Lo que Nao d’amores hace en un teatro que calienta la noche de Usera

Publicado por el Nov 29, 2013

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Salvo que uno sea vecino de Usera (entonces el barrio será el centro del mundo, libro de asientos de la biografía, terreno de juego de la memoria), tendrá que buscarse un buen motivo para acercarse desde otros centros acaso más melancólicos. Hace tantos años que vivo en Madrid que si soy de algún lugar (al margen del deseo: Portugal, y de la partida de nacimiento: Vigo) tal vez sea de aquí, por una mera afición a la costumbre y al aire polucionado y a cielos tan azules que no es de extrañar que Velázquez se volviera loco de amor por ellos. Fue hace apenas dos semanas que puse por primera vez los pies allí. Y brevemente. El motivo: Kubik Fabrik, que se define como una «fábrica de creación escénica», y que se ha convertido en un imán para todos los que, al calor del teatro, peregrinan por los espacios íntimos y periféricos, buscando esa complicidad que escenarios incandescentes están abriendo en las entrañas de una ciudad llena de murallas económicas, de malentendidos, de mentirosos a sabiendas, de resquemores… Contra esa sensación que se va instilando en nuestra conciencia de que los esfuerzos son inútiles, de que la historia ya está escrita, de que la lucha no da resultados.

Fracasamos. Veníamos de otros quehaceres en el centro de la ciudad, y el metro se demoró de lo lindo por meandros y estaciones lentas. Elegimos el camino más largo en el dédado de salidas, y aunque abordamos enseguida un taxi que parecía estar esperándonos se extravió con nosotros dentro, porque no había oído hablar de la Kubik Fabrik, ni mucho menos de Nao d’amores. Cuando por fin llegamos a la puerta de hierro los anfitriones nos estaban esperando para decirnos… que la obra que nos había llevado tan lejos de nuestros abrevaderos habituales ya había empezado y no había nada que hacer. Nuestro gozo, etcétera. Nos comprometimos a pie de obra a volver a intentarlo siete días después.

 

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Hace tiempo que sigo con devoción el talento que Nao d’amores y su directora (alma, corazón y vida), Ana Zamora, vuelcan en el teatro, su anfractuosa genealogía, aunque llegué algo tarde a sus afanes y a sus hallazgos. Hagamos memoria: Misterio del Cristo de los Gascones, Auto de los Reyes Magos, Dança da Morte y Farsas y églogas de Lucas Fernández. Formamos parte de sus devotos, porque los que prueban a embarcarse en Nao d’amores se convierten ipso facto en adictos. Nunca se sacian. Por eso, según lo prometido, aunque solo en esta ocasión, volví a emprender el sinuoso camino de Usera. Salí del periódico temprano y armado de paciencia. Tenía toda una ciudad que atravesar de parte a parte. Pero como si de una maldición se tratara todo empezó a torcerse pronto. El autobús demoró más de la cuenta, y cuando llegué al andén acababa de partir el metro que iba a acercarme al brocal de la Plaza Elíptica, que tiene nombre de enigma masónico. El siguiente convoy se anunciaba para 14 minutos más tarde, y para colmo moriría cuatro paradas antes del destino. Tuve que improvisar una ruta alternativa por la red subterránea. No sé si fue un error, pero no había muchas opciones. Era un metro lentísimo, de esos capaces de poner a prueba la paciencia de los amantes. Esta vez salí por la boca justa, y un taxi me salió al encuentro. Pero de nuevo (y no era el mismo) eligió un camino equivocado y como si de una fatalidad se tratara… volví a llegar tarde. Sin embargo los obreros de la Kubik se apiadaron y me metieron de matute. Acabé sentándome, con el corazón en la boca, sin resuello (porque había llegado a la carrera), en un asiento lateral, pero precioso.

Creo que esta noche de noviembre es la última función de Penal de Ocaña en la Kubik, la obra inspirada en la novela que le valió a María Josefa Canellada ser finalista del premio Café Gijón en 1954 y que seguirá rotando por teatros tan acogedores como esta sala fetiche de Usera en la que Nao d’amores encontró la fe de un público atentísimo que considera que el teatro es tan necesario y tan valioso como el pan o los periódicos. Así es fácil encender hogueras que ayuden a los náufragos.

 

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Con dirección y dramaturgia de Ana Zamora, una prodigiosa iluminación de Miguel A. Camacho y Pedro Yagüe, el monólogo de Elena Rayos y el piano de Isabel Zamora vuelven sobre temas de la guerra civil española que no agotaremos mientras no se restañe todo, enterremos a los muertos que siguen en las cunetas, leamos la historia sin gafas ahumadas. Diario de la guerra civil que vivió la autora, en el que aparecen más que vestigios del propio abuelo de las hermanas Zamora, es, como quienes aparejan la nao: «un sentido homenaje a la figura de la autora-protagonista, que siendo estudiante de Letras en aquel Madrid del 36, nos da una lección sobre cómo la propia responsabilidad moral como individuos acaba por tornarse universal, constituyendo un arma imprescindible para mudar conciencias y sociedades».

No es de extrañar que nada más acabar una función que a mí me conmovió hasta las lágrimas algunos evocaran la figura de Chaves Nogales. Porque esa fue la actitud de la protagonista en el hospital y el penal, en el Madrid bombardado, frente a hunos y hotros. Las fieras que se enfrentaron a muerte en aquella España desgarrada de la que, queramos o no, somos hijos, nietos, herederos. Pianista, y también actriz, a fin de cuentas, Isabel Zamora, no puedo dejar de celebrar la manera tan vívida, tan cuajada de matices, tan llena de rubores, de fresca voz, de verdadera emoción fingida que Elena Rayos despliega en este Penal de Ocaña, como cuando ante la agonía de un hombre la enfermera que se desvive por los que sufren manda que la banda del regimiento que toca en el patio se calle: «Porque está muriendo un hombre». ¿Cómo no acordarse de Chaves Nogales, de Albert Camus, de Ramón Barea, de todos los que se negaron a elegir la muerte, y que jamás abdicaron de una dignidad que ahora parece una condición civil tan rara, tan esquiva. Obras como este Penal de Ocaña que encendió Nao d’amores en un teatro de Usera nos ponen ante un espejo limpio y crudo en el que pensar qué hicimos, que estamos haciendo con nuestra vida aquí, ahora, en este pasado que hierve de miedo y prejuicios. Vamos.

 

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Fotos: Pilar Peñalosa

 

 

 

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