Encerrada como un gato con una computadora que es Dios

Publicado por el Sep 14, 2012

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Arranca la temporada en la sala Cuarta Pared  con una obra de la que, como me ocurre con demasiada frecuencia, apenas he leído unas pocas líneas antes de llegar con la lengua fuera al teatro. El título, hermético donde los haya –Harket [Protocolo]- no ayuda. Me siento en medio del patio de butacas, con la expectación que me gusta llevar al teatro, deseando que la noche sea inolvidable, te atornille al asiento, te deje una huella tan indeleble que se acabe casi confundiendo con la experiencia de la vida, y la memoria se ponga a trabajar como una cámara sensible a las emociones, a mil revoluciones por minuto. Cristina Fernández, la única actriz-bailarina, que firma también la coreografía, no abandona el espacio escénico (un búnker: una caja dentro de la caja del teatro, dentro de la caja de la ciudad, que es la caja de la vida) durante la hora que dura la función. Está acompañada en todo momento (salvo cuando, herido, se queda mudo) por un ordenador, un sistema de inteligencia artificial cuyo cometido es proteger a Cristina, y no permitirle salir al exterior hasta que el nivel de amenaza permita que sus posibilidades de sobrevivir sean aceptables. Le proporciona alimento, entretenimiento, imágenes y alguien (o algo) con lo que interactuar. Ejercicios (rutinas) corporales y mentales sirven para cargar el sistema, de tal forma que cuando la cautiva se niega a participar en los juegos el mecanismo se resiente. Cristina se sometió a un experimento de un mes ideado por un científico, su propio padre (¿metáfora de Dios?), pero algo se estropea y la vemos tratando de evitar la asfixia y la desazón cuando le quedan casi dos años de reclusión, según la estimación del nivel de amenaza exterior que la computadora (MAP#2) analiza cuando Cristina, su ama/esclava se lo pide.

Con dramaturgia y dirección de Juan Pablo Mendiola, la compañía PanicMac se interna en un territorio (por el que muchos otros se han despeñado) con un nivel de exigencia técnica y dramática admirables. A pesar de que en su propio lenguaje dicen que es “un espectáculo interdisciplinar en el que danza, teatro, humor, música, diseño y video-maping (3D)” se entremezclan, lo cierto es que  danza, teatro y tecnología cuajan de modo impecable gracias al imán y el pegamento vital de Cristina Fernández, una médium idónea, que logra que nos pongamos en su lugar, participemos de su angustia, nos la creamos, y sigamos su argumentación lógica y su tensión física en un crescendo muy bien dosificado por el director. Un trabajo cargado de emoción que sube un peldaño filosófico y moral cuando la propia protagonista se descubre en la piel del gato de Schrödinger, también conocido como paradoja  de Schrödinger. Una vuelta de tuerca a la que asistimos con una fascinación que no ha hecho sino progresar desde que entramos en el teatro para disfrutar de un espectáculo y sin dejar de hacerlo descubrimos algo más. No se la pierdan.

 

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