La puerta abierta del teatro

Publicado por el Jul 23, 2012

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[“El submarino era oscuro, porque no tenía ventanas, y Christian quedó allí largo tiempo, calculó que una semana. En ese tiempo había examinado a tientas la celda completa. El cubo para las necesidades, junto a la mesa, tenía una tapadera esmaltada sujeta por dos piezas metálicas; Christian aprendió a utilizar el sentido del tacto como un ciego, el letrero de la tapadera tenía un ligero relieve y decía servus. La manta del catre olía a detergente Spee, y, para eso necesitó algún tiempo, a las llamas del zoo de Dresde, más exactamente, a las llamas cuando llovía. La idea de que ahora tenía que haber llegado a lo más íntimo del sistema no abandonó a Christian durante largo tiempo en la aún más larga oscuridad de la celda. Estaba en la República Democrática, que tenía fronteras fortificadas y un muro. Estaba en el Ejército Nacional Popular, que tenía muros de cuartel y puestos de control. Estaba preso en el establecimiento penitenciario militar de Schwedt, detrás de un muro y de una alambrada de espino. Y en el establecimiento penitenciario militar de Schwedt estaba metido en el submarino, detrás de muros sin ventana. Así pues, ahora estaba del todo allí, ahora tenía que haber llegado. Tenía que ser más que simplemente llegar: tenía que ser, pensó Christian, él mismo”. La Torre, de Uwe Tellkamp]

 

Tres actores (cuatro, si contamos al edecán del diablo) encerrados en el castillo de Ribadavia… para siempre. Una herencia kafkiana. Como dice uno de los personajes, ni parrillas, ni grilletes, ni potros de tortura… basta la compañía de los otros para que la existencia se vuelva insufrible. A puerta cerrada, en una habitación, sin salida y sin esperanza, por toda la eternidad. ¿No era la muerte una liberación? No en esta destilación existencialista de Jean Paul Sartre que, con buena puntería, eligió la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia para inaugurar su 28ª edición. Ejemplo de resistencia.

La tentación era muy fuerte. Mi balneario se encontraba a tan solo 14 kilómetros. Pensé ir en taxi y volver andando, de madrugada –la función empezaba a las once de la noche: el mejor momento en el sofocante verano orensano-. Pero tras las penurias que debían arrostrar los tres personajes, me pareció que era suficiente drama por una noche, y la caminata a la luz de las estrellas hubiera sido una forma de regodearse en la penitencia.

Defienden con solvencia sus personajes los cuatro intérpretes de la compañía argentina Timbre 4 (Maday Méndez, Josefina Pieres, Franz David Toro y Daniel Cabot). Una compañía fundada por el dramaturgo y director Claudio Tolcachir con el nombre del local en el que ensayaban, vivían, actuaban… Una brújula para los tiempos que se desploman en España: sobre cómo resistir, sacar fuerzas de flaqueza, hacer teatro que sea útil aunque sea político y no lo parezca en tiempos de penuria económica y de penumbra ideológica.

La coproducción es con el prestigioso Théâtre du Soleil, de tan fecunda trayectoria, que proporciona no solo el director: Serge Nicolai. Sumar fuerzas para hacer frente al temporal, para compartir techo, ideas y estrategias es una forma de empezar a cambiar el curso de las cosas.

La puesta en escena es coherente con la obra y los obradores: teatro pobre, teatro esencial. Jerzy Grotowski sigue siendo una veta muy rica. Unas bambalinas, unos telones negros, una puerta blanca como pensión de mala muerte en la barcelonesa calle de Avignon o en cualquier parte, un timbre que raramente funciona  y tres sillas. Cuatro actores, una manta y una pasión. Y un humor acre, una diatriba filosófica sin tregua, sin concesiones, sin final feliz que nos permita ir a la cama con la conciencia adormecida. Sartre trata de probar una opinión que ha acabado por hacer triste fortuna: el infierno son los otros.

El público, que llenó en buena medida las gradas griegas del castillo medieval, resistió la densidad y el sueño, se miró sin pestañear en el espejo amargo y aplaudió el fervor de los intérpretes. Aunque no compartiera algunas de las aseveraciones, poco asimilables desde el rampante partidismo político que nos está dejando exangües. De ahí cierta incomodidad que a veces se palpaba entre los aficionados, no siempre dispuestos a dejarse ofender por el teatro. Los malos hábitos de una cultura complaciente y subvencionada.

¿Es eficaz el teatro?¿Qué huellas deja en nosotros? ¿De qué índole? El mundo de la cultura (un eufemismo) se moviliza contra el nuevo IVA y El País proporciona generosa acogida a todos los que opinan de forma más o menos unánime. Pero ¿de qué clase de cultura estamos hablando? Se acaba una época. Nadie sabe qué vendrá. Pero es preciso pensar, escribir y actuar de otra manera. Salir de esta habitación cerrada. El infierno somos nosotros. En el teatro tenemos una puerta.

 

[“‘allí donde en los estadios de hockey sobre hielo se recita a Mayakovski ante el equipo en formación’, el portavoz del estadio determina el pasaje, el público lo recita, ‘en este país reinan la crueldad y el miedo, impera la mentira. Guardaos del país donde los poetas llenan estadios… Guardaos del país donde los versos son un sustitutivo’”. La Torre, de Uwe Tellkamp]

 

 

Sugerencias de lecturas para este verano:

 

El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov

Contra toda esperanza, de Nadezhda Mandelstam

La bahía perdida, de Manès Sperber

La Torre, de Uwe Tellkamp

 

 

Foto: Natasha Lelenco

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