Adiós a una pintora que se subió al cielo nada más empezar a pintar

Publicado por el Oct 4, 2013

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Un mundo

Si dejamos que la política dicte todas nuestras lecciones estamos perdidos.

Había pensado titular: Una hora en Fukushima. Cuando vi la foto del presidente del gobierno junto a un tren, a punto de salir de una estación que parecía la de Atocha, en vez «De Tokio a Fukushima» leí «De Toledo a Fukushima». Pero las paradojas temporales son posibles, siempre que se conozca bien la Teoría General de la Relatividad o se haya tomado ayahuasca. Y creo que no es el caso. Lo que tal vez lo sea es el significado de hacer un viaje tan largo, como por ejemplo a Japón, y no pasar al menos un día y una noche enteras en Fukushima, hablar con los pescadores, escuchar a los campesinos, leer un haikú por los que se llevó el mar y la radiación. Pero en estos tiempos tan raros que vivimos los políticos saltan sobre los husos horarios con una pértiga de conveniencia que no es de escala humana. O al menos así me lo parece.

¿Con qué pértiga saltaron los inmigrantes somalíes y eritreos que naufragaron ante la isla de Lampedusa? Ahora, los comentaristas, algunos comentaristas despiadados, también llamados tertulianos (los escuché anoche en mi radio, los volví a escuchar esta mañana, y no daba crédito), volvían donde suelen: «es cosa de las mafias». Claro. Las mafias que se aprovechan de la miseria. Nosotros no tenemos la menor culpa, aunque elevemos la altura de las alambradas y de los muros ahora que ya no necesitamos mano de obra barata porque nos estalló la burbuja en la cara. Y si mueren en el mar es porque cayeron en manos de mafias despiadadas. No como nosotros, que sabemos apiadarnos la mar de bien. Pero la pregunta es: ¿qué haríamos nosotros en su lugar?

«Niña pintora que (…) anhelaba el amor». Así recordaba hoy en ABC mi querido Juan Manuel Bonet que describió Ramón Gómez de la Serna en Automoribundia a Ángeles Santos, que nació en 1911 y se acaba de morir a los ciento un años de edad, después de haber pintado nuestro mundo en Un mundo, el cuadro que deslumbró a tantos hace tanto tiempo, como el propio Juan Manuel se encarga de recordar: a Juan Ramón Jiménez, a Manuel Abril, a Juan de la Encina, a Ernesto Giménez Caballero, a tantos y tantos hasta ayer y hasta mañana. Porque desde que se expuso el cuadro y llegó al Reina Sofía, Ángeles Santos no ha dejado de pintar ni de deslumbrar. ¿Pero cómo llegó aquel cuadro al lienzo, cómo a sus ojos, cómo a su cabeza? Yo no conocí a Ángeles Santos, pero la sentí hablar a través de su hijo Julián Grau Santos gracias a Giacometti, que hizo que C nos presentara y su madre volviera a relucir en las palabras. El mismo Julián a quien tanto hemos admirado en las páginas de ABC durante tantos años. Quedamos en vernos para ir a verla, pero Ángeles se ha ido por el camino que siguen al final todos los pintores, con su enigma, con su mundo, el que ahora volvemos a contemplar asombrados mientras pensamos en el Fukushima que no leyó el presidente en los ojos de los pescadores porque la geopolítica no le dejó tiempo y en los inmigrantes africanos que se bebió el mar de Lampedusa.

Un mundo, el mundo, nuestro mundo y sus enigmas. Volveré a su cuadro como a una senda en el agua, como a un haikú de tinta china y salitre, por los que sueñan con nuestro mundo, por los que siguen pintando mundos a pesar de los presagios.

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