He vuelto a traer un libro de poemas al trabajo

He vuelto a traer un libro de poemas al trabajo

Publicado por el mar 11, 2014

Compartir

 

Pero no he tenido tiempo de abrirlo hasta ahora, cuando son las nueve de la noche, afuera todo es lobera, y hasta la máquina que perforaba la piel del mundo en la obra frontera, bajo un gran reflector orientado al infierno, ha dejado de machacarnos los tímpanos. Es el libro que me acompaña desde hace al menos tres semanas. Es del poeta estadounidense James Wright y se titula No se quebrará la rama. Voy por la página 45. El poema correspondiente a esa página se titula ‘Einsenhower visita a Franco, 1959′. Yo tenía un año. Wright lo abre con un verso de Miguel de Unamuno

«…nos morimos de frío y no de oscuridad».

El segundo hemistiquio reza (¿rezan los hemistiquios o es una metáfora desafortunada?):

«Franco está en medio de un brillante círculo de policías.

Sus brazos abiertos en la bienvenida.

Promete que todas las cosas oscuras

serán acorraladas».

 

Eran tiempos muy oscuros, aunque yo no pueda recordarlos, y mi infancia los sintiera dulcísimos, muy pronto, la mayor parte del tiempo, sobre todo en la casa de la abuela, la finca llena de árboles frutales en el número 55 de la calle de Núñez de Balboa, desde la que se veía el mar más azul que nunca, y las grúas, afanosas, de los astilleros.

He vuelto a traer un libro de poemas al trabajo, y hasta ahora, que son las 9.09, no he podido abrirlo al azar. El poema de la página 71 se titula ‘Dos ensalmos primaverales’, y tiene una especie de subtítulo o explicación: «Fragmentos vertidos del noruego», y reza (otra vez, reza. ¿Será que añoro cuando rezaba, cuando el mundo parecía que estaba bien hecho, y que no había nada que temer del futuro?):

«1.

Ahora es finales del invierno.

 

Hace años,

caminé por entre un viento primaveral

que doblaba el trigo verde

en un campo cercano a Trondheim.

 

2.

Nieve negra,

como una extraña criatura marina,

se repliega sobre sí misma,

devolviendo la hierba a la tierra».

 

Llegué a Trondheim hace mucho tiempo, a bordo del Lofoten. Entonces no sospechaba que mi vida iba a ser esta.

Ahora le agradezco a James Wright (Ohio, 1927-Nueva York, 1980) que me haya acompañado este día de marzo que ya anuncia el final anticipado del invierno, y a que quien quiera leer tenga algo que llevarse aquí a la boca, que sirva como un salvoconducto para salir ahí fuera.

Alceste 7359C

Sentí la muerte de Gerard Mortier. Tuve la suerte de poder entrevistarle durante una hora a finales de enero en la casa de unos amigos franceses que le acogieron cuando el cáncer de páncreas se había declarado, y había dejado ya de ser el director artístico del Teatro Real, y cerrado su casa de Madrid. El sábado, después de haber pasado por el hospital para visitar a una amiga que lucha contra el cáncer, fuimos al Retiro. Nos sentamos en el pretil del estanque que rodea el monumento al general Martínez Campos. Había un grupo sentado en círculo en un extremo de la plazuela. Tenían una mano formando un paréntesis ante la cara. Meditaban. Les imitamos a distancia. Sin habernos puesto de acuerdo, con el rostro orientado hacia el suave sol de marzo, nos sentamos en silencio. Luego caminamos por una senda que no habíamos recorrido nunca. Poco después sonó el teléfono móvil. Me llamaban de la redacción. Mortier había muerto el sábado en Bruselas, y querían que evocara mi entrevista con él, acaso la última que concedió.

Fue idea de Mortier programar Alceste, de Christoph Willibald Gluck. Fue él quien propuso al director de escena polaco Krzystof Walikowski, que a muchos nos había deslumbrado cuando montó en Madrid Król Roger, que volviera a retar al público de esta ciudad con su visión de lo que la ópera puede ser. Lo que no podía sospechar el entonces director artístico del Real es que no iba a poder asistir a las representaciones de una versión en la que Walikowski se sirve de la figura de la princesa Diana de Gales y de su sacrificio para trasladar esta ópera-tragedia con libreto de François-Louis Gand Le Blanc du Roullet, basado en el original de Ranieri de’ Calzabigi, a nuestra época. El rey se moría, y su esposa parecía dispuesta a ponerse en su lugar para salvarle. Me intrigó el montaje, que a algunos críticos dejó más que frío, y a otros, como a mi amigo Andrés Ibáñez, fascinó. Nos quedamos con la miel en los labios. Tuvimos que abandonar el teatro en el intermedio por un asunto que entonces no admitía demora, que me llevó al día siguiente de viaje a la Costa de la Muerte. No quisiera contar más. En realidad no hay nada que contar.

Creo que añoraremos a Gerard Mortier. Se empeñó en que la ópera volviera al centro del debate cultural en una ciudad que, como Addis Abeba, es una lasaña, aunque menos doliente. Sí, menos doliente. Hablo desde el punto de vista de las realidades objetivas, no de los sufrimientos íntimos. Antes de desearles buenas noches, me gustaría dejarles con otros versos de James Wright, para que les acompañen esta noche oscura y presumo, sin haber puesto todavía el pie en la calle para volver a casa, no demasiado fría. Se titula ‘Comienzo’, y termina así:

«Estoy de pie, solo, junto a un saúco, no me atrevo a respirar

ni a moverme.

Escucho.

El trigo se inclina hacia atrás a su propia oscuridad,

y yo me inclino hacia la mía».

 

Hace diez años, en una mañana como la de hoy, 192 personas fueron asesinadas en trenes de cercanías que corrían hacia la estación de Atocha. Entonces vivíamos en Nueva York. Cuando abrí el ordenador y empecé a ver el reguero de muertos no daba crédito. Me acordé enseguida de los atentados del 11 de septiembre, que habíamos vivido desde tan cerca…

Escucho.

 

 

Fotos: Javier del Real / Teatro Real

Compartir

ABC.es

Lluvia racheada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Este blog está dedicado a la meteorología cultural y política, el teatro de nuestro tiempo, el periodismo y las sombras corredizas.Más sobre «Lluvia racheada»

Calendario
marzo 2014
L M X J V S D
« feb   abr »
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
31