Llegan mensajes inesperados gracias a las redes, y el verbo se hace carne

Publicado por el nov 6, 2013

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Papá y el resto 1

Hace tiempo que no leo la Biblia. Y hago mal. Lo sé. Es fuente de inspiración para gente de teatro, periodistas y otras especies amigas de la noche.

Iba tan enfrascado en la lectura de algo que no recuerdo que el otro día no comprobé que el autobús que venía por el carril-bus no era el mío, el 146, que me deposita todas las mañanas a la puerta de ABC. Cuando me di cuenta ya era tarde, tan tarde que ante la hermosa mañana de otoño madrileño decidí dejarme llevar hasta el final. Gracias a eso descubrí que a través del 53 no solo se veía otro mundo, otros mendigos, otras fachadas, otros setos, otras tiendas, sino que hasta las conversaciones eran completamente distintas. Decidí apurar el viaje hasta la meta. Como si se pudiera apurar la Laguna Estigia con una barca de la EMT. Me quedé perplejo cuando pasamos ante la sede de la compañía discográfica Universal. Esa misma noche se celebraba en Pozuelo un funeral por mi querido Nacho Sáenz de Tejada, y en la Universal había trabajado Nacho una temporada. El largo trayecto por una senda equivocada me permitió atender una apasionante conversación entre un hombre y una mujer, que viajaban de pie, asidos a la barra, contemplando el paso de la ciudad desde el gran ventanal del autobús, un teatro portátil:

—Yo tenía que haberme muerto ya tres veces.

—Es que la medicina ha avanzado una barbaridad.

—Hace años ya estaríamos muertos.

—Y con solo una pastillita, no como antes con aquellas inyecciones.

Cambié de transporte, del 53 al 70, ya en la curvilínea y arbolada calle de Arturo Soria. Ocupé el mismo espacio que los actores del anterior trayecto, dispuesto a sacar partido del mundo. Escuché que a mi espalda un hombre interpelaba a una pasajera sentada a su lado. Me volví. El hombre, con el labio desvahído, me dijo:

—¿Me das un euro?

Y se lo di.

La red es también un columpio. Ahora es fácil enredarse. Es un ejercicio que hago de vez en cuando en los autobuses y metros de Madrid de los que me sirvo a diario para ir de mi corazón a mis asuntos y viceversa. ¿Cuántos leen periódicos, cuántos libros de papel, cuántos eBooks, cuántos se sirven de dispositivo móvil para jugar a juegos que son como pesadillas, cuantos tuitean mansa o furiosamente, cuántos leen a Simone Weil, cuántos ven una película, cuántos chatean, o whatsapean, o revisan sus mensajes, las cotizaciones de la bolsa de Nueva York, hablan con su madre en Montevideo, su hermano en Uagadugu, su novia en Fez? Para eso viene bien la nueva, hermosa, manchadiza edición de Las flores del mal que acaba de editar Cátedra para celebrar el trigésimo aniversario de su colección Letras Universales:

 

«¡Hombre libre, tú siempre adorarás la mar!

Es tu espejo la mar; tu alma tú la contemplas

en ese desplegarse sin final de su lámina,

y no es menos amargo que su abismo tu espíritu».

 

Traducido por Luis Martínez de Merlo, Charles Baudelaire nos interpela aunque no queramos:

¿Hombre libre?

¿Nosotros, aquí, en esta hora, en este autobús lanzado a cámara lenta contra la rectitud del día?

¿Hemos aprovechado el último verano para de verdad contemplar el mar?

¿Era un abismo?

¿Qué es la realidad a la que nos aboca esta gran noria de autobuses y metros dibujando constantemente con carboncillo sobre el papel vegetal de la vida el significado profundo de nuestra existencia?

Por las redes llega un mensaje de Marcos Fernández Alonso. Dramaturgo, director de escena, actor. ¿Productor? Compartimos algunos enigmas insignificantes: la ciudad que nos vio nacer, la escuela en la que intentamos aprender un oficio que es algo más que un oficio.

Iba despistado, subiendo los escalones de la estación de metro de San Bernardo, que parece enlazar directamente con los orígenes del ferrocarril subterráneo, cuando una silueta familiar me dio alcance. Borja Ortiz de Gondra. Era sábado por la tarde. ¿La hora de los dramaturgos que se resisten a desaparecer en la parrilla con cuchillas afiladas y cuchillos de punta roma de la gran ciudad? Fue él quien haciendo uso de su dispositivo móvil me puso sobre la pista correcta de La Tirana. Malas artes. Calle de Santa Lucía, 10, esquina con la del Espíritu Santo, en pleno barrio de Malasaña. Santos y alcoholes, ¡qué mejor aliciente para el éxtasis!

Somos varios los confabulados, los que, como a la puerta de La casa de la portera y otros antros que parecen formar parte de una red de teatro clandestino, es decir, de arte contra la degradación del mundo, esperamos a que llegue la hora. El teatro no podía ser más mínimo. Un rectángulo: mitad para los actores, mitad para el público, que llena la sala incómoda, cálida, menestral.

Lo que menos me gusta de la función, porque siendo tan literal, distrae, o desconcierta, es el título: Papá y el resto. Es mejor el subtítulo, La vida puede cambiar (si no te mueres antes). Ahí ya acaso atine el espectador poco avisado a deducir por dónde pueden ir los tiros teatrales de Marcos Fernández Alonso.

Todos los sábados y domingos de noviembre, los sábados a las 20 horas, los domingos a las 16.30, con entradas accesibles y crujientes en Atrápalo, se representa esta obra que es, también, otro viaje, como si te equivocaras de autobús en tu camino a la rutina de la muerte lenta que es la vida y te dieras de bruces con la risa y la reflexión, lo que Marcos Fernández Alonso, con quien comparto al menos una devoción (no sé si, como vigués, se siente, a veces, más portugués que otra cosa) consigue con esta obra que me hace preguntarme qué carajo hace en un teatro clandestino. Seguramente lo mejor que puede hacer, teatro, con este reparto que envía el propio autor:

MERCE (la cantante): Victoria Dal Vera 
LOLA (la profesora): María Segalerva
ANA (mi esposa, la abogada): Isabel Torrevejano
PABLO (el abogado socorrista): Vicente Camacho
DAVID (servidor): Marcos Fenández Alonso
 
Hacía tiempo que sin saber nada descubría un dramaturgo (que aquí se multiplica en otras faenas, y sale más que bien librado) con tanto poder de seducción, con un excelente oído para las palabras y sus polisemias, para la estocada de las escenas y el pensamiento rápido que da varios saltos mortales poéticos, entre la hondura y el puro filo de una risa que es como un desfibrilador. El verbo se hacer carne, y de qué manera. Lecciones aprendidas y por aprender, con Baudelaire, los ojos y los oídos de los que venimos de la noche y a la noche vamos. Puro teatro. Con un puñado de cenizas e inteligencia a raudales. Sorbos de vida estilizada.

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Este blog está dedicado a la meteorología cultural y política, el teatro de nuestro tiempo, el periodismo y las sombras corredizas.Más sobre «Lluvia racheada»

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