Ya estamos todos de vuelta… salvo Manuel Martín Ferrand

Publicado por el sep 2, 2013

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El quiosquero de la esquina, el panadero, los dueños de la frutería… Los políticos, los agentes secretos, los tertulianos… Los fontaneros, los cienciólogos, los predicadores… Los trasquiladores, los recaudadores, los agrimensores… Los sastres, los podólogos, los cazatalentos… Los decoradores, los pintores abstractos, los coleccionistas… Los infieles, los catedráticos, los criptógrafos… Los novelistas, los compositores, los que perdieron su sombra… Ya estamos de vuelta, los que se fueron y los que se quedaron, los que querían olvidar y los que no tuvieron siquiera la opción de intentarlo.

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar, abandonar un rumbo que sabemos que no es tal, sino una añagaza, o que nos lleva probablemente al desastre, al abismo?

Es el caso de los políticos que nos representan de forma tan estratosféricamente torpe, que nos mienten a sabiendas, que nos convocan para mentirnos, o para no decir nada, o no responder a las preguntas que se les hacen, o para no aceptar que se les hagan preguntas, porque les fatiga nuestra curiosidad, nuestro escepticismo, nuestra insistencia en tratar de meter el dedo en llaga de un santo Tomás que ni tiene llaga ni es santo ni se llama Tomás. ¡El colmo de la desfachatez! ¡Y han vuelto, oreados, empanados, morenos, estilizados, como si hubieran practicado la espeleología en el espacio y el alpinismo en las simas marinas, y hubieran leído una página del Tao cada día!

Estamos obsesionados con el ser y la nada, el ser y el tiempo, pese a no haber leído ni bien ni mal a Heidegger ni a Sartre. Internet nos ha convertido a todos en heroinómanos: cada día se convierte en un afán de brocales: asomados al pozo de los contadores, del ser más cuando más se es pinchado, visto, reconocido, tuiteado, retuiteado, acumulando me gustas en una tómbola virtual cuyo premio gordo es un laberinto de espejos en el que se refleja no tanto nuestra alma como su estrepitosa ausencia, y desde luego sin que ningún personaje a la altura de Orson Welles empuñe una pistola que haga trizas ese mar de espejos que no es el de nuestra multiplicidad sino el de nuestra luminosa oquedad.

Hemos comprobado hasta la saciedad que el sistema educativo español no funciona. Sabemos que en lugares como Finlandia el eje de su éxito radica en haber convertido a los maestros en la clave de bóveda del proyecto educativo nacional: solo enseñan los más brillantes, los más capaces, los que saben cómo instilar en los alumnos el deseo de aprender, los que despiertan la curiosidad y el esfuerzo, y sin recurrir a nuevas tecnologías ni demás zarandajas con las que se nos llena la boca de nada. Se les exige al máximo y se les paga bien. Todo arranca de ahí. Pero no hemos dado ni un solo paso en esa dirección en 35 años de democracia.

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar?

Ya estamos todos de vuelta… salvo Manuel Martín Ferrand, que se quedó despierto hasta el último minuto, tratando de apurar un último sorbo de vida, es decir, una bocanada de tinta, un último Ad libitum, una última columna, un postrer gesto de irónica elegancia con el que dar la bienvenida al eterno retorno de lo mismo, el curso político, el curso judicial, la liga (que en su inanidad se instala en medio del verano como si queriendo ser todo el tiempo pudiera ser más), el curso académico, la temporada teatral, la moda de otoño, la melancolía atroz que viene a segarnos la hierba bajo nuestros pies. Hemos vuelto todos a reanudar una tarea cuyo sentido no acabamos de reconocer sin tener la fina finta con la que Manuel Martín Ferrand le clavaba la punta de la pluma al globo de la vanidad, no para que estallara, sino para que se viera en el espejo de su propia inconsistencia.

Ya estamos todos de vuelta… salvo Manuel Martín Ferrand, que se fue a una taberna del otro Mondoñedo a compatir con Cunqueiro, Castroviejo, Camba y otros ilustres catadores de lo humano y lo divino, a contemplar desde el mirador del más allá nuestros inútiles desvelos.

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