Once razones para no perderse “La conquista de México”

Publicado por el Oct 11, 2013

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1. Porque como a los parroquianos que suelen leer periódicos para confirmar lo que ya saben (y en la medida en que el periódico les dice lo que quieren leer lo celebran por su puntería), no les gusta a los que van a la ópera a confirmar sus prejuicios de que toda ópera compuesta en el siglo XX no vale la pena, es estridente, no cuenta con personajes de una pieza, con una biografía de principio a fin, no ordena el caos del mundo, sino que incluso parece atizarlo, dejando al espectador ante la espantosa libertad de no saber qué entender, qué sentir, qué pensar, qué hacer. El vértigo.

2. Porque buena parte del público del estreno (el pasado miércoles en el Teatro Real de Madrid) ni abucheó al final ni se fue a la mitad (porque no había descanso: sabia medida: para evitar la fuga, para no romper la crecida de la emoción), se mostró como un témpano, se levantó y se fue.

3. Porque aunque el compositor Wolfgang Rihm (nacido en Karlsruhe en 1952), autor de 400 obras, tiene la pericia de llamar a La conquista de México «música teatral en cuatro partes» logra algo tan portentoso como mostrar el choque entre españoles y aztecas, entre el universo cristiano y el precolombino, entre Cortés y Montezuma no a través de un libreto más o menos acertado o dramáticamente atractivo sino principalmente mediante la fuerza abstracta del sonido, y con él las palabras del dramaturgo francés Antonin Artaud (inventor del teatro de la crueldad), un poema de Octavio Paz y cantos aztecas del siglo XV.

4. Porque la escenografía del artista alemán Alexander Polzin se casa como un guante con la obra, no tiene vida propia sino en función de lo que la ópera quiere contar, de lo que la música quiere transmitir.

5. Porque la puesta en escena del libanés Pierre Audi no solo conjuga todos los elementos que configuran la ambiciosa idea de Rihm, con quien ha trabajado en otras ocasiones, lo que evidencia complicidades ideológicas y estéticas que no se improvisan, sino porque está al servicio de la emoción sin traicionar el fundamento de esta conquista de México que no da nada por sabido pero que al mismo tiempo juega con lo que el espectador ha ido depositando en su memoria sobre la Malinche, México, España, la conquista, el cristianismo, la lengua española, América, el otro, la muerte, el miedo, Montezuma, Cortés, el pasado glorioso, el triste presente, la esperanza, las leyes de la atracción, el deseo, el teatro, el entretenimiento, el dinero, el porvenir, Madrid, Ciudad de México, una noche de otoño, la vuelta a casa, los hijos, la enseñanza, la política, la nada.

6. Porque el director musical, Alejo Pérez, le saca a la orqusta y coro del Teatro Real un inusitado partido aplicando a rajatabla las instrucciones del compositor de crear una escultura sonora, fragmentando la orquesta en tres ámbitos, repartiendo voces y sonidos por todo el teatro, haciendo pedazos el teatro a la italiana, la distancia entre lo que ocurre en escena y nuestra vida. Y porque desde la percusión que abre el apetito de nuestros sentidos hasta el final, en que se apaga toda la orquesta, dejando solo (bravo por el trabajo de Urs Schönebaum en la iluminación) una piel de luz sobre Montezuma y Cortés, y las manos del director, en un íntimo final que sobrecoge tanto como el inicio.

7. Porque pocas veces he sentido tanta emoción en el Teatro Real como al comienzo y al final de esta ópera que no sé si es ópera ni maldita sea lo que importa si lo que uno busca en el teatro es algo que le haga sentir lo que no sospechaba que podía sentir, ni entender cómo esa atracción funesta, esa incapacidad de entendimiento entre dos civilizaciones, pocas veces se vio mejor vestida que con ese Montezuma interpretado por una mujer, y con dos voces que se despliegan como ecos y reverberaciones en los laterales del teatro, entre nosotros, los espectadores (y ahí hay que celebrar sin paliativos la belleza vocal de la contralto Katarina Bradic), y ese Cortés interpretado por un hombre. Los españoles van de negro, los aztecas de oro, pero la muerte los iguala.

8. Porque la bailarina japonesa de teatro noh Ryoko Aoki, que revolotea por la escena como un pájaro elocuente, sin abrir la boca, es una Malinche insospechada, que evita caer en sentimentalismos, que puntea la Noche Triste como haríamos nosotros pasando entre los cadáveres con la curiosidad piadosa de quien no ha perdido humanidad. Y cuando los supervivientes abrazan a los muertos, esa pieza nos hace humanos, con ella, Malinche, y con el silencio final que todo lo recubre, cuando las puertas del teatro se cierran y volvemos a nuestros asuntos.

9. Porque como quería Artaud y recuerda brillantemente Stefano Russomanno en el programa de mano, «una verdadera pieza de teatro perturba el reposo de los sentidos, libera el inconsciente reprimido, incita a una especie de rebelión virtual» y, sobre todo, «impulsa a los hombres a que se vean tal como son, hace caer las máscaras, descubre la mentira».

10. Porque este montaje hace caer nuestras máscaras con silencioso estrépito, nos acerca a México, y a toda América Latina, con nuevo fulgor, con una lanza de palabras que nos hieren, recoge la sangre derramada, se asoma al entendimiento a través de una música y una luz, unos ropajes y una escenografía, unas voces y unos ecos capaces de abrazar al otro al que tanto tememos porque tanto se nos parece.

11. Porque es un alegato contra el miedo a sentir lo que ni siquiera nos atrevemos a pensar, mucho menos a entender.

 

Nadja Michael soprano (Montezuma)  Georg Nigl barítono (Cortez)

 

Fotografías de Javier del Real para el Teatro Real. La primera muestra un plano general del gran telón que atrapa la atención del espectador antes de que suene la primera nota, obra del artista Alexander Polzin, que firma una escenografía maravillosa. La segunda muestra a la soprano Nadja Michael, que interpreta a Montezuma, y al barítono Georg Nigl, que encarna a Hernán Cortés.

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