Gabriel Albiac vuelve a entrar en la sinagoga vacía y se cita con Espinosa en nombre de la amistad

Publicado por el nov 22, 2013

Compartir

 

Spiinoza 3

 

A los libros hay que llegar con una lámpara de minero. A los libros hay que acceder en la intimidad. Cuando nos quedamos solos con nosotros mismos. ¿Por eso han dejado de interesar? ¿Porque exigen ese ejercicio contemporáneo tan atroz: quedarnos a solas con nosotros mismos, escuchar el reloj atómico de nuestra conciencia, el sonido del silencio, su martilleo fulminante, en una habitación, o a la sombra de un ciprés, en un banco a la orilla del camino o frente a la potencia latente del mar? Quedarse a solas con el autor, con el libro, con su voz, que cuando es veraz nos interpela con el severo amor de nuestros padres cuando el mundo parecía, pese a todo, tener un sentido, un orden, una liturgia, un afán… y de alguna manera una recompensa. Ahora resulta tan raro ese silencio, ese prestar atención, escuchar con todos los sentidos. Leer.

Por eso, ¿qué es lo primero que se lee nada más abrir la reedición de La sinagoga vacía (ampliada, actualizada, mejorada, 25 años después de la primera, que le valió a su autor el Premio Nacional de Ensayo)? La dedicatoria, que se mantiene intacta, pese a los escombros caídos (sobre Althusser, sobre todo después de que asesinara a su mujer, el propio Albiac y sus convicciones, todos nosotros, y las nuestras):

«A Louis Althusser.

“Un communiste n’est jamais seul…”».

Lo celebró Fernando Rodríguez Lafuente en la biblioteca de ABC, un martes de frío exterior, donde los cipreses más alejados de la M-50, y la combustión interior de los afectos. Porque se presentaba el libro de Gabriel Albiac. El «maravilloso mamotreto» (dijo FRL: son 600 páginas de prosa apretada, incluidas las notas, la bibliografía, los apéndices y el índice onomástico) tiene una exquisita virtud. Basta abrirlo por el principio para que uno quiera alejarse de lo que está haciendo (ahora mismo, sentado a mi pupitre de ABC, escribiendo este texto) para buscar un lugar tranquilo donde pasarse la tarde leyendo, y la noche, y mañana, y los días necesarios, y que por favor vengan poblados de lluvia, de nubes, de nubes como estas, que acabo de captar desde la ventana del diario, como una invocación a que la tarde sea propicia para el pensamiento, las noticias, la tinta fugaz de los periódicos:

 para Albiac

Es fácil hacer la prueba. Basta con asomarse a la introducción, titulada ‘El fantasma en el paraíso’, y leer las razones por las que Baruch Espinosa (también llamado Spinoza) fue expulsado de su sinagoga en la «ciudad del Amstel» para no poder dejar de leer:

«Con la sentencia de los ángeles y la palabra de los santos, excluimos, expulsamos, maldecimos y execramos a Baruch de Espinosa con el acuerdo de toda nuestra santa comunidad, en presencia de los libros santos y los seiscientos trece mandamientos que en ellos se encierran. Formulamos este herem como Josué lo formuló contra Jericó. Lo maldecimos como Elías maldijo a los niños y con todas las maldiciones que están escritas en la Ley. Maldito sea de día, maldito sea de noche; maldito sea durante el sueño y durante la vigilia. Maldito sea al entrar y al salir. (…) Sabed que no debéis tener con él comunicación alguna, ni oral ni escrita, ni hacerle ningún favor, ni permanecer con él bajo techo, ni acercársele a menos de cuatro codos, ni leer cosa alguna por él escrita».

Antes de avanzar, un aviso, una nota del autor en la página 3:  «No entro en la polémica trivial –y, con frecuencia, rarificada por la necedad patriótica- acerca de la ortografía más correcta: Espinoça, Espinoza, Despinosa… o Espinosa, que yo he preferido aquí como más sencilla y acorde con la evolución posterior de la lengua, son tantas otras versiones que aparecen en los manuscritos de la Comunidad Judía de Ámsterdam, en un momento en que, desde luego, el castellano no se halla ortográficamente unificado. La forma académicamente consagrada, Spinoza, corresponde a la latinización que adoptan sus primeros editores: B. d. S. Opera Posthuma, 1677».

 Espinosa

Nos enfrentamos a un problema que tiene que ver, de lejos, de refilón, con lo que el propio Albiac plantea muy pronto en su libro. La escena de la expulsión de Espinosa («Excluido de entre los excluidos, maldito por una comunidad doblemente maldita, aquel que entre los judíos hispano-portugueses fuera Baruch o Bento, entre los hombres libres holandeses Benedictus, de Espinosa, comienza a acometer su última transgresión: el trazado de la estricta genealogía del discurso del poder que procede a aniquilarlo, la lúcida mirada hacia el saber que proclama su muerte en vida…»), que a su juicio es falsa. Es decir, que pudo no ocurrir como se ha tradicionalmente relatado. Por no mencionar, como él hace, que la Nueva Sinagoga de la que fue expulsado, «sólo casi veinte años más tarde [estuvo] conclusa y [fue] solemnemente inaugurada». Tenemos el papel (Notta do Herem que se publicou da Theba em 6 deisto [Av 5416], contra Baruch espinoza), que es el que enarbola, aplana, lee, relee, examina, recuerda Gabriel Albiac.

¿Cómo reconstruimos un acto que ocurrió en el tiempo, martes de noviembre, frío exterior, calor interior, en la biblioteca de ABC? ¿En la crónica que escribió Jesús García Calero en el ABC al día siguiente? Tenía un título que a mi juicio, que estuve allí, y anoté muchas de las palabras que se pronunciaron (primero a lápiz. Luego se me romió la punta, y Soledad Luca de Tena, sentada a mi lado, me prestó un bolígrafo), era un buen resumen de lo dicho, del sentido de la celebración: La historia no tiene sentido y la filosofía no nos salva. Un haikú de su pensamiento y de su recorrido vital. Una confesión. Era también buena la entradilla del redactor jefe de Cultura de nuestro diario, cumplía con varios requisitos: enganchaba al lector, daba información precisa y respondía sintéticamente a algunas de las cinco w que nos preocupan a los periodistas: «Cuenta Gabriel Albiac que descubrió a Baruch de Espinosa a los 17 años y que le dejó estupefacto. La lectura de su «Ética demostrada según el orden geométrico» hizo algo más que deslumbrar su inteligencia, le intrigó de un modo que, sin saberlo, cambiaría su vida, según confesó ayer en la presentación de «La sinagoga vacía», en la Casa de ABC, acto en el que le acompañaron el marqués de Castrillón y presidente de la Real Academia de la Historia; Fernando R. Lafuente, director de ABC Cultural; el editor de Tecnos Manuel González, y el director de ABC, Bieito Rubido». 

La tarde, de forma insospechada, porque así ocurre cuando nos ensimismamos, ha ido desvaneciéndose. La luz efímera. Las nubes han adoptado otra gravedad, otro color, otra urdimbre. También nuestro ánimo ha cambiado. Vamos hacia la noche. Hubiera querido terminar esta nota que es sobre todo un canto apasionado a la amistad (que fue lo mejor de la noche del martes, la que acaso resume mejor la intervención de Albiac) con la foto del final del día. Pero otras tareas han ido salpicando mi atención, y por eso, antes de que la tarde no sea más que un vestigio, escribo con la cámara del móvil otra postal para Gabriel:

 Albiac 2

«Cuando ya no quedaba nadie, salí de aquel lugar». ¿Qué sabía yo de Uriel da Costa antes de haberme echado a la cara esta Sinagoga vacía? Nada. Sigo sin saber casi nada. Apenas que mientras Da Costa eligió la muerte (el suicidio), Espinosa eligió la soledad. Rescato fragmentos de mi propio bloc, antes de que la caligrafía se vuelva definitivamente ilegible incluso para mí. Después de haber prestado una atención inusitada a todos los que le predecieron, sobre todo a Gonzalo Anes, que se perdió en las marismas de su propia erudición, Gabriel Albiac dio las gracias con la calidez que le caracteriza, y entró en materia:

«El ignorante, cuando deja de pensar, deja de ser».

«¿De qué ignorancia huye Espinosa, de qué queda vacía la sinagoga de Ámsterdam tras su salida».

«A través de la historia de Espinosa hallaba la nuestra y nuestra propia huida».

Así llegamos a la dedicatoria de este libro, que se mantiene por honestidad intelectual, por respeto a la propia genealogía, por una dignidad que no abunda entre la filosofía, donde campan tantos espectros: «Dedicada a un maestro que naufragó para que nosotros pudiéramos llegar a puerto. Ese es el verdadero maestro. Louis Althusser». Porque «al ponernos sobre el rastro de Espinosa, Louis Althusser nos enfrenta a la idea de que todo sentido de la historia miente y pone la coartada perfecta para aniquilar a quienes se pongan por delante».

Hace unas semanas, en la inaguración de la XXV edición del Máster de ABC/UCM, Gabriel Albiac dictó una lección que no vamos a olvidar. Se titulaba La escritura inmediata. De ella destaco las palabras de Albert Camus, escritor, periodista, dramaturgo, pensador… hombre, que Albiac invocó:

«Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo» –proclama–. «La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea es quizá más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrupta, en la cual se mezclan las revoluciones fallidas, las técnicas que se volvieron locas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas…, esta generación ha tenido que restaurar, en sí misma y alrededor de sí y de sus solas negaciones, un poco de aquello de lo cual está hecha la dignidad de vivir y de morir… Y… alzar su doble apuesta de verdad y libertad».

Cuando la noche ya era densa sobre los cipreses lejanos y cercanos, sobre las coronas de asfalto que rodean a modo de nuevas murallas la ciudad que se quería abierta y es un enigma, Gabriel Albiac dijo que el legado que quería dejar a sus hijas (presentes entre nosotros, los que escuchábamos) es que «la historia no tiene finalidad y la filosofía no nos salva». Gabriel Albiac, que se ha hecho viejo leyendo a Espinosa (así lo dijo, sin falsa modestia, sin falsa coquetería intelectual), volvió sobre las palabas que había pronunciado al incio de su exordio: «El ignorante, cuando deja de padecer, deja de ser. Claro que somos todos ignorantes». Pero él, al igual que el filósofo que tuvo que dedicarse a pulir lentes ante las penurias, excesos, matanzas… ante la estupidez, el miedo, la esperanza…, «eligió la amistad». Y concluyó: «Solo en nombre de esta amistad me he atrevido a hablar aquí».

Querido amigo. Buenas noches.

Compartir

ABC.es

Lluvia racheada © DIARIO ABC, S.L. 2013

Este blog está dedicado a la meteorología cultural y política, el teatro de nuestro tiempo, el periodismo y las sombras corredizas.Más sobre «Lluvia racheada»

Calendario
noviembre 2013
L M X J V S D
« oct   dic »
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930