Elegir entre la realidad y la irrealidad

Elegir entre la realidad y la irrealidad

Publicado por el ago 19, 2013

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Hubiera preferido dedicar todo el verano (que todavía no ha terminado, aunque a algunos pudiera darles esa impresión) a leer todos los libros de Enrique Vila-Matas a los que todavía no les he hincado el diente. Pero al final me he entretenido por otros andurriales inesperados que me han llevado, por ejemplo, a La noche de los lobos, de Federico Volpini (Nocturna), que abrí con cautela por culpa de una desafortunda portada y de un título que tampoco le hace justicia, y acabé cautivado y ahora ando empeñado en cautivar a otros gracias a una prosa y una inventiva que me devolvieron a las mejores tardes de verano de la adolescencia, cuando el viaje era leer, leer, leer. O a Ander Izagirre y su insuperable Mi abuela y diez más, su desopilante y tierno homenaje a la Real Sociedad y al ciclismo, que me ha hecho repensar mi compromiso con Libros del K.O. de escribir mi visión del Real Club Celta de Vigo, porque a mí me gusta mucho menos el fútbol que a Ander, y además no he pasado tardes de lluvia en las gradas animando al equipo, y eso no se puede improvisar. Y ahora mismo estoy de vuelta con Richard Ford y su Canadá (Anagrama), que me ha devuelto al mismo Great Falls que quise conocer antes de entrevistarle al final de un larguísimo viaje por Estados Unidos en aquel remoto verano de 1992 de los Juegos Olímpicos de Barcelona, la guerra de Bosnia-Herzegovina y la muerte de Camarón de la Isla, que leí en el Washington Post. Porque quería ver los escenarios donde transcurría Incendios, aunque ahora no encuentre las fotos.

Enrique Vila-Matas me estaba esperando hoy en la última página y prácticamente en la última línea de su Mejor que Jerry sea real que publica en la contra de El País bajo el equívoco y por eso prometedor antetítulo de ‘Semi-ficciones’. Copio al pie de la letra:

“En definitiva, era mejor que Jerry existiera a lo contarrio.

Cuatro años después, leería yo en una entrevista a Gabriel Ferrater:

—¿La realidad es desagradable?

—Hombre, sí. Y la irrealidad, ¿qué?

Pues eso. Hoy, por ejemplo, hace muy mal tiempo y estoy esperando a que cambie. Pero está claro que es mejor que haga ese tiempo tan pésimo a que no haga ninguno”.

¿Estamos de acuerdo? ¿Cómo no estarlo? Y sobre todo cuando, en mi caso, puedo constatar que al volver al periódico en el que trabajo nadie me impidió la entrada, la tarjeta electrónica funcionaba perfectamente, los amigos y los jefes me saludaban, mi ordenador no había modificado la clave de acceso y los libros que atesoro en la oficina (como por ejemplo, Escritos menores, de Max Stirner (Pepitas de calabaza): “…Este mundo, que tildan de egoísta, lleva, por el contrario, varios milenios poniendo en la picota al egoísta y sacrificando el egoísmo en aras de cualquier cosa ‘sagrada’ que se tercie. No vivimos en un mundo egoísta, sino en un mundo sagrado de cabo a rabo, hasta el más mísero harapo de propiedad…”, o Confluencias, de José Lezama Lima (Confluencias): “Yo veía a la noche como si algo se hubiera caído sobre la tierra, un descendimiento. Su lentitud me impedía compararla con algo que descendía por una escalera, por ejemplo. Una marea sobre otra marea, y así incesantemente, hasta ponerse al alcance de mis pies. Unía la caída de la noche con la única extensión del mar”), seguían estando ahí, como un muro contra la realidad, como un muro que formaba parte de la realidad.

¿Cómo poner la realidad a la altura de la irrealidad cuando pertenezco al grupo de los favorecidos por la suerte y por la historia, todavía disfruto de vacaciones pagadas, he podido bañarme en el mar de Vigo y volver a Madrid sin haber perdido ningún miembro a causa de un tiburón extraviado ni haber sufrido ninguna picadura de una faneca brava agazapada en la arena? Es peor la irrealidad.

La barca rota pertenece a la larga playa inquietante que corre entre Togo y Benín. ¿Cuándo volverás?

 

 

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