Mito y ritual. Adela cumple cien años

Publicado por el Oct 28, 2013

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Nos extraviamos. Pero el cielo se había compadecido del cumpleaños de Adela y la lluvia se había retirado, como un ejército napoleónico de nuevo cuño, a las afueras de Madrid.

A la Sacramental de San Lorenzo y San José se llega por muchos caminos, como a todos los cementerios. Pero empezamos a perdernos en cuanto salimos de la boca de metro de Marqués de Vadillo, en vez de seguir a la mujer que había cumplido con la encomienda de Juan Antonio Vizcaíno, biógrafo oficial de Adela Escartín: algo blanco y flores blancas. Porque Adela, nuestra inolvidable maestra en la Real Escuela Superior de Arte Dramático y Danza de Madrid (RESAD), era partidaria de la hermosura de blanco en los funerales: como en Oriente.

De agente en agente, de extravío en extravío, llegamos ante el tanatorio de San Isidro, donde en agosto de 2010 homenajeamos a Adela cuando exhaló el último aliento, en una salita con toda la pompa que la gran estrella que fue del teatro cubano se merecía. Perseveramos, nos detuvimos ante el gran busto de Goya que más que de aragonés tenía trazas de indio hermoso y equinoccional (o así lo vio el artista). Ante las tapias del cementerio de San Isidro tuvimos, como acuñara en frase hipnótica un dictado infantil, que desandar el camino por habernos extraviado.

Alumna en Nueva York de figuras señeras del arte teatral del siglo XX, como Erwin Piscator, Stella Adler, Martha Graham y Lee Strasberg, fue en Cuba donde alcanzó Adela la cumbre de su arte. Como recordé en un obituario en abc.es, regresó a España en 1970 para hacerse cargo de su madre enferma. Aunque hizo teatro, cine, radio y televisión, fue en la ensañanza donde dio lo mejor de sí, una sabiduría destilada en mil lecturas, experiencias, trato con los dramaturgos, con los directores, con las sombras y los hechiceros. Porque el verdadero teatro es arte, pero también es rito.

tumba

El sábado, con el cielo asomándose azul de Velázquez y de Goya, pero también de Veronés, entre cipreses que le hablan de tú a Dios y a los ateos (como atestiguan los que a fuerza de custodiar una tumba acabaron fundiéndose con el hierro como una nueva aleación hecha de tiempo y nó sé si esperanza), volvimos a encontrarnos algunos de sus alumnos ante el alto nicho del cementerio donde la dejamos hace ya tres años. En estos días hubiera cumplido cien años y no quisimos (sobre todo Juan Antonio, y Pedro García de las Heras) dejar de celebrar una fecha tan rotunda que ella estaba decidida a cumplir a toda costa. Su genio y su figura, y sobre todo su legado y sus enseñanzas, no se perderán.

Ante una foto que le hacía justicia colocó Viz un atril. Por allí fuimos desfilando algunos de sus alumnos, aprendices de actores entonces, actores muchos de ellos hoy día. Leímos fragmentos de su vida transcritos por Juan Antonio Vizcaíno y que formarán parte de la biografía que está en el telar. Da cuenta preciosa de todo ello Julio José de Faba, alter ego de Vizcaíno: «Tras la lectura de los fragmentos de sus memorias (que fueron llevadas a cabo por Mª Jesús Vinielles, Java González, Luciano Sánchez, José Luis Subías, Pedro de las Heras, Ione Irazábal, Isabel Cámara, Lola Gil, Alfonso Armada, Nieves Mateo, y Marina Andina) pudo escucharse finalmente la voz de Adela Escartín, grabada en plena representación de la obra Te juro Juana que tengo ganas, del autor mejicano Emilio Carballido, que se estrenó en el Pequeño Teatro de Magallanes, de Madrid en 1974».

Ante el forillo de tumbas, como relata Faba, se escuchó la voz resonante de Adela. Mientras recitaban los compañeros, una pareja vino a limpiar una tumba cercana, y el ruido que hacía el agua al escurrir una balleta en las manos del hombre pareció un efecto especial lleno de sentido. Nada de metáforas. Transcripciones de la vida. Ione volvió a demostrar de qué buena pasta está hecha su condición de actriz, al integrar en su parlamento el sonido de la sirena con la que sin cesar reclaman al lustroso y varonil encargado de cementerio, mocetón que se conoce el camposanto desde que a los siete años ayudara en las faenas propias del lugar a su abuelo.

Adela 2

En Madrid se cometen crímenes, se ama, se destituye, se engaña, se celebra, se miente, se tiembla, se interpreta, se comulga, se seduce, se pierde, se roba, se amasa, se besa, se hiere, se traduce, se compra, se interpone, se entabla, se escribe, se publica, se rasga, se protesta, se comenta, se ordena, se extravía, se poda, se nace y se muere todos los días, en un afán que es el del tiempo, el de las nubes que nos miran ora escépticas ora compasivas, entretenidos, agotados, excitados, hastiados, vivos o desganados en nuestros afanes: entre los nichos quietos, junto a los niños que no paran nunca, viendo cómo una china llama a gritos a sus churumbeles como si fuera una gitana de fina estampa o cómo una anciana compra flores para agasajar a una hermana que le dejó en este valle no siempre de lágrimas antes de tiempo.

Hacía veinte años que algunos no nos veíamos, que no recordábamos cómo en la clase de mito y ritual Adela nos hacía encontrarnos con nuestros fantasmas, con nuestros deseos, con nuestros miedos. Así aprendimos a explorar lo que un actor cuando se entrega a eso tan misterioso y verdadero que el teatro es capaz de convocar. Lo que Adela Escartín logró en Cuba y aquí, bajo este cielo cambiante, en la casa del tiempo. En Madrid se cometen tropelías, pero también se adora y se quiere, se camela y se atropella, se triunfa y se es, se fracasa y se respira como se puede. En Madrid, la mañana del sábado, lavada y limpia, entre azules de añil y azules de terciopelo, recordamos a nuestra maestra y fue como si así adquiriera de nuevo la vida un sentido que habíamos extraviado, o que no siempre tenemos presente como debiéramos. El de la gratitud, el del aprendizaje. Porque es con maestros como ella era como se construye un país que se merece, que no se deshace. Aunque parezca algunos atardeceres de octubre y noviembre que la cosa tiene muy poco sentido.

 

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