El día de la nieve, el día de las pelotas de goma contra los peces

El día de la nieve, el día de las pelotas de goma contra los peces

Publicado por el feb 14, 2014

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El día de la nieve

No tendría por qué ser así. Depende de nosotros.

Andrés Ibáñez le dijo a Inés Martín Rodrigo a cuenta de Brilla, mar del Edén, su última novela: «Bolaño me gusta mucho y me ha hecho mucho daño. Hay influencias que te ayudan y otras que te destrozan. A mí Bolaño me ha destrozado muchísimo, ha sido durísimo, no sé exactamente por qué. Bolaño representa un tipo de literatura que cree en el misterio del mal y no cree en el ser humano en absoluto. Yo admiro profundamente su literatura, pero yo no puedo creer que eso sea así. El mal no tiene ningún misterio ni ninguna dignidad. Creo que los grandes seres malignos del mundo no son misteriosos, sino animales. Pero es que ese es el camino, tenemos que seguir adelante, nuestra civilización no puede quedarse anquilosada. Vivimos en una época en la que no hay mensajes, no hay filosofía, tenemos todos los materiales en la mano, sabemos todo.

—Y si tenemos todos los materiales, ¿por qué no los usamos?

—Porque ha habido un asalto al poder por parte del dinero. Había unos límites en el capitalismo y esos límites se han quitado. Eso es lo que estamos viviendo».

A veces pienso como Bolaño. A veces pienso como Ibáñez. A veces no sé qué pensar.

infancia y lluvia

Debería haber nevado más copiosamente aquí. Llovió, y la lluvia me hizo pensar en los caminos de la infancia que llevaban a un lugar determinado, en el que la injusticia y las balas de goma y los hombres con hijos como nosotros desgarrándose las manos en alambradas de concertina o tratando de ganar a nado nuestra costa para vivir aquí no tenían cabida, porque entonces no nos asomábamos a la realidad, o nuestros padres, protectores, no nos permitían que supiéramos de esos aspectos tan crudos de la realidad. No.

Una de las preguntas que le hice a Zygmunt Bauman, que acaba de publicar ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?, fue: ¿al final mis padres tenían razón cuando me dijeron que siempre habrá pobres y ricos?

Bauman, que tiene 89 años y sigue lúcido como un empedernido buscador de la verdad que nunca se rinde, recoge en su libro un estudio del Carnegie Institute que ya en 1979 demostraba algo que la experiencia sigue confirmando: «que el futuro de un niño estaba claramente determinado por sus circunstancias sociales, por su lugar geográfico de nacimiento y por la situación social de sus padres, y no por su propio cerebro, su talento, sus esfuerzos ni su dedicación. El hijo de un abogado de una gran compañía tenía veintisiete veces más probabilidades que el hijo de un operario empleado de forma intermitente (ambos sentados en el mismo pupitre en la misma clase, haciéndolo igual de bien, estudiando con la misma dedicación y teniendo el mismo coeficiente de inteligencia) de recibir a los cuarenta años un salario que lo situará entre el 10 por ciento más rico del país. Su compañero de clase sólo tenía una posibilidad entre ocho de ganar un salario medio. Menos de tres décadas después, en 2007, las cosas han empeorado muchísimo: la brecha se ha ampliado y profundizado, lo que hace que sea mucho más difícil salvarla. Un estudio de la Oficina del Presupuesto del Congreso estadounidense mostró que la riqueza del 1 por ciento más rico de la población norteamericana sumaba 16,8 miles de millones de dólares, 2.000 millones más que toda la riqueza del 90 por ciento más pobre de la población. Según el Center for American Progress, durante estas tres décadas la renta media del 50 por ciento más pobre de la población estadounidense creció un 6 por ciento, mientras que la renta del 1 por ciento más rico creció un 229 por ciento».

Y eso dentro de Estados Unidos. ¿Qué abismo hay entonces, qué trinchera de 14 kilómetros rellena de agua salada entre España y África, y entre Marruecos y el resto de África?

El ministro del Interior, que es un empleado del gobierno, es decir un empleado a nuestro servicio, dijo: «El objetivo de los disparos fue hacer visible una barrera disuasoria».

¿Cuántos inmigrantes dice que murieron en aguas internacionales, fuera del alcance por lo tanto de las pelotas de goma disuasorias?

Antes los funcionarios a las órdenes del ministro dijeron que no habían disparado. Pero había imágenes incriminatorias. ¿Contra quién? ¿Contra los funcionarios encargados de proteger nuestro nivel de vida, nuestro nivel de educación, nuestro nivel de conciencia soluble en lejía, alcohol, otras drogas propicias para no tener que hacer el enojoso esfuerzo de ponerse en el lugar del otro? ¿Están protegiendo entonces nuestro nivel de vida o nuestro nivel de miseria moral, como lo suizos por otros medios? Vale, un rato, luego volvemos a nuestros asuntos. ¡Gracias a Dios es viernes y no hemos tenido que abandonar nuestra casita en Senegal, Chad, República Centroafricana, Congo-Brazaville, República Democrática del Congo…, donde se quedaron nuestros hijos, nuestra esposa, nuestros hermanos nuestra suerte? ¡Qué suerte la lotería del nacimiento!

¿Entonces tenía razón Paul Krugman? La educación no es la solución, no basta. ¿Y la mano de nieve? ¿Y la mano invisible?

El ministro del Interior, que es un empleado del gobierno, es decir un empleado a nuestro servicio, dijo: «El objetivo de los disparos fue hacer visible una barrera disuasoria».

la noche en casa

Fue hace dos noches. Mientras intentaba encontrar un hilo a la historia del día. Le puse  de título La noche en casa, como aquella novela de José María Guelbenzu que tanto me gustó cuando empezaba a darme cuenta de que la realidad era esto.

Mi amigo Gonzalo Sánchez-Terán, que ahora mismo está en algún lugar entre Somalia y Kenia, tratando de reparar lo que desde tan lejos parece irreparable, suele hacer una pregunta radical: ¿A qué estás dispuesto a renunciar?

Los agentes siguen vigilando la frontera. Siempre habrá pobres y ricos. «La desigualdad se dispara», dice Bauman. También aquí. Pero los nadadores negros parece que no se han enterado todavía. Por eso no dejamos de disparar a los peces. Como medida disuasoria. Como el alambre de concertina. «Había unos límites en el capitalismo y esos límites se han quitado», le dijo Andrés Ibáñez a Inés Martín Rodrigo. Música del desierto. El día de la nieve no llega. Ni el de la pesca milagrosa.

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