Un poema de James Wright y una sugerencia de lectura para tertulianos, ministros y otras aves del paraíso

Un poema de James Wright y una sugerencia de lectura para tertulianos, ministros y otras aves del paraíso

Publicado por el feb 21, 2014

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Ahora es viernes por la noche y lo que se veía desde los ventanales de la realidad ha quedado convertido en antracita pura. Echándole imaginación uno podría pensar que al otro lado de los cristales que nos reflejan a nosotros escribiendo en nuestros ordenadores, y las luces de la redacción, columnas, sombras, televisores encendidos, sombras, dazibaos, sombras, bate el mar contra una escollera al norte de África, parte un camino que se adentra en Mali, un bosque de boj apaga el sonido de todos los que creyendo responder a un enigma de Murakami siguieron el resplandor de una brújula imantada por el deseo, un fotógrafo y un redactor acudieron a una hoguera que parecía arder en la terraza de un rascacielos, un faro apagado emite señales que solo captan los delfines, la cola de un cine en blanco y negro ha sido completamente devorada por una hermosa taquillera y el propietario que se niega a aceptar que el cine ha muerto, una mujer junto a una ventana encendida lee Lejos de Ghana (la novela de Taiye Selasi), dos editorialistas se baten en un duelo dialéctico de altos vuelos que intenta imitar los que se celebran en el despacho del director del Economist todos los lunes por la mañana a cuenta de lo ocurrido en Ceuta y mientras uno trata de referirse a la verdad y la mentira en manos del poder el otro dice que España no puede acoger a todos los desesperados de África. ¿Desesperados? Aquí hay que coger aire y cambiar de párrafo.

Mi amigo Plàcid Garcia-Planas escribió un artículo sobre los reportajes que nunca escribiría. Ahora que es viernes por la noche y ya no queda mucho por hacer la mala conciencia me dice que no me puedo ir a casa sin dejar aquí un post para cumplir con mi cuota semanal. ¿Y si nos calláramos? Rafael Sánchez Ferlosio se pregunta por qué todos los días hay un número determinado de páginas en todos los periódicos que dan cuenta de las noticias. ¿Las noticias? ¿Qué es en realidad una noticia? Cuando llega un colegio a visitar las instalaciones del periódico a mí encargan a veces que reciba a los alumnos de doce y trece años y explicarles que un periódico es un intento de ordenar el caos del mundo. Y me lo creo. ¿Pero por qué hay tantas páginas de noticias? Por la publicidad. ¿Y cuándo no hay publicidad? Por la publicidad futura. Y porque muchos lectores se quedarían huérfanos si no tuvieran cada día su dosis de noticias y de ideología. ¿Para qué compran los lectores de diarios su periódico todas las mañanas? ¿Para acercarse a la verdad o para ratificar sus prejuicios?

Canoa 2

James Wright es un poeta que nació en Ohio en 1927 y murió en Nueva York en 1980. Viajó a Austria gracias a una beca Fulbright para estudiar y traducir la obra de Georg Trakl y Theodor Storm (copio de la solapa del libro No se quebrará la rama, que acaba de publicar la editorial hispano-mexicana Vaso Roto). En su poema «Adiós a la poesía del calcio» incluye como emblema tres versos de Theodor Storm:

 

Cipreses oscuros;

el mundo está inquietantemente feliz:

todo será olvidado.

 

¿Por qué dejamos tanto blanco en torno a los poemas? ¿No cobran entonces las palabras demasiado énfasis? A Franz Kafka le gustaban las grades tiradas de prosa compacta, para que el lector se perdiera en esa muralla dialéctica, como si le quitara el aire para que al leer solo leyera. Algo parecido hace James Agee en Elogiemos ahora a hombres famosos. Cuesta respirar en medio de esa prosa. Lo cual no quiere decir que no contenga ritmo. Pero es un ritmo como de escafandra, bajo el agua del sentido.

James Wright fue uno de los grandes traductores de poesía de su generación, sigo leyendo en la solapa del libro que me acompaña cuando salgo al bosque de la noche, a los autobuses que para nuestra suerte (no como en Bujumbura o en Yamena) pasan con cierta regularidad, o cuando salgo a ese cine en blanco y negro, o trato de seguir la pista de mis colegas tras el fuego en la terraza del rascacielos o de los que se dejaron arrastrar por la brújula azul de Murakami: «con especial atención a los poetas en lengua española». Entonces, aquí, leo en un lugar confortable, sin frío ni calor, sin antorchas, linternas, balas trazadoras, lejos de Kiev, de Caracas, de Ceuta, de Melilla, de mi conciencia, del archivo de la verdad, del armario donde se guardan las lanzadoras de botes de humo, las escopetas de pelotas de goma, la escollera, los editoriales, las radios encendidas como vírgenes de kriptonita, se abre un paréntesis y pone: Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Pablo Neruda, César Vallejo. Entre el penúltimo y el último de los cuatro que cita Vaso Roto no hay ninguna conjunción copulativa. No hace falta. ¿Para qué hacen falta sin embargo los poetas ahora que la realidad nos azota la cara a la intemperie y en el interior sin que acertemos a callarnos ni a decir?

En el poema titulado «Etapas de un viaje al oeste» escribe James Wright

 

Comencé en Ohio.

Aún sueño con el hogar.

Cerca de Mansfield, unos jamelgos enormes entran en graneros oscuros en el otoño,

donde pueden entregarse a la pereza, donde pueden masticar manzanas pequeñas

o dormir largamente.

Pero por la noche ahora, en las líneas del pan mi padre

merodea, no puedo encontrarlo: hasta ahora,

a 2.500 kilómetros o así, y con todo

apenas puedo dormir.

 

¿Quiénes son esos jamelgos enormes? ¿De quiénes son, qué significan, de qué huerto son esas pequeñas manzanas que ellos pueden masticar? ¿Han tenido que cruzar el mar? ¿Quién los trajo? ¿Para qué? ¿Cuántos son los agazapados, los que esperan al otro lado, al acecho, a punto de asaltar nuestras neveras, nuestras cajas fuertes, nuestro estado de bienestar, nuestros derechos, nuestro índice de prosperidad, nuestro bien ganado paraíso en quiebra? ¿Son acaso 30.000, cien mil, un millón, quinientos millones los que van ahora a tomarse la revancha porque no hemos sabido, no han sabido, no sabemos…?

Y antes de volver a la noche ahí fuera, en mi ciudad, bien protegida por los encargados de que la injusticia no se convierta en desorden, un libro para los tertulianos, mis hermanos, los cronistas, mis hermanos, los editorialistas, mis hermanos, los periodistas, mis hermanos, los que también reman y gritan como los enormes jamelgos que no saben de donde vienen igual que nosotros no sabemos quiénes somos ni adónde vamos, sobre todo al ver esas lanchas de la playa que une Togo y Benín y apuntan desfondadas al mismo mar en el que nosotros fundamos una razón de ser, una aventura más allá del miedo. Se titula Éxodo. Inmigrantes, emigrantes y países. Lo acaba de publicar Turner. Su autor se llama Paul Collier: nació en 1949 y es profesor del Centro de Estudios de Economías Africanas de la universidad de Oxford. Se dice también en el libro que fue directivo del Banco Mundial y trabajó como asesor del Gobierno británico. ¿Tienen que leer libros las aves del paraíso? ¿Tienen tiempo los ministros del Interior de España y Francia y Grecia e Italia y el Reino Unido y Portugal para leer libros? ¿Y sus asesores? ¿Tienen tiempo? ¿Y los tertulianos que alimentan nuestras ideas? ¿Y los editorialistas? ¿Leen y viven sin cesar? ¿Y tú? ¿Y yo? ¿Cuál es el jamelgo enorme que está hablando ahora? Escribe Paul Collier: «El éxodo de cada individuo es un triunfo del espíritu, el valor y el ingenio humano sobre las barreras que imponen los ricos. Desde este punto de vista, cualquier política migratoria que no sea la de puertas abiertas parece miserable. No obstante, la propia inmigración también puede tildarse de egoísta: los emprendedores dejan a su suerte a los menos capacitados». ¿Cómo llamaba Rosalía de Castro a las mujeres de los emigrantes, que se iban en busca de fortuna a América, al otro lado de ese mar oscuro, hermoso, tenebroso?: viudas de vivos e mortos.

Después del prólogo, el capítulo 1, que se titula «El tabú de la inmigración», empieza así: «La inmigración de personas pobres a los países ricos es un fenómeno saturado de asociaciones tóxicas». Tendré que seguir leyendo. Tal vez esta misma noche. Otro amigo, Gonzalo Fanjul, responde a una vieja pregunta, ¿qué hacer?, aplicada a la inmigración, las escolleras y los prejuicios.

Voy por la página 35 de No se quebrará la rama. El poema «Mineros» comienza así:

 

La policía busca esta noche los cuerpos

de niños en las aguas negras

de barrios periféricos.

 

Y aquí lo dejo, aquí me voy callando. Perdonen las molestias. Buenas noches.

 

 

 

 

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