Evocación de Alfonso Armada, una sombra entre olivos y camelias

Publicado por el Dec 2, 2013

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Carrera de los olivos.25,7,00

Fue una de las etapas que más profundamente se nos grabaron en aquel periplo del año 2000 que al final llamamos España, de sol a sol, y en el que intentamos asomarnos a nuestro propio país con ojos extranjeros. Llevaba apenas un año en Nueva York e intenté contemplar a mis compatriotas y mis contemporáneos como si mi vida hubiera transcurrido lejos de sus costumbres y manías. Fueron cincuenta días de viaje, a veces extenuante, por toda la península. Para la etapa en el pazo de Santa Cruz de Rivadulla disfrutamos de una guía que es perito en seres vivos y en la palinodia de las hojas y los frutos: Mónica Fernández-Aceytuno. Del pazo del entonces ya ex general Alfonso Armada recuerdo el paseo de olivos (que atesoraban quinientos años en sus troncos, paciencia y memoria contra la que nada pueden nuestros afanes y desvelos), el bosque de boj intacto (por el que paseaba un español al que le dolía el país y se esforzó más en mejorarlo que en llorar sus melancolías, Melchor Gaspar de Jovellanos, de quien se conserva un banco de piedra en el que gustaba de reposar y leer) y el vivero de centenares de variedades de camelias (una de las tareas a las que con más devoción se entregó el militar en los últimos años de su longeva vida: se apagó el domingo a los 93 años de edad), un laboratorio de experimentación vegetal. Un destino aparentemente paradójico: de los cañones pasó a las plantas. Alfonso Armada dedicó el último y largo tramo de su vida a atizar la belleza de una flor que bien podría ser uno de los emblemas menos belicosos de Galicia.

Le vimos de lejos, entrar en las dependencias de un pazo que atesoraba tiempo, entre piedras viejas y líquenes, que es el tejido que mejor sienta al Antiguo Reino de Galicia, acaso porque no hay condecoración más humilde y más discreta, hidalga de oros y sepias, que se pega a la roca viva y a la piedra que los maestros de cantería como Mateo hacen hablar un lenguaje tan elocuente que no hay peregrino, por muy lejos que venga al amparo de la Vía Láctea, que no entienda lo que dice el románico y sus secuelas en el cincel popular. Le vimos, pero no hubo ocasión de hablarle. Todos mis intentos de concertar una entrevista fueron infructuosos. Quizá el morbo de ver una pieza de periódico en la que el nombre del entrevistado y el del entrevistador podían intercambiarse (aunque de segundo él sea un Comyn y yo un Rodríguez) acaso le causase cierta incomodidad a un militar más amigo de callar que de decir. Mi tocayo estuvo entre quienes se sublevaron contra la República, combatió con la División Azul en las estepas rusas y formó parte del elenco de profesores del entonces Príncipe Don Juan Carlos. Después de dos años en la Escuela Superior de Guerra de París y las secretarías de varios ministros militares volvió a encontrarse con el futuro Rey, del que fue primero ayudante y, tras la proclamación, secretario general de su Casa.

Su participación en la intentona golpista del 23-F le valió a Alfonso Armada una condena de 30 años de prisión, aunque el Gobierno socialista le indultó en la Navidad de 1988. Desde entonces cultivó la discreción, su fe religiosa, la vida familiar y las camelias de su pazo señorial, un reducto contra las inclemencias del tiempo y las sevicias de la política. El general alegó que siempre había actuado bajo las dos pasiones (suerte de abscisas y ordenadas) que dibujaron el terreno de juego de su biografía: la Corona y España. Aunque en el famoso juicio de Campamento quedó probado que formó parte de una de las tramas golpistas, entre líneas protestó su inocencia, y sigue en entredicho si era el elefante blanco que se esperaba que apareciera en el Congreso tomado por el teniente coronel Antonio Tejero.

Una sombra entre olivos y camelias. Tras nuestro paso por el pazo le envié copia del artículo que apareció en las páginas de verano de ABC de un año que cerraba un siglo. Respondió con la cortesía que le caracterizaba. En las dos cartas que conservo, de su puño y letra, escribió en el encabezado: «Estimado pariente y amigo». Desde que el otro Alfonso Armada (igual que yo era para él el otro otro) saltara las barreras de la discreción a la que como militar se afilió, y nada menos con un golpe que cambió de cuajo su vida e hizo descarrilar para siempre su carrera, ya no recuerdo cuántas veces mi interlocutor me observaba dubitativo, sopesando el si será o el no será, hasta que se atrevía a planteármelo abierta o sutilemente. Mi respuesta era casi siempre la misma: «Es posible que tengamos antepasados comunes hace varios siglos, pero no somos familia. Él es de la Galicia del Norte, yo de la del Sur, en realidad casi portugués», que es lo que me gustaría ser y tal vez sea. En las redes sociales, que se han convertido en la corrala del mundo, el patio de vecinos de la greguería, el haikú, el enlace feliz, el insulto, el desgarrón, el absurdo, algunos me han dado el pésame. Sirva esta mínima evocación de un general con el que me hubiera gustado hablar largo y tendido en su pazo de Santa Cruz de Rivadulla un atardecer de invierno como este, entre líquenes, piedras viejas, camelias y olivos, como gentil despedida. A su familia, que no es la mía, le acompaño en el sentimiento. Al general, que se fue con sus secretos al valle del silencio, buen viaje.

 

 

Fotografía: Corina Arranz

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