De la innecesaria degradación operística de Pablo Neruda

Publicado por el Jul 24, 2013

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A la ópera vamos como los niños íbamos al circo cuando éramos niños y el circo no había sido triturado por las fauces mecánicas de la televisión y su factoría de falacias y horrores.

A la ópera vamos como las dueñas de un burdel clásico a la tintorería gallega de toda la vida, a que le quiten las manchas indelebles a los cobertores y a las cortinas a causa de las fantasías burlescas de las anfitrionas y los clientes que a la hora de columpiarse demuestran que han leído a Baudelaire y saben quién es Fragonard.

A la ópera vamos como los amantes de los caballos que jamás han montado a caballo y que nunca han puesto los pies en la capital austriaca aunque han visto fotografías y hasta vídeos de la Escuela Española de Equitación de Viena, porque aman los caballos desde que Friedrich Nietzsche se abrazara a uno que estaba siendo azotado de manera despiadada por su amo en Turín y desde que vieron la película de Béla Tarr no han podido quitársela de la cabeza.

A la ópera vamos pensando que cuando la música y la palabra y la imagen y la luz y el vestuario y el movimiento y la escenografía y el teatro cuajan no hay nada comparable que tenga que ver con algo que se destruye a medida que ocurre, es decir, como la vida, tan parecido a la vida y sin embargo radicalmente distinto de la vida, destilada, emoción, arte efímero por antonomasia, que cristaliza ante el espectador y solo queda grabado en su memoria, porque toda grabación, toda foto, toda película no son más que pálido fuego.

A la ópera vamos como los que esperan, como el escritor estadounidense James Salter, que esa noche se convierta en una de esas diez veladas de las que los amantes disponen para disfrutar de algo que remonte las aguas del olvido, que sea irrepetible, y me refiero al amor al teatro, no al amor al amor, no al amor al deseo, no al amor al éxtasis que a veces la carne y sus afluentes proporcionan.

A la ópera vamos como los que en la poesía encuentran una vía de conocimiento y quizá por eso haga años que no frecuentan los libros de Neruda y últimamente no dejen de beber sin saciarse jamás los de la polaca Wislawa Szymborska en todas las estaciones.

 

Il Postino 2901

Tal vez creada a mayor gloria de Plácido Domingo, el compositor mexicano Daniel Catán (1949-2011) se inspiró en la novela Ardiente paciencia, de Antonio Skármeta, y en la película Il postino, dirigida por Michael Radford, que en España se estrenó con el título de El cartero (y Pablo Neruda), para concebir su ópera Il postino, y no sólo urdió una partitura que raramente se arriesga y vuela más allá de lo previsible, sino que además se atrevió a hacerse cargo del libreto, con resultados catastróficos. Pero Plácido Domingo se indispuso antes del estreno del montaje en Madrid y tuvo que ser sustituido por Vicente Ombuena, que como el resto del elenco hace lo que puede para defender lo indenfendible.

Con la mejor de las intenciones, no lo dudo, ¿era necesario degradar a Pablo Neruda a la condición de poetastro cursi al servicio de un cartero italiano necesitado de aliento lírico para seducir a una compatriota en la isla donde el chileno penaba su dulce exilio?

Triste telón para la temporada del Teatro Real de Madrid este postino que naufraga estética, ideológica, musicalmente. Una trama pueril, un libreto que duele al oído, una escenografía costumbrista o sencillamente kitsch, una iluminación plana, un vestuario soso, un drama sin drama que solo levanta torpemente el vuelo como una gaviota cojitranca en el tramo final, cuando el cartero graba los sonidos de la isla para enviárselos al poeta y tanto la atmósfera sonora como dramática encuentran una mínima enjundia que sin embargo no borra el mal sabor de boca del jegibre indigesto de la soporífera primera parte.

Da pie sin embargo este Postino para pensar cómo debe ser una ópera contemporánea, y hasta qué punto es aceptable que se cante lo que se dice mucho mejor con la prosa de los días. ¿Por qué no seguir la estela de un cineasta como Robert Bresson, en cuyas películas la música no interviene dramáticamente desde fuera para reforzar la emoción de la trama, sino que solo suena cuando una fuente real del propio contexto justifique que surja ese plus de sonido sin forzar la credibilidad, sin que el espectador tenga que violentar su credulidad? ¿No sería mejor para devolverle a la ópera autenticidad que cada vez que un intérprete rompa a cantar esa licencia esté anclada en la propia urdimbre dramática? En el caso de este cartero fascinado por Neruda la violencia sobre la convención operística es tan burda que dan ganas arrojarlo al mar para que deje de dar la murga? Por no hablar de la patética escena en la que el poeta le canta a su amada Matilde sus versos de amor matutino y al director de escena no se le ocurre cosa mejor que traducir el adjetivo desnudo a la literalidad de que Cristina Gallardo-Domâs se desnude de cintura para arriba en un quiero y no puedo erótico-cutre que evidencia la confusión general de una ópera insostenible. Menos mal que el escorzo la salva de un ridículo mayor.

Flaco favor al teatro y a la ópera, y sobre todo a la obra de Pablo Neruda este Postino que debería ser enviado directamente al cajón del olvido.

 Il Postino 3387

 

Dos escenas de Il postino, con puesta en escena de Ron Daniels. Las fotografías son obra de Javier del Real.

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