Arturo Fernández, el actor al que adoraba mi padre, da una lección de sabiduría escénica

Arturo Fernández, el actor al que adoraba mi padre, da una lección de sabiduría escénica

Publicado por el feb 7, 2014

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La vida en Madrid es un aluvión. Ahora con el frío y el temporal en las costas, que parece querer tragarse parte de las escolleras con las que hemos ido protegiendo el patrimonio histórico y las artes de faenar de los cada vez menos españoles que saben hacer algo con las manos además de pedir, aplaudir, mesarse los cabellos, masturbarse, teclear o matar, nos preguntamos en los mentideros si estaba previsto que el porvenir fuera esto.

Tardé tanto tiempo en bajarme del carro de Narciso de la vanidad intelectual de los que se consideran mejores que sus padres, porque han leído los libros que ellos jamás leyeron y tomaron conciencia de desclasados mientras sus progenitores seguían partiéndose los nudillos y la cara por la familia, que cuando me quise dar cuenta mi padre estaba muerto y la conversación que había ido aplazando por el miedo y la pereza se quedó en la barra de un bar al que no nos acodamos nunca. Y ahora ya no tiene maldito remedio.

Arturo Fernández formaba parte del pack de prejuicios con los que los barbudos, melenudos y demás rebeldes de andar por casa nos distinguíamos. ¿Cómo nos iba a gustar el fútbol, cómo íbamos a disfrutar del mismo teatro rancio y casposo que nuestro padre Abraham? Cierto que antes de que la conciencia política (o lo que carajo fuera) entrara en el dormitorio mental le había acompañado en alguna velada pugilística en el Palacio de los Deportes de Vigo, y eso nos unió durante un breve lapso antes de que yo me echara a perder mientras me buscaba, o me buscaba mientras tomaba distancia con él y todo lo que representaba al tiempo que trataba de ajustar mi manera de vivir a mi conciencia.

Anoche me caí del guindo. Sabía por amigos menos prejuiciosos y tan amantes del teatro o más que yo que Arturo Fernández era un verdadero animal de escena. A Albert Boadella, que tiene la osadía de ponerse por montera desde la Moreneta a la identidad nacional cuatribarrada o la de cualquiera que pretenda imponer la unanimidad onanista, se le ocurrió la sublime provocación de convocar al mismísimo Don Arturo en una comedia titulada expresivamente «Ensayando Don Juan». Se me cayeron los palos de un sombrajo que hace tiempo que estaba maltrecho, y no precisamente por los últimos vendavales. Lo dijo mejor que nadie el propio Boadella cuando presentó esta divertida, pedagógica y corrosiva función: «Nosotros, los de la generación de los progres, con gente como Pina Bausch o Peter Brook, decíamos que queríamos llegar al pueblo y lo que en realidad hacíamos era teatro burgués para burgueses».

Lástima que Boadella, cómico y bufón que no se para en barras, se empeñe en forzar la suerte, en subrayar la caricatura de una directora de escena y de una compañía ahíta de mugre progre y rencorosa, con toda la herrumbre política de los que no se han lavado los prejuicios y los piojos ideológicos y siguen dando la brasa confundiendo el arte con la zafiedad, la vanguardia con la estupidez, la belleza con la muerte. Si no fuera por esos excesos a la hora de pintar la torpeza y la estulticia de los que se creen, también desde la izquierda y aledaños, en posesión de una verdad que les vacuna contra el espejo fiero de la verdad, hubiera logrado Albert Boadella una joya escénica. El chafarrinón le sale tan crudo que cuando la estridente directora cae tocada por el verbo florido bien escanciado por la sabiduría de Arturo Fernández resulta inverosímil.

Y sin embargo, cuando al final de este sincopado «Don Juan» que es comendador y lo es todo se queda solo en escena con la única actriz sensible a su conocimiento de los misterios y juegos del teatro como espectadora y tentación, Arturo Fernández cuaja una de las mejores interpretaciones que yo recuerde (de todas las que no le vi, pero celebró mi padre) y de cualquier actor español contemporáneo. Con un aplomo admirable, un seductor de 84 años que está como un pincel, capaz de romper la curva melódica y los vicios de tantas maledicciones, de tanto actor de la tele que no sabe decir ni el verso ni la prosa, da un recital de los de dejar sin aliento y quitarse el sombrero. No solo pasa la batería, sino que se mete en el ojo y el cerebro de la emoción, sin darse alpiste, sin ponerse estupendo, sin creerse lo que no es y siendo al mismo tiempo un cómico, que presta su cuerpo y su alma durante un rato para que el personaje viva. Arturo Fernández me ganó ayer la partida, y el corazón, y desde la butaca, mientras, como buena parte del público, aplaudía puesto en pie, le daba la razón a mi padre, y le enviaba este abrazo entre esta noche provisional de España y la suya, que es perpetua.

Gracias, don Arturo.

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