La gran belleza, una forma de decir adiós a un año amargo como la vida

Publicado por el dic 27, 2013

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Los finales de año nos ponen melancólicos a los animales humanos. Porque somos conscientes de la muerte, y cada final, con la noche súbita, el frío, la niebla, es un recordatorio. Por eso huimos de los cementerios, de los hospitales, de todo lo que nos recuerda nuestro ineluctable fin. Cobardes. Como si cambiando de escenario, de túnica, cambiara el destino.

La tarde se venció súbita. Un día sucio, de arenisca húmeda en suspensión. No aguanieve. No. Hay una obra al otro lado de los ventanales sucios de la redacción y la grisura del día se acentúa con la escarcha de las hojas que resisten como viudas negras en los árboles lastimados por los camiones, el gran agujero del futuro centro comercial, que parece una mina a cielo abierto. Metáfora futura. Nuestras minas son centros comerciales. No tenemos otra cosa que explorar ni que explotar sino nuestra propia melancolía de un pasado que tampoco fue glorioso. Nos consumimos en nuestra agonía de atesorar objetos que no llevan a la felicidad, sino al hastío.

¿Qué explora, qué explota, qué busca, qué recuerda Jeb Gambardella, el protagonista de La gran belleza, la película de Paolo Sorrentino que ha venido a acompañarnos en los últimos compases de este año amargo, agridulce, suave y rasposo como la vida?

Belleza

Cuando vi la primera imagen de la película, con un Toni Servillo (inolvidable intérprete de Il Divo, gran recreación de la figura de Andreotti), me desconcertó la crudeza de ese tipo que fumaba, indiferente, chaqueta roja, pantalón y camisa blanca, junto a una mujer desnuda, en segundo término, a quien no prestaba la menor atención. ¿Desprecio de la lujuria, tedio de la carne? Ahora ya sé quién es, o al menos qué papel interpreta en La gran belleza, última, más bien penúltima amante del exquisito y desencantado, y algo cínico, y lúcido Gambardella, periodista y vividor, que bebe y bebe sin perder jamás el control ni los estribos, en la noche romana. Se trata de una exuberante Sabrina Ferilli que acompañará a este autor de un gran único lírico libro cuando era joven y que ahora se pasa las noches buscando algo entre las ruinas, entre la gran belleza de una ciudad capaz de seducir a los que ya no esperan nada, salvo un resplandor, un leve rumor de deseo, fascinación, ceniza dorada, jardines laberínticos tomados por niñas en manos de monjas, un sorbo de vida que en realidad nada importa porque la trascendencia se fue con la juventud, el deseo de cambiar el mundo mientras cambiábamos nosotros. Hasta reconocer, elegantemente, eso sí, ambos fracasos.

Recorren Gambardella y su penúltima, explosiva, carnal conquista que no lo es, que no necesita serlo, la noche de los palacios de las princesas, de los aristócratas, gracias a un amigo que tiene la llave de todas las puertas, porque es un hombre de confianza. En ese esplendor nocturno, el de las incomparables esculturas, en la belleza claroscura, los bustos, los párpados de mármol ennegrecido por las antorchas y los desdenes, leemos la noche oscura de un alma que no busca más redención que otro sorbo, otra noche en vela.

Como mi querido Marcos Ordóñez, también me vino, aunque a mí como un regüeldo, el nombre de Francisco Umbral a la cabeza en algún momento del periplo inconcebible, fascinante, por el que nos llevan Sorrentino/Gambardella/Servillo. Pero lo dejé escapar, acaso porque Madrid jamás tendrá esa podredumbre romana, esa mezcla tan elocuente de alta costura y bajo vientre, de grandeza y miseria de altos setos y líbido a la sombra del Vaticano y de un río como el Tíber, que jamás será nuestra serpiente seca del Manzanares, a pesar de todos los esfuerzos de aprendices de intrigantes y ambiciosos como un tal Gallardón. Manca finezza, siempre manca finezza en la política española, no en vano somos hijos y nietos del Lazarillo, y de la Celestina, y de don Quijote y Sancho. Ojalá. Somos de otra pasta, aunque tal vez por eso nos asombre tanto la aparición insospechada de una sosias de la Madre Teresa de Calcuta capaz de dormir en el suelo, al pie de la mismísima cama de pecador de Gambardella, y luego asistir al amanecer de Roma con una infusión de raíces entre las manos, mientras una bandada de flamencos, cuyos nombres conoce la Santa, reposan en la terraza del vividor, del dandy, del voyeur, del escéptico Gambardella, periodista capaz de hacer las preguntas más impertinentes (es decir, las más pertinentes) a una performer petarda, en una escala de su periplo anual a África. Sopla la santa su infusión y los hermosos pájaros grávidos reemprenden el vuelo sobre el Coliseo y otras ruinas gloriosas de nuestra civilización.

Yo quisiera tener una directora como la enana para la que Jeb trabaja, y compartir con ella una mesa con arroz de ayer, en un despacho lleno de cajoncitos, donde cultivar una prosa exacta como un diamante que corte la carne y nuestra nada, en una finta periodística que sirva de elegante elegía a la muerte de nuestro oficio, o al menos de los periódicos como los hemos conocido desde que soñamos ser lo que somos y, triste y felizmente, lo conseguimos.

También quisiera hacer como Jeb Gambardella, recorrer las calles de Roma y de otras ciudades de nuestro mundo, como solía hacer Cioran, aprovechando el insomnio, la incapacidad de conciliar el sueño aquí, en este suelo, en esta noche política y moral que habitamos sin ni siquiera la capacidad de Gil de Biedma, al que certeramente convoca Marcos en su nota, para vernos. Porque corrompimos como el propio Gambardella, como el propio Gil de Biedma, nuestros sueños, que eran más líricos que políticos, más amorosos que filosóficos, más literarios que materiales. «Por cobardía».

Hay que volver a ver La gran belleza con Fellini y Antonioni en la memoria, pero también con Pasolini y con Pavese, con las sombras y las luces del Oficio de vivir, porque «lavorare stanca», trabajar cansa, y estamos perdidos en estas vísperas de fin de año en una España que vuelve a agonizar con su fatigosa necesidad de ser, trágica, unamuniana, incorregible. Aquí ni siquiera sabemos ser una sombra de Jeb Gambardella. ¡Ni falta que nos hace!

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