¿Era preciso llevar a la playa a Donizetti para que surtiera efecto «L’elisir d’amore»?

Publicado por el dic 23, 2013

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En el prefacio a Música y sentimiento, escribe Charles Rosen: «Comprender la música en el sentido más elemental significa simplemente disfrutarla cuando se escucha». Dos páginas más adelante reproduce un diálogo del acto V de El mercader de Venecia, entre los amantes Jessica y Lorenzo. Dice Jessica: «Nunca estoy alegre cuando oigo música dulce». A lo que le replica Lorenzo: «La razón es que tus espíritus están atentos». Cuatro páginas después, advierte Rosen, intérprete y crítico: «los lectores que esperen descubrir lo que supuestamente han de sentir cuando escuchen una obra musical concreta se sentirán inevitablemente defraudados».

Frente al contumaz desdén con que el público del Teatro Real de Madrid ha despachado alguno de los más originales y desafiantes montajes de este año cruel de 2013, era digno de ver el entusiasmo con que, a teatro lleno, se celebró y despidió la nueva producción de L’elisir d’amore, de Gaetano Donizetti (1797-1848) el pasado 20 de diciembre. Se echaba el telón navideño y había ganas de disfrutar, un comprensible ambiente de fiesta, prolongación empingorotada del inusitado jolgorio que a la misma hora saturaba la Puerta del Sol y calles adyacentes. Será que los abonos, como el gusto, pasan de padres a hijos. Como recordaba la propia oficina de prensa del teatro, la humorada de Donizetti «subió a su escenario por primera vez en 1851, un año después de su inauguración por la reina Isabel II, y desde entonces se representó 67 veces». Con las funciones que caldearon diciembre serán más de ochenta las ocasiones en que el afortunado público disfrutó de la furtiva lágrima y otros agridulces momentos, en este caso más que bien servidos (hablo de la última representación) por un dotadísimo tenor canario, Celso Albelo, capaz de regalar la más acendrada emoción sin cargar la suerte, sin buscar el elogio fácil, y al mismo tiempo dándole al personaje la carga humorística que el desaforado montaje de Damiano Michieletto quiso imprimirle. No es raro que contagiara, al menos en cuanto a la picardía y la complicidad, a la excelente soprano georgiana Nino Machaidze.

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Celso Albelo, como Nemorino, y dos aspirantes a su amor (en cuanto se enteraron de que era rico heredero)

Nada que objetar al uso libérrimo de la imaginación a la hora de llevar a escena una ópera del siglo XIX. El historicismo a menudo acaba siendo una idealización de cierta visión del pasado barnizada de ideología. Pero ¿qué consiguen Michieletto, con su escenógrafo, Paolo Fantin, y su iluminador, Alessandro Carletti, montando un chiringuito, una playa, un mar de sombrillas y un mar pintado en el gran escenario del Real? Cierto que la trama es tan leve, y tan previsible, que no importa que se pierda en el maremágnun de acciones anodinas que se superponen en una mañana de playa en el Mediterráneo. Cierto que si se aburre, el público puede elegir algunas de las peripecias de los jugadores de tenis-playa, los gimnastas, los marineros, la camarera, los socorristas, los polis o los camorristas. Cierto que tanta estridencia, tanto en la luz como en el colorido hiperrealista, impide que nadie se atreva ni a entrecerrar los ojos. Si hasta la ducha da juego arrojando agua real sobre los aspirantes a ganarse el amor de la bella Adina, nombre que por cierto es el que campa sobre el chiringuito playero con el mismo rojo pasión que el anuncio de Coca-Cola, el único reclamo visual que no se apaga cuando el iluminador busca reforzar el efecto dramático dejando a la muchedumbre congelada y en negro, para que brillen bajo el zoom del cañón los cantantes.

¿Consiguen su propósito el director musical. Marc Piollet, y el director de escena, Damiano Michieletto, con esta versión del hormiguero humano que los espectadores «sepan supuestamente lo que han de sentir cuando escuchen una obra musical concreta», o se sentirán defraudados? Parece demasiado fácil deducir que como se trata de una coproducción entre el Teatro Real y el Palau de les Arts de Valencia el homenaje a las fallas estaba cantado. La horterada hace tiempo que dejó de estar reñida con las bellas artes. ¡Miren a Jeff Koons y Damien Hirst, los reyes del mambo artístico! A fin de cuentas, ¿qué significa la belleza en esta época sin referencias estéticas ni ideológicas? Se acaba aquí la discusión entre apocalípticos e integrados. Los finos espectadores del Real disfrutaron de lo lindo viendo al populacho haciendo lo que ellos mismos (todos nosotros) solemos hacer cuando vamos a la playa, cuando nos vestimos para el chiringuito, el revolcón, el sol abrasador, el dolce far niente, la cañita al aire, la caña con boquerones, el chapuzón, la breve (cada vez más breve) interrupción de la noria del trabajo (los que todavía tienen un salario y vacaciones pagadas). No, desde luego que este elixir no va a provocar ninguna revolución estética ni moral. Pura diversión. Donizetti, por el pueblo y para el pueblo. ¿Con el pueblo? Ni asalto a la Bastilla, ni el refinamiento de la emoción. Pero la furtiva lágrima nos sigue salvando, nos permite sentir como jabatos. Ah, sí, gente sensible que va a la ópera para elevarse sobre lo vulgar. Va bene!

 Fotos: Javier Real / Teatro Real

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