Los contrabajos de Beethoven atacan los bastiones de la pesadumbre

Publicado por el Jun 28, 2013

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Atardecer_Tomelloso

 

Carece de la intimidad del Carnegie Hall, y de su acústica. Es una gran caja de resonancia, pero raramente se alcanzan los silencios que requiere la consagración de la verdad. Y sin embargo, cuando Matthew McDonald, Esko Laine y los otros contrabajos de la Orquesta Filarmónica de Berlín acometieron su pianísima parte en el cuarto movimiento de la Sinfonía número 9 en Re menor, op. 125 de Ludwig van Beethoven, bajo la batuta nupcial de Simon Rattle, nadie veló el instante con una tos sacrílega, con un estornudo intempestivo. Sobre esa sierra finísima de sonido capaz de cortar en dos el muro de las lamentaciones, la cornisa cantábrica o el peor bastión de la derrota y de la ignorancia, la orquesta extrajo ese mineral que sirve para pavimentar la alegría.

Escribe el poeta chino Han Yu (768-824), incluido en Poesía china (Siglo XI a. C.-Siglo XX), publicado por Cátedra en una primorosa edición de Guojian Chen:

La senda, velada por brumas,

ora aparece, ora se evapora;

unas veces sube, otras desciende.

La montaña, cubierta de flores,

se viste de rojo, matizada

de verde de unas cascadas.

(…)

Cantan aguas saltarinas.

La brisa me acaricia,

abriéndome la túnica.

¡Qué feliz será vivir así!

 

Azul índigo, que empieza a insinuarse como un cobertor que se puede rozar con la punta de los dedos, un azul de noche americana, con ruidos de motores subiendo agua para los regadíos, acotando el campo de La Mancha para que don Quijote sepa a qué atenerse si vuelve a pasar por aquí. En Tomelloso, retrospectivamente, hace un año, escuchando al poeta Dionisio Cañas, me acuerdo de Beethoven, de ese himno que nos rescata de la melancolía, de la resignación, de la injusticia reinante y, sobre todo, de nuestra propia cobardía.

Los contrabajos iniciaron la revolución. Atacaron los bastiones de la pesadumbre. Les secundaron los violonchelos, y con ellos toda la orquesta ritmada de sonidos propios y genuinos por un director que no solo se sabe la partitura de memoria, sino que íntimamente canta la dicha de convivir con Beethoven para que sirva a nuestro placer estético, pero también a la necesidad que tenemos de removernos contra nuestra desidia. La lucha, como la música, da resultados. Conmueve los cimientos de lo inevitable. De esa necesidad que con tan fino berbiquí perforó Franz Kafka. No da lo mismo. Vamos. Los contrabajos, con su pianísima sierra, nos muestran el camino en medio del azul índigo de Tomelloso que escucha la conversación entre don Quijote y Sancho. Nos están hablando a nosotros, desde el corazón de España. Aprendamos a leer. Aprendamos a escuchar. A prestar atención a esos contrabajos, a los primeros acordes de un himno que nos va a enseñar el camino de la alegría, que depende, sobre todo, de nuestra atención.

 

 

 

Fotografía: Corina Arranz

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