Si Manuel Vilariño viajara a bordo del “Voyager 1”

Publicado por el Oct 1, 2013

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Foto de Manuel Vilariño

 

Es martes por la tarde. Octubre acaba de caer con el estruendo de una hoja sobre el jardín del mundo. Todavía queda luz solar en la latitud y longitud de Madrid. La nave de la Tierra se desplaza a velocidad constante alrededor del sol describiendo una elipse que fascinó a los astrónomos desde que perdieron el vértigo y reconocieron que no éramos el centro del universo, un tal Bárcenas está a punto de cenar, los editorialistas de la prensa española de todo el espectro político niquelan sus opiniones para que sean publicadas mañana y sepamos a qué atenernos acerca de los asuntos que nos conciernen cuando estemos a punto de tomarnos el primer café amargo del día, los agapantos del monasterio de Braga celebran el agua bendita que cayó del cielo, los exégetas del Vaticano escrutan hasta la saciedad el Cuatro Latas del Papa Francisco y que haya invitado a un reputado miembro de la Teología de la Liberación a hablar sobre lo divino y lo humano, y Richard Ford apura sus días de París con su esposa Kristina mientras sus devotos se aventuran con alborozo tras los pasos de Dell Parsons en Canadá y el sentido último de las fronteras.

Hace días que en la antigua Tabacalera de Madrid los seres mitológicos, los pájaros envueltos, las olas congeladas de Islandia, los picos de pájaros que buscan insólitas simetrías con picos y piolets de cimas íntimas, los crepúsculos que se acuestan sobre el mar que el fotógrafo Manuel Vilariño ha revelado con un primor que no tiene que ver nada con la industria, aunque se sirva de máquinas, bajan de sus marcos, de su vida fotográfica, y cobran vida cuando se cierran las viejas puertas y en los largos pasillos no quedan más que sombras, resquicios de luz, reminiscencias de un sentido que buscamos afanosamente. Porque tenemos miedo. Tenemos miedo de que esto no tenga sentido, de que Albert Camus tenga razón.

Creo que fue el mismo día, según un calendario discutible, porque es fruto de la convención y de la costumbre, como muchas de las cosas que hacemos aquí, Manuel Vilariño abrió su gran exposición en las umbrías galerías de la antigua Tabacalera y la nave Voyager 1 abandonó los confines del sistema solar, a unos 19.000 millones de kilómetros del Sol, en el espacio interestelar, donde nunca antes holló objeto alguno construido por las industriosas manos del hombre, capaz de escribir novelas como Murakami o inventar la pinza, como los shakers. 

Miro al cielo y vuelvo a adentrarme en las galerías que tanto recuerdan a un hospital en guerra, o a un hospital vaciado después de una guerra civil, en la que se ha intentado no dejar rastro de la sangre ni de las camas de metal, y sin embargo queda el dolor en el aire, un dolor que solo captan los perros y los pájaros, y tal vez por eso las imágenes de este fotógrafo que es un poeta que se asoma al mundo con las palabras en la boca y las imágenes en los ojos, con las palabras en el iris y las imágenes en la punta de la lengua, se adapten tan bien. Un guante dialéctico que a veces te roza la cara, a veces te coge de la mano y te lleva a donde tanto temes ir: adentro de ti mismo. ¿Como el Voyager?

Fue en 1977 cuando la NASA lanzó dos sondas espaciales llamadas Voyager. ¿Cómo éramos en aquel año? ¿Qué éramos? ¿Habíamos nacido? En su interior, llevaban discos de oro cifrados con información sobre algunas conquistas de la humanidad, sonidos de la tierra (entre ellas, palabras del entonces presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, y también del entonces secretario general de la ONU, Kurt Waldheim, finalmente denostado cuando se descubrieron sus vínculos con los nazis; hola y saludos a todos en 55 idiomas, llantos de niño, fragmentos de Mozart y Beethoven, cantos de ballenas) y e imágenes de nuestro planeta todavía azul.

Me imagino a Manuel Vilariño, con ojos sin párpado, un cuaderno negro sobre el muslo derecho, la cámara al cuello, un lápiz apoyado sobre el cuaderno cerrado, la mano izquierda sobre el timón del Voyager 1, perdiéndose en la inmensidad del firmamento, registrando el paso del tiempo, el canto de la naturaleza indómita, un sismógrafo especialmente preparado para dar cuenta del devenir de la humanidad leyendo en la carcasa de las naves perdidas, de las estrellas apagadas después de tantos millones de años luz que ha tardado su destello en alcanzarnos.

   

 

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