Viaje al Este

Publicado por el jul 19, 2013

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Emprendimos el viaje animados por un antiguo fervor que el tiempo no ha extinguido, por una amistad que fraguó en el amargo verano de 1992, cuando nos conocimos en pleno cerco de Sarajevo. La última vez que yo había pisado la capital bosnia fue en el invierno de 1993. La guerra, y por lo tanto el sitio, todavía se prolongaría hasta el verano de 1995, cuando las fuerzas serbobosnias al mando del general Ratko Mladic atacaron el enclave protegido de Srebrenica y mataron a más de 8.000 musulmanes bosnios. Cuando Gervasio Sánchez me propuso volver a Bosnia después de veinte años no necesité mucho tiempo para decidirme. Era una necesidad largamente aplazada.

Entre el 3 y el 13 de julio recorrimos más de 4.000 kilómetros. Atravesamos ocho países: Francia, Italia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Bulgaria y Rumanía. Hicimos noche en Génova, Zadar, Mostar, Sarajevo, Srebrenica, Belgrado y Pitesti.

Fue un viaje al Este en el que se mezclaron en un matraz de emociones los recuerdos de la guerra (de una ciudad como Sarajevo, sin luz, agua ni tranvías, en la que había toque de queda y sus vecinos eran asesinados por granadas de mortero, obuses y balas de francotiradores) con los de la paz (la avidez de recuperar todo lo perdido), de un país que defendía la convivencia interétnica condenado a unas fronteras internas trazadas a sangre y fuego y bajo lindes étnicas.

Son 21 postales que no dan cuenta minuciosa de todo lo vivido. Son 21 ventanas que tratan de reconstruir algunos momentos con la ayuda de mensajes que fui enviando a medida que nos adentrábamos en el pasado y recorríamos este presente lleno de curvas y sospechas.

 

Viaje al este, 1

El mundo, a veces, está bien hecho. Desde la ventana de la casa de Anne Serrano y Ernesto Pallestrini, en Génova, me da por pensar en un mirlo que en el pico traiga el recado de escribir, el deseo de Cristóbal Colón de no quedarse aquí, de permitir que la vida se llene de experiencias: zarpar, de perderle el miedo al miedo.

 

Viaje al este, 2

Por Trieste solíamos entrar en tiempos de la guerra de Bosnia. Por Trieste volvimos a entrar. La última vez llegamos de madrugada a esta primera ciudad italiana, con el coche maltrecho, y sin matrícula. Nos lo habían robado a punta de pistola y kaláshnikov en el enclave croata de Vitez, en el corazón de Bosnia, y lo recuperamos después de remover Roma con Santiago. Ahora regresamos por las carreteras impecables de un día de verano. Esta corresponde a Eslovenia, la primera ex república yugoslava que, tras una guerra que duró diez días y se cobró unos pocos muertos, logró independizarse de Belgrado.

 

Viaje al este, 3

El mapa, sobre el regazo, malamente fotografiado por la cámara del telemóvel, parece borroso, como si las fronteras, y las vidas, no acabaran de definirse. Avanzamos rápidamente, devorando kilómetros, mientras la música de Eric Clapton que Gervasio grabó hace siglos en mi casa suena prístina en un casete. Su coche es un Opel Vectra, casi una pieza vintage, todavía tiene un aparato que permite que las viejas cintas se escuchen con toda la calidez y el interés que poníamos cuando la salida de cada disco de nuestros grupos y cantantes favoritos era un acontecimiento, y reunir el dinero suficiente, un esfuerzo ímprobo. Todavía recuerdo la alegría que sentía en Vigo cuando por correo postal llegaba un paquete con los discos que había comprado por correo en Discoplay, aquella maravillosa tienda de Los Sótanos, en plena Gran Vía madrileña.

 

Viaje al Este, 4

Ven a la República de Croacia, flamante miembro de la Unión Europea: belleza y desmemoria en la costa dálmata, islas como grandes cetáceos enigmáticos, que contienen la fiereza del Mediterráneo, le dan proporción a esta orilla, ralentizan el viaje, hacen que al coche le cueste desprenderse de tanto mar, de tantas tentaciones de acercarse a las playas (casi siempre pedregosas) y, eso, olvidar: complicidades, responsabilidades, atrocidades. Así vamos viviendo. A fuerza de transacciones, más o menos miserables, y olvido. A juzgar por las espléndidas carreteras que la surcan, Croacia parece que ha jugado bien sus cartas.

 

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En aquella época, los hoteles de la costa, despoblados de turistas, habían empezado a llenarse de refugiados de la guerra. Zadar no era una excepción. Recordaba un paseo de invierno a lo largo del malecón, al atardecer, con las siluetas huidizas de la gente, las conversaciones a media voz, temerosas, y con una luz como bañada en plomo y herrumbre. Quería volver a Zadar, porque acaso podía soñar allí una novela. Y porque en Zadar estaban anclados los recuerdos de la guerra. Y la ciudad, tamizada por otra dicha, y por la suavidad de las tardes de verano, entre las ruinas romanas y la placidez del mar, no nos defraudó. Antes de cenar volvimos al malecón, y Gervasio recogió esta estampa como de un epígono comercial del capitán Nemo, con un Nautilus de juguete, llenando de reverberaciones la noche de julio en el Adriático.

 

Viaje al Este, 6

La llegada al Neretva abría las compuertas. Nos poníamos en alerta. La belleza y el miedo. Hermann Tertsch, nuestro maestro de historia centroeuropea, el que nos enseñó a tantos en el viejo diario El País a entender el mundo y sus desquiciamientos contemporáneos, respondió con un tuit afectuoso a mi anochecer en la desembocadura del querido Neretva: «Cuántos recuerdos».

 

Viaje al Este, 7

En Metkovic estaba la frontera con el territorio en guerra. Pero no existía la aduana bosnia, ni mucho menos este cartel teñido por el sol poniente. En Metkovic estaba uno de los almacenes del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), que debían llevar escolta de las tanquetas blancas de las fuerzas de la ONU (Unprofor), a menudo objeto de la extorsión y la burla de los radicales serbios, capaces de cortar una carretera y así impedir el suministro de víveres a ciudades como Jablanica, o Sarajevo, o Zepce, o Gorazde, o Srebrenica, o Bihac. Pero así era el mandato: la ONU no podía interponerse entre los combatientes, aunque siempre estuvo claro quiénes eran los verdugos y quiénes las víctimas. Después de la guerra, y del vergonzoso tratado de Dayton, que puso fin al conflicto, y consagró las fronteras trazadas por la fuerza, la ONU emitió un documentado informe en que señalaba que el 90 por ciento de las atrocidades de la guerra de Bosnia habían sido cometidas por los serbios, un 7 por ciento por los croatas, un 3 por ciento por los musulmanes. Anoto: «A punto de entrar en Bosnia-Herzegovina el 5 de julio a las 9 de la noche, veinte años después de la guerra».

 

Viaje al Este, 8

Llovía mansamente sobre Mostar. Salvamos el viejo puente de piedra sobre el Neretva para cenar en el mejor restaurante de la ciudad en la que vimos combatir fieramente a musulmanes y croatas contra los serbios y a los musulmanes contra los croatas y los serbios. Llovía mansamente sobre la ciudad en paz. Me desperté cuando la luz empezaba a insinuarse, y escribí: «Amanece lentamente en Mostar. El canto de los pájaros sustituye al de las granadas». Apenas se escuchaba la brisa. Pero las ramas, a través del tragaluz, eran como la muda señal de un país lejano, en el Pacífico, una isla que no había sido azotada por la guerra, y en sus habitantes no quedaban cicatrices ni en el alma ni en la espalda.

 

Viaje al Este, 9

En Turbe estuvo el frente, y allí nos acercamos sigilosamente, midiendo nuestros pasos hasta las últimas posiciones de la Armija bosnia. Una casa muestra todavía las heridas de aquel tiempo, una fachada lateral que parece guiñarle el ojo a las sombras que pasan como sombras. En la fachada principal quise atrapar a una mujer asomada al balcón. Había otros impactos que eran evidencia de los estragos del pasado. Primero se ocultó, pero acabó dándose cuenta de que no tenía sentido hurtarse a lo ocurrido. La casa era un grito sostenido, un recordatorio en medio de la canícula, mientras la gente se afanaba en sus asuntos, como en cualquier otra ciudad y pueblo del mundo donde la guerra no dicta el fin de las reglas, el reino de la impunidad.

 

Viaje al Este, 10

Es lo primero que hacer Gervasio cada vez que vuelve a Sarajevo. Llevar flores a la tumba de Nalena Skorupan (1993-1994), que vivió 81 días. La granada que la hirió mortalmente entró por una ventana en el tercer piso de la casa del centro de Sarajevo en la que vivía, arrancando de cuajo la cabeza de su tía. Luego fuimos al cementerio del León, junto al hospital de Kosevo, cuyas tumbas vimos multiplicarse como por ensalmo, como en una pesadilla. Casi todos los muertos tenía la misma fecha de salida de este mundo: 1992.

 

Viaje al Este, 11

Era un ritual que cumplíamos casi cada mañana. Sobre todo después de los bombardeos. Las rotas escaleras de la morgue, el Depósito de Cadáveres de Sarajevo, casi puerta con puerta con el hospital de Kosevo. Los empleados ya nos conocían. Nos dejaban pasar. A veces te decían que entraras y contaras tú mismo los cadáveres. El olor de la muerte. Los charcos. La sangre seca. La ropa sucia. Las muecas congeladas para siempre. Y, a la puerta, el llanto de los vivos. Casi cada día.

 

Viaje al Este, 12

Nunca entrábamos por la puerta principal. Era demasiado peligroso. El estanque estaba vacío. Las fuentes, silenciosas. Entrábamos por el garaje. La fachada que daba a las colinas y a la Avenida de los Francotiradores estaba llena de boquetes. Abrías una puerta y te encontrabas a la intemperie, con la pared volada. El Holiday Inn. Nuestro hotel en Sarajevo. Donde compartíamos miedo, conversaciones, bromas, desayunos y cenas, con Susan Sontag, con Juan Goytisolo, los pocos intelectuales que se atrevieron a acompañar los padecimientos de los bosnios durante el cerco.

 

Viaje al este, 13

Al viejo cementerio judío dedicó páginas muy hermosas Ivo Andric. Desde el viejo cementerio judío se disfruta de una hermosa vista sobre Sarajevo. Entre sus tumbas, tras sus lápidas, se emboscaban los radicales serbios. Con un fusil de mira telescópica resultaba muy fácil para un tirador experto herir o matar a los que pasaban por la calle al otro lado del río Miljacka. Reducida al mínimo la población de origen judío en Sarajevo (aunque siempre quedaron judíos en la ciudad, incluso en los peores momentos del sitio, y a través de la sociedad La Benevolencia prestaron toda la ayuda que pudieron), nadie se ocupa de las tumbas. Hablaban ladino. Eran herederos de los españoles expulsados por los Reyes Católicos. Historias de limpieza étnica, de empobrecimiento, de fronteras dentro de fronteras.

 

Viaje al este, 14

Dediqué mi domingo sarajevita a hacer lo que veinte años antes resultaba imposible, a lo que forma parte de cualquier ciudad que se precie, y más si cuenta con un río que se deje pasear. Antes había subido al tranvía de Ilidza, al que dedica un poema conmovedor Izet Sarajlic, que pasó toda la guerra en la ciudad sitiada. A la vuelta, me bajé en las inmediaciones del Holiday Inn, y recorrí todo el malecón del río, todos los puentes, incluido el de Gavrilo Princip. Algo tan vulgar como recorrer el bulevar del río: al otro lado del río, en las colinas, estaban los francotiradores serbios. Recorrer el río, cruzar los puentes, era jugarse la vida. Muchos no lo contaron.

 

Viaje al Este, 15

Así llegué a la biblioteca, a su silueta a contraluz, casi reconstruida. Estaba en Sarajevo el verano de 1992 cuando fue bombardeada, el mismo verano de los Juegos Olímpicos de Barcelona, cuando la memoria de la ciudad y de Bosnia, de su historia secular y multicultural, donde convivían católicos, ortodoxos, musulmanes y judíos, ateos, serbios, croatas, bosnios sin adscripción (como muchos judíos en la Alemania nazi, muchos musulmanes no sabían que lo eran hasta que los ultranacionalistas hicieron de su identidad un problema) fue reducida a cenizas. Cerca de dos millones de libros y manuscritos fueron pasto de las llamas.

 

Viaje al este, 16

El alminar que velaba nuestros sueños en la Bascarsija de Sarajevo. Igual que en Mostar, el pequeño hotel céntrico también tenía un tragaluz sobre el que cantaba la lluvia. Muchos aseguran que se ven muchas más mujeres con velo ahora que en el pasado, que la ciudad cosmopolita se ha vuelto más provinciana, que hay más campesinos y más religiosos, que hay más musulmanes practicantes que antes del desgarro. Es posible. Pero lo que más me sorprendió de la noche de Sarajevo, especialmente de la noche del sábado, fue el bullicio inusitado de las calles céntricas, el esplendor de los bares, la cantidad de jóvenes vestidas con tan escasa ropa y tan provocadora como en cualquier ciudad de Occidente, con tanta o más ansiedad de vivir, de experimentar, de disfrutar de la existencia. En su caso, tal vez, como si quisieran apurar el tiempo perdido, aunque muchos de ellos o bien no habían nacido o eran unos niños cuando los años feroces de la guerra.

 

Viaje al este, 17

Una vista del todo imposible entonces. Incluso para los que tenían la llave de la ciudad, para los sitiadores serbios. Porque esta torre de 35 pisos sencillamente no existía. Es ahora el nuevo techo de Sarajevo. La imagen está tomada desde el café del piso 35. De amarillo cubo de Rubik, el Holiday Inn, un blanco perfecto, y más allá, las colinas, donde el resplandor, inocuo. Un mirador desde el que observar, como desde la torre de la catedral de Oviedo, en La Regenta, la vida de una ciudad que ha resurgido de los intentos de doblegarla.

 

Viaje al este, 18

Camino de Srebrenica, en el este de Bosnia, donde primero se llevó a cabo la campaña de limpieza étnica y pueblos de mayoría musulmana fueron sistemáticamente vaciados y quemados nada más iniciarse la guerra, en 1992, nos desviamos hasta Visegrad para rendir homenaje a Ivo Andric. Su Puente sobre el Drina es uno de esos libros que te ayudan a entender el pasado de Bosnia y de la antigua Yugoslavia. ¿Cuántos cadáveres ha visto pasar desde sus pretiles el puente de Ivo Andric sobre el Drina? ¿Qué hubiera añadido Ivo Andric al libro que yo leí en Sarajevo durante el cerco? Salvar el río por el puente de Ivo Andric: acorta el tiempo, también la vida.

 

Viaje al este, 19

Llegamos a Srebrenica tres días antes del funeral que, este año, debía dar sepultura a 409 desaparecidos  de la matanza de 1995, cuando más de 8.000 musulmanes bosnios fueron separados de sus madres, esposas, mujeres, hermanas, abuelas, hijas, y exterminados. Todos los hombres en edad militar, pero también centenares de niños. Tras el genocidio de 1995, y el final de la guerra, Srebrenica se encuentra bajo dominio de la República Srpska, una de las dos entidades que configuran la nueva Bosnia-Herzegovina. Un país que no funciona. Un engendro político. Un recordatorio de lo mal que actuó Europa. La torre de la iglesia ortodoxa se mira en el alminar de la mezquita. Acaso se entiendan. Algunos musulmanes han vuelto a Srebrenica tras la depuración. Un bar frecuentado por serbios se mira en un bar frecuentado por musulmanes. Por lo menos ya no escupen, ya no insultan, ya no tiran piedras a los autobuses que llevan cada año a los familiares de las víctimas que acuden cada 11 de julio al cementerio de Potocari para participar en el gran funeral. Con los 409 identificados este año son ya 6.066 los enterrados en cementerio-memorial. Allí, en Potocari, a las puertas de Srebrenica, donde se encontraba la base de los cascos azules holandeses, buscaron refugio infructuosamente los musulmanes bosnios.

 

Viaje al este, 20

Tras el rótulo de la estación de autobuses de Srebrenica, los bosques que rodean el enclave protegido de la ONU. En La hija del Este, de Clara Usón, una estremecedora novela que recrea la peripecia vital de Ana Mladic, la hija del genocida de  Srebrenica, además de la guerra de Bosnia y los delirios del nacionalismo, se lee: «El entorno de Srebrenica es hermoso: bosques de densa arboleda, prados verdes que se llenan de flores en primavera, ríos de aguas azules… Idílico. Un año más tarde, en 1996, los habitantes de la zona evitarán transitar por el bosque, bañarse en el río. Son serbios. Todos. Y Srebrenica ha sido liberada, alabado sea Dios, y pertenece a la República Srpska. Pero ellos recuerdan que el agua del río, un año atrás, bajaba llena de cadáveres y saben que en los bosques, sus bosques, ¡al fin suyos del todo!, ha crecido una maleza espuria, una vegetación foránea, siniestra: mandíbulas, omóplatos, columna vertebrales, manos, tibias, cráneos, salpican el césped de los claros del bosque y al andar los pies se hunden en el césped irregular y poco firme y un escalofrío recorre la piel del caminante: puede que esté pisando los huesos enterrados de su antiguo amigo, vecino o compañero de clase. La parejita de enamorados que se aventura en la espesura en busca de una sombra discreta y mullida, donde amarse sin prisas ni testigos, puede toparse, al llegar a un calvero, con el esqueleto de un hombre atado a un poste, lo cual enfría al más ardoroso de los amantes. De ahí que los serbios de Srebrenica prefieran eludir el bosque hasta que alguien lo limpie de esas visiones, que les recuerdan las culpas y actos terribles que ya no sienten suyos, como los crímenes cometidos en la nebulosa íntima de la pesadilla que al despertar se revelan soñados».

 

Viaje al este, 21

Las tumbas abiertas. Esperando. La tarde del 10 de julio. El cielo sobre Potocari, Srebrenica, Bosnia. Después del estremecedor funeral del día 11, seguimos camino. Atravesamos el Drina, por primera vez entré en Serbia, dormí en Belgrado. Al día siguiente seguimos hacia Bulgaria, cruzamos la llanura Dacia, hicimos noche en Pitesti, donde los comunistas se ensañaron con los disidentes y premiaron a los delatores, y me mordió un perro.

Son 21 postales de un viaje al Este, 21 ventanas. El regreso a Bosnia, un país querido; a Sarajevo, una ciudad a la que siempre querré volver. Han pasado 20 años después. ¿Cómo se negocian los recuerdos, cómo se explican las emociones?

 

 

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Este blog está dedicado a la meteorología cultural y política, el teatro de nuestro tiempo, el periodismo y las sombras corredizas.Más sobre «Lluvia racheada»

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