La mejor juventud

Publicado por el Apr 3, 2013

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Foto Marco Tulio Giordana

 

Es lo malo de la lluvia, que desdibuja los contornos. Es lo malo de la prisa que nos lleva, que vemos sin ver realmente. Yo nací con la infancia. Era un título tan absurdo que había logrado captar mi atención. Un frase casi tan surrealista como la de Gila, cuando contó que el día que nació sus padres no estaban en casa. No sé si porque habían ido a misa o a la panadería. Hasta que volví a coger el inconfudible tomo gris de la colección con la que Anagrama lleva años amueblando y desamueblando mentes (Argumentos) y leí, despacio y bien, con buena letra: Yo nací con la infamia. Y un subtítulo: La mirada vagabunda. No creo que su autor, Juan Cueto, se acuerde de mí, porque aunque coincidimos en El País de sus mejores días (los del periódico, espero que no de los nuestros), él era ya una estrella en el firmamento mediático y yo exploraba las afueras de mí mismo. Él ya era el tipo heroico que dirigió una de las más hermosas revistas de aquel tiempo raro y apasionante, Los Cuadernos del Norte. Difícil dar con un título mejor. Lástima que, como ozono o camp de l’arpa, acabara devorada por la economía del libre mercado, que es cualquier cosa menos una entelequia, y a la hora de hacer acopios y quitas no se para en sentimentalismos. La infamia a la que se refiere, con ironía marca de la casa, es la de la tele, así apocopada, que es como la llamamos desde que aprendimos a encender el botón y elegir entre UHF y el otro canal, en blanco y negro, y ¡qué gloria la perra Marilyn, Herta Frankel, Escala en Hi-Fi, Viaje al fondo del mar y, por supuesto, Crónicas de un pueblo y Los chiripitifláuticos! Una educación sentimental en toda regla. Las de Cueto no son unas memorias, sino una antología de crónicas y pequeños ensayos, artículos sobre su relación con el aparato. Así lo expresa en el capítulo inicial a modo de «Conclusión: no sólo nací con la infamia y encima jamás hice apostasía de la religión catódica, el nuevo opio del pueblo, según repetían y aún repiten los de la hostia y el martillo; además, y por si fuera poco, dediqué a mantener tratos diarios, íntimos y pasionales con el invento infernal. ¡Qué disparate! Veinte años garabateando folios a costa de una caja que sólo tiene cincuenta años. Confieso que he pecado de pensamiento y de palabra».

La televisión me ha devuelto durante dos días de largas sesiones de tres horas asombrosas lo que muy de tarde en tarde logra para nuestro asombro, para nuestro fastidio de tanta basura como emite para alimentar este tiempo inmóvil. Dice Wikipedia (por cierto, anímese a ayudarles económicamente, aunque sea con una cantidad mínima. La echaremos mucho de menos si se ve obligada a cerrar): «La mejor juventud (en italiano: La meglio gioventù), es una película italiana de 2003 dirigida por Marco Tullio Giordana. En un principio se planeó como una miniserie en cuatro partes. Se presentó al Festival de Cannes de 2003 donde ganó el premio Un Certain RegardUna cierta mirada. Se proyectó en las salas italianas en dos partes de tres horas con 40 minutos eliminados. Rai Uno emitió la versión completa en cuatro partes en 2003». La mejor juventud es la de cuatro italianos que empezaron a ser jóvenes en los años sesenta, cuando están a punto de terminar la universidad: un psiquiatra fascinado inicialmente por la antipsiquiatría de Franco Basaglia; su hermano (guapo y atormentado), que abandonará la literatura para hacer la mili y convertirse en policía; un economista que acabará trabajando para el Banco de Italia y ser amenazado por las Brigadas Rojas, y un estudiante de filosofía que tras ser despedido de la FIAT se reinventará como albañil, primero, y como constructor después. No conozco ninguna película (ni miniserie) española que retrate con tanto brío, con tanto talento, con tanta verdad, con tan buen pulso dramático y cinematográfico el tiempo que corre entre los años sesenta y los primeros años de este siglo desnortado.

La fotografía que ilustra este post que quiere ser una carta en medio de la la lluvia que no cesa muestra a Marco Tullio Giordana (nacido en 1950: sabemos de qué juventud está hablando. Conoce de primera mano su materia prima, y entiende qué ha pasado en Italia) dirigiendo a Sonia Bergamasco en una de las escenas clave de La mejor juventud: cuando, denunciada por su marido (el psiquiatra, que intrepreta Luigi Lo Cascio), es detenida por la policía en el Coliseo romano: «Para que no mate. Para que no la maten». Progresivamente endurecida como madre y como esposa, su fascinación por las Brigadas Rojas (como tantos jóvenes que en Alemania con la Baader Meinhoff y en España con ETA), la conduce a abrazar la fe del terrorismo: emprende un camino en el que el odio al sistema acaba convirtiendo el asesinato en una forma legítima de cambiar el mundo. Un espanto cuyos estragos todavía masticamos en España como un interminable plato de ortigas.

«De Novecento de la segunda mitad del siglo XX», la calificó Javier Ocaña en la revista Cinemanía, y no me parece una hipérbole. Es más, creo que este fresco que acabo de descubrir esta Semana Santa en una España desquiciada, y que me ha hecho llorar de gratitud y de emoción, es una de las mejores maneras de volver a pensar lo vivido en la segunda parte de este siglo pavoroso y fascinante. Una lección no sólo para nosotros sino para esta juventud que crece a nuestro lado y que corre el riesgo de convertirse en una generación perdida. El arte de vivir y el arte de contar se abrazan aquí con la fuerza de la necesidad de cambiar el mundo, de buscar un sentido a la existencia, y de encontrar algunos el amor porque aprenden a dar y a darse. Y la tele de Cueto se reinvindica, a la altura de un fantástico artefacto de nuestro tiempo. Gran cine en la sala de estar para salvar este tiempo infecto, de porco governo, pero de piadosa lluvia.

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Este blog está dedicado a la meteorología cultural y política, el teatro de nuestro tiempo, el periodismo y las sombras corredizas.Más sobre «Lluvia racheada»

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