego 2

 

¿Con qué ojos contemplaría hoy Antonio Gades el mundo, qué compondría, qué pensaría para el alambre de concertina, qué rojos, qué bailes, qué desgarro, qué canciones, qué nanas, qué rabia, qué pena, qué arena, qué sables?

Fuimos al teatro ayer, al mismo Teatro de la Zarzuela, uno de los más acogedores de Madrid, y que menos frecuentamos. Un teatro íntimo, desde el terciopelo a las arañas, desde los espejos a la madera que cruje cuando el que contempla siente.

A ver, si me pongo a recordar recuerdo un Ascenso y caída de la ciudad de Mahagony en alemán, y la primera venida de Pina Bausch con su Café Müller, que todavía me estremece, con los bailarines tropezando con las sillas y las mesas, y la coreógrafa y bailarina, como un espectro, prima de Tadeusz Kantor, dirigiendo a sus fantasmas, su mirada de niña asombrada, entre sus pares, recreando todo lo perdido.

En los teatros ocurren acontecimientos que podrían parecerse a las voces que algunos espíritus sensibles dicen que proceden del más allá. En los teatros se convocan emociones que no todos los que frecuentan los teatros acaban de captar, pero que los que jamás se animan a cruzar su umbral se pierden sin saber que se lo pierden, y es una pena tan grande que los que vamos a los teatros buscando esas voces y esos ecos, esa punta del pie desnudo, que acaricia la frontera entre la tierra y el mar, entre la memoria y la vida, entre los que se fueron y a pesar de todo siguen alumbrando, nos gustaría persuadirles para que nos acompañaran en ese viaje alucinante. Como el de Antonio Gades.

 

Fuego 3

 

Vamos al teatro una tarde de Madrid, domingo de nubes que parecen avisarnos de algo que no acertamos a nombrar. Hace diez años que se apagó la voz de Antonio Gades, su sombra contra la niebla del teatro, el martillo nupcial de sus zapatos, lo que él veía y quería compartir. Eugenia Eiriz, la viuda del bailarín y coreógrafo, abrió ayer una trampilla. A mí me la abrió sin conocernos. Ni siquiera sabía, cuando me llamó, que era la viuda de Antonio Gades, y que ahora es carbonera mayor de la fundación.

Es fácil caer en las frases fáciles. Algo que habría que evitar a toda costa: tanto desde el escenario como desde el patio de butacas. Para que la emoción no se la lleve el lugar común, para que los que quieran apreciar aprecien a manos llenas cómo pueden convivir en un escenario el flamenco y el teatro, la danza y la muerte, la música clásica y el cante jondo, la guitarra y el piano, el desgarro del cantaor y el clainete, el candor de los brazos y el fuego estilizado que tantas manos, como un fuelle de carne, hacen crecer y decrecer, como nuestro ánimo.

Inspirada en El amor brujo, de Manuel de Falla, alumbrado por Antonio Gades y Carlos Saura, se estrenó el domingo por primera vez en España, aunque parezca mentira, aunque quieran engañarnos los recuerdos imperfectos. Quienes vieron su premiere el 26 de enero de 1989 en el Théâtre du Châtelet de París no lo habían olvidado. ¿Por qué hemos tenido que esperar veinticinco años?

Sobre una playa de arena y polvo, una corte pobre, pero de fina estampa. Una corte que arrastra sillas y guitarras, sombreros y faldas, y poco más. Cierto que hay una orquesta, la del Teatro de la Zarzuela, en su foso, y que ella será la encargada de cebar la mecha primero, antes de que el telón se levante y lleguen los hombres, de oscuro, como barnizados de ceniza y pesadumbre, a medirse los costillares con estacas y a lamerse la sangre con la fiebre de la navaja. Pero luego serán villancicos, no sé si nanas, canciones populares, para las que Falla tuvo tan buen oído como su amigo Federico, como lo tuvieron Carlos y Antonio, Gades y Saura, para que la luz fuera después plantando grupos que se iban retando, con gracia, rabia, desplante y zalamería, por un escenario en el que florecían historias a las que el cante ponía argumento, pero que con el solo baile ya se sentía lo que los bailarines a los que pintó Gades un camino de escarcha y limones querían decir.

Es raro eso que a veces logran los españoles con genio y garbo, aunque luego les pongan todos los reparos los que saben mucho y los que no saben ná. Yo me asomé al teatro desde el brocal de un palco de terciopelo ajado y tierno y vi lo que vi con mis ojos de niño que no acaba de entender casi nada de la política y de la herrumbre, de los gritos y de la sordera tan común aquí, donde tanto se grita y tan poco se escucha. Vi un espectro de un hombre de camisa blanca que volvía a reclamar lo suyo como vuelven los fantasmas al teatro, interrumpiendo el curso de nuestra vida como a veces nos interrumpen los remordimientos, las frases no dichas en su día, o precisamente dichas, errores que cometemos y en los que perseveramos, sin darnos cuenta, como me dijo James Salter, de que tu vida puede cambiar por completo en este instante.

 

Fuego 2191_Archvio FAG_autoria Javier del Real

 

Sé sí qué estampío se desata en la playa quieta del escenario oscuro bañado por haces de luz como para romper el maleficio cuando las mujeres bailan al compás, cómo zapatean con un brío en el que asoma la pierna entre la falda de rojo desteñío, gris perla, naranja de la China imaginaria, bermellón lavado con lejía, flecos del alma mía, querer y quererse, el amor que quiebra y rasga y se desmelena y da miedo y le da sentido a todo y a todo se lo quita súbito como el baile que es narración pero que también es, como la música, abstracción de algo que intuimos, que Gades intuyó y trajo aquí, como se trae un duende, una sombra, un suspiro, un dolor que es garabato en el agua y luego nada.

Están aquí los cantaores y cantaoras, los guitarristas y los que saben hacer de las palmas un eco de las castañuelas, de los martillos de clavar en la cruz al Cristo de los gitanos y de los demás. Están aquí los violonchelos que te desgarran el corazón, cuando los bailaores se quedan como en una cámara vaciada de oxígeno, y solo se escucha el roce de las patas de los caballos que ellos fingen barriendo el suelo del teatro, con el polvo apelmazado por la lluvia y la desgracia. Entre el rompío de los zapatos de partirle la tristeza y la cara al destino, la amargura que a veces tiene la vida que nos toca vivir y que a tantos alancea porque la injusticia forma parte de los desplantes de la vida, y está muy mal repartida, casi siempre le toca a los pobres, que no se entienden con los abogados, o que no tienen lo que hay que tener para persuadir a los justicias y a los diputados para que cambien el curso de las cosas, lo que es menester. Por eso también se baila con tanto brío y verdad aquí. A veces.

Este Fuego de Gades que todavía tiene contratadas varias funciones en el Teatro de la Zarzuela es una de esas citas en las que uno debe y puede dejarse cobijar por la emoción que suscitan las manos que hablan como hablan los pájaros, carne efímera y ardiente, que nos convoca como razones que son de amor y que son de miedo, que son de dulzura y de compromiso, de traición también, y de cobardía. Pero aquí hay una compañía que se desgañita con mucha ternura para cantarle a un maestro que hizo que la danza nos hiciera ver como solo los que saben convocar un fuego que quema por dentro, que alumbra, lame, proyecta sombras, mezcla esencias y sensaciones, que no es más que baile, teatro, juego, pero que al hacerlo así, con esa luz, con esas sombras movedizas, con ese arte, nos emociona como pocas obras humanas. ¡Corran! Arde el alma, ya lo creo, y sabe a gloria.

 

 

Fotos: Javier del Real

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