El eterno retorno que nunca es de lo mismo

Publicado por el Jan 7, 2014

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Coia, camino del cementerio

 

Camino del cementerio de Bouzas, una cita obligada cada vez que regreso a Vigo, la ciudad en que nací, me crucé con un árbol podado a la manera salvaje que ahora estilan los ayuntamientos. Los brotes en los muñones parecían una metáfora como las que el gobierno de la nación trata de inculcarnos cada día para que no perdamos la fe ni los estribos. Frente al cielo gris del invierno, la belleza adopta formas insólitas. A veces solo basta con levantar la vista del suelo, o de los coches que amenazan incluso a los que se aventuran por los pasos de cebra sin comprobar que no hay búfalos a los lados.

He tardado mucho. En darme cuenta de muchas cosas. Por ejemplo en abrir el libro de Mario Bellatin que reúne su obra completa. Si lo hubiera hecho antes habría leído antes de 2014 esta frase de Yasunari Kawabata «Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana». Ante el espanto de algunas noticias nos gusta decir que actuaron de forma inhumana, que eran locos, enfermos, y sin embargo muestran uno de nuestros rasgos, el de la crueldad extrema, la falta de arrepentimiento. Como los etarras que se reunieron en un matadero de Durango. ¿Así envilece los rostros el crimen, la cárcel, la falta de compasión, el nulo arrepentimiento? En Nagaoka Shiki: una nariz de ficción, escribe Bellatín: «Estos tres escritores, Juan Rulfo, José María Arguedas y Nagaoka Shiki, estuvieron de acuerdo, cada uno por su lado, en que la fotografía narrativa intenta realmente establecer un nuevo tipo de medio alterno a la palabra escrita y que quizá aquélla sea la forma en que sean concebidos los libros en el futuro». Hay fotos necesarias, imprescindibles, para hacer el relato del mundo.

«Las bolas chinas tienen un valor terapéutico. Los médicos las recomiendan para fortalecer las paredes». ¿Qué paredes? (Oído en la redacción).

Viendo la película Futbolín con mis sobrinos segovianos lamenté que fuera traducida del argentino a no sé qué español aséptico y neutro (¡con lo bien que suenan las expresiones argentinas en el lunfardo futbolístico! Incluso a los oídos de los que no nos gusta el fútbol) y que no hablara en ningún momento del inventor del futbolín, Alejandro Finisterre, pese a que en la película los jugadores de plomo cobran vida (es una forma de hablar, como todo el cine: es un filme de dibujos animados). El antagonista parecía inspirado en la figura de un tal Cristiano Ronaldo. Cuanto más trasciende de su forma de ser fuera de la cancha (algo que a los verdaderos hooligans y tal vez a los que únicamente tienen en cuenta lo que sucede en el terreno de juego les da lo mismo mientras siga rindiendo) menos edificante parece. Un ídolo de barro.

En una pieza titulada Del Salón de 1859, el poeta Charles Baudelaire, dice: «En Francia el pintor natural, como el poeta natural, casi es un engendro. Aquí el gusto exclusivo por lo Verdadero (tan noble cuando se limita a sus verdaderas aplicaciones) oprime y ahoga el gusto por lo Bello». En el último y fomidable número doble con el que la revista The Economist cierra cada año el primer reportaje trata de descubrir el porqué de la depresión francesa, por qué los franceses parecen más pesarosos que los ugandeses o los uzbecos, y por qué en un barómetro global de la felicidad y la esperanza Francia está más abajo que italianos, griegos y españoles, pueblos castigados por la obligada austeridad, y solo por encima de los portugueses. La investigación periodística les lleva a nutridos antecedentes literarios, como Victor Hugo, para quien la melancolía era «la felicidad de estar triste», y a recordar que el país de Descartes, de la constante crítica de la razón y el cultivo brutal de la autocrítica, venera a sus filósofos como tesoros nacionales. Entre las preguntas que se plantean a los estudiantes para conseguir el título de bachiller figuran enigmas tales como ¿está el hombre condenado a la autodesilusión? o ¿tenemos la obligación de buscar la verdad? Aunque parezca mentira, nuestros vecinos del norte están a la cabeza de Europa Occidental en cuanto a suicidios. ¿Qué les pasa a los acuñadores del art de vivre? ¿Qué les diríamos desde esta orilla de los Pirineos, desde nuestra propia sensación de desgarro, declive, crisis de identidad, separatismo, empobrecimiento, corrupción y demás maladies? 

La tarde del día de Nochebuena, como en otro rito que me gusta perpetuar, acaso porque en realidad soy un redomado conservador, bajé al mar de Alcabre. Un hombre paseaba con su perro, abrazado a sí mismo para combatir la furia del viento, que amenazaba con arrancarnos del arenal. Una silueta negra y mínima que contrastaba con el esbelto faro que cierra de forma elegante, en la punta del espigón, el perfil del Museo del Mar. Una linterna frente a la melancolía invernal de la ría. A esa misma hora, un carguero abandonaba el abrigo del puerto para aventurarse en el desabrido Atlántico. Se desató el aguacero y cada mochuelo voló a su olvido.

Acaba de comenzar un nuevo calendario. Los poetas lacios, perezosos lectores de Nietzsche, vuelven a contemplar las norias de la existencia y perpetran piezas en prosa y verso sobre el eterno retorno de lo mismo. Como si la muerte no les acechara como a todos. Mientras tanto, con o sin bolas chinas, practiquemos el arte de vivir, juguemos al futbolín, leamos a Baudelaire y a Juan  Rulfo, contemos el mundo con palabras y fotografías, neguémonos a pensar que hay una única forma de podar, no perdamos la capaciadad de ponernos en el lugar del otro. Y bajemos al mar siempre que tengamos la oportunidad, aunque nos hagamos preguntas sin respuesta.

 

Alcabre, la tarde de nochebuena

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