Entre bodas y una fantasmagórica flota de atuneros, la estación de las lluvias llega a Maputo

Publicado por el dic 14, 2013

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La última noche ha llegado como un aguacero de los que suelen descargar sobre Maputo ahora que la estación de las lluvias se anuncia con los afeites del verano en el hemisferio sur. Sentado a una mesa en la gran cafetería solitaria del hotel Avenida, con los grandes ventanales abocados a la Julius Nyerere, apuro la mala conciencia de no haberme asomado a este blog a pesar de tener una privilegiada ventana sobre el mismísimo océano Índico, que hoy ha visto cómo otra hornada de parejas de todas las edades desafiaba los malos augurios que vienen del interior del país y del gobierno y llenaban de cortejos, voces, canciones, atavíos imposibles, colorido y fe en el porvenir el Jardim dos Namorados de la capital mozambiqueña. Hasta doce bodas simultáneas pude contar entre los parterres, bajo los grandes ficus, los setos obligados a doblar la cerviz para que el mar parezca domado bajo sus cenefas vegetales, bajo el esplendor rojizo de las acacias en flor.

Puede que sea toda una declaración de intenciones el que las bodas sigan siendo ceremonias nutridas. Los fastos suelen durar dos días. La tradición manda. En la mayor parte de los engarces el novio se ve obligado a entregar una vaca a la familia de la novia: será la única parte del ajuar que le será devuelta si al final el compromiso no desemboca en uno de esos insólitos cortejos que hoy llenaban la gran explanada frente al mar dos sonhos e dos desejos.

Pero sería un espejismo y una ingenuidad juzgar el estado de las cosas por el entusiasmo que esta mañana destilaban tantas familias que habían agotado sus ahorros o sencillamente se habían endeudado para celebrar uno de los principales ritos de paso con los que entretenemos y tratamos de darle sentido a la vida que llevamos en este planeta a la deriva. Mucho más fantasmagóricas, a pesar de sutiles, son, cuando la noche reina, las sombras de las palmeras y otras maravillas vegetales contra los impecables muros del inmenso complejo presidencial. En primera línea de playa. Son como radiografías de un país que para algunos vuelve a estar al borde de una nueva guerra cuando hasta ahora había sido modélica su salida de una penosa descolonización y de una devastadora guerra civil. Pero los dos actores de aquel tiempo, la Frelimo (Frente de Liberación de Mozambique, en el poder desde la independencia de Lisboa) y la Renamo (Resistencia Nacional de Mozambique, en la oposición y que ha vuelto a las armas en el mato, en el centro del país), siguen queriendo acaparar todo el discurso del poder ahora que con el descubrimiento de formidables yacimientos de gas y petróleo al norte amenaza con conducir al país ejemplar a la espantosa senda que han seguido otros africanos (por ejemplo, Angola, la otrora joya del colonialismo portugués) por culpa de la mal llamada maldición de los recursos.

El presidente, Armando Emílio Guebuza, acaba de nombrar a una terna de delfines para que se disputen su sucesión. Una triada de fieles funcionarios que no ha encandilado ni a su propio, y desprestigiado, partido. Para colmo, no amaina en Maputo el temporal de realismo mágico (realismo sucio, para otros) desencadenado por la compra de una flota de atuneros y patrulleras a Francia, en un gesto que desde luego puede que se compadezca con el aluvión de casamentos, pero no con la condición de país modélico, digno de la ayuda exterior (a la que generosamente también contribuye España). Porque si se puede permitir tamaño desembolso de centenares de millones de dólares (con un porcentaje nada desdeñable para los intermediarios, con Guebuza a la cabeza), ¿qué sentido tiene seguir dotando con fondos internacionales un buen porcentaje de su presupuesto, con las depauperadas sanidad y educación a la cabeza?

Ha caído la noche sobre Maputo. Una brisa fresca remueve las avenidas del sábado. La Julius Nyerere, pero también las de Karl Marx, Vladimir Lenine, Kim Il sung, o ruas como la de Frederich. Las viejas figuras de la izquierda y el comunismo realmente existentes siguen impávidas en el nomenclátor de la antigua Lourenço Marques, mientras la estaliniana figura del líder máximo, Samora Machel, sigue con el dedo enhiesto señalando al cielo y a la Luna, con la Baixa a su merced. Como si pudiera todavía manejar los tiempos, el destino y los sueños de un país que se manifiesta en un portugués dulcísimo teñido de dialectos locales y por las aguas del Índico, mucho más templadas que las del Atlántico, y por lo tanto menos ricas en plancton y en pesca, espantando a los atunes que debía atrapar la flota de Guebuza.

 

Jardim dos Namorados

 

 

 

 

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