Perplejidades panameñas

Perplejidades panameñas

Publicado por el may 6, 2013

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Sorprende encontrarse con universitarios españoles de hace más de dos generaciones, bien situados en la esalera social, que no saben decir cuál fue la gesta que inscribió a Vasco Núñez de Balboa en el libro de las grandes gestas de la historia, y más tratándose de un ilustre antepasado. Les faltó asomarse a la vibrante prosa de un genio curioso y escéptico (acabó quitándose la vida, pese a todo su renombre), Stefan Zweig, que en Momentos estelares de la humanidad (un libro que conviene leer, y sobre todo releer, cuando empezamos a pensar que no hay final para el túnel existencial de la especie) celebró la gesta que convirtió a Balboa en el primer europeo en divisar el Océano Pacífico (aunque no sería él, sino Magallanes, quien bautizaría de forma tan poco atinada el mar más extenso de la Tierra).

Pero acaso sorprenda más comprobar en la propia Panamá en la que no paran de levantarse rascacielos que Balboa no solo da nombre a todo tipo de vías públicas, a la cerveza más sabrosa, a la moneda (aunque sea el dólar estadounidense el que sirve para todas las transacciones), a los más altos honores que la patria del istmo otorga, sino que el gobierno se dispone a levantar en el centro del país un ciclópeo monumento a quien, con el paso del tiempo (y biografías tan inmerecidamente olvidadas como la que le dedicó Kathleen Romoli), ha dejado en la sombra a otros conquistadores. No es que Núñez de Balboa no cometiera iniquidades (y una de las mayores, como recuerda Zweig, justo la víspera del avistamiento del Mar del Sur que el futuro haría Pacífico, cuando entregó a indios vencidos a la furia de sus perros, empezando por Leoncico, el suyo). Pero su forma de tratar a los nativos y de firmar pactos de mutua conveniencia y respeto con los más de ellos y sobre todo sus industriosos caciques, acaso ha logrado el milagro de que Balboa haya tenido mejor suerte en la memoria de la tierra que conquistó para la Corona de Castilla que Cortés en México y Pizarro en Perú, o Stanley y el rey Leopoldo en el antiguo Zaire, hoy República Democrática de Congo.

Que Vasco Núñez de Balboa se embarcara de polizón en la Hispaniola para ganar la costa desde la que divisó el mar que Colón no se atrevió a ver (se empeñó el almirante en que Honduras era China), nada menos que en un barril de harina, le hace sin duda merecedor de mejor recuerdo entre quienes ahora buscamos héroes en los que reconocernos. Pero es que hasta el conocimiento veraz de nuestra propia historia parece vedado a quienes nos hemos convertido en náufragos de nosotros mismos.

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