Ser periodista en Irán tiene consecuencias

Publicado por el may 14, 2012

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Este post es una promesa. Ingresé hace poco tiempo en Reporteros sin Fronteras y acepté convertirme en uno de los vicepresidentes de la sección española a propuesta de un colega, y porque en esta organización hay periodistas a los que admiro desde hace años. Como desde hace años considero el reportaje como el género estrella del periodismo. ¿Cómo no formar parte de una organización que lleva la palabra reporteros en su nombre y que se dedica a defender la libertad de expresión en todo mundo? Porque ser periodista y buscar la verdad, servir de contrapeso al poder y sus abusos, y denunciar las injusticias tiene consecuencias muy graves en algunos países, como México, Eritrea, Siria… o Irán.

Miembros de la organización apadrinan a periodistas encarcelados y asumen el compromiso de darles visibilidad, escribir sobre sus casos siempre que surja la oportunidad, firmar peticiones a los representantes diplomáticos de los países en los que esos informadores son perseguidos y hacer todo lo que pueda contribuir a cambiar el estado de las cosas, en este caso la situación de un periodista como Issa Saharkhiz. Nacido en el año 1953 en la ciudad de Abadan, situada en la provincia de Khuzestan, al suroeste de Irán, su familia se trasladó en 1959 a Karaj, una localidad cercana a la capital, donde completó la secundaria. Graduado en Económicas por la Universidad de Teherán en 1979, Issa Saharkhiz es periodista y editor de la revista Aftab y del periódico Eghtesah. Ex jefe de la oficina de prensa del Ministerio de Cultura y Educación durante el mandato del presidente Mohamed Jatami, Saharkhiz es una figura política en Irán, miembro de la directiva de la Association for the Defense of Press Freedom. Fue detenido el 4 de julio de 2009, cuando el régimen iraní aplastó sin contemplaciones las protestas que brotaron tras unas controvertidas elecciones. Actualmente cumple una condena de tres años de prisión tras haber sido condenado por “insultar al líder supremo” del país y por “difundir propaganda anti-gubernamental”. El año pasado vio cómo era prolongada su condena a dos años suplementarios por actividades anteriores a su detención.

Saharkhiz atesora un pequeño historial de litigios con la justicia iraní. En julio de 2003 pasó dos días detenido bajo la misma acusación de “propaganda anti-gubernamental” que engloba un amplio abanico de supuestos que jueces sensibles al Gobierno pueden aplicar a discreción. En agosto del mismo año fue interrogado por la fiscalía un día después de haber publicado una carta en internet en la que se mostraba dispuesto a demandar al ayatolá Hashemi Shahrudi. Al año siguiente, un tribunal de Teherán le condenó a seis años de inhabilitación y una multa de 2.000 euros por publicar en su revista la traducción de Lecciones de Irán, un artículo del escritor israelí Bary Robin sobre la revolución iraní de 1979.

En junio de 2006 fue sentenciado a seis años de cárcel y cinco de inhabilitación por “ofender a la Constitución” y hacer “publicidad contra el régimen”. Sus abogados no recibieron la notificación de la sentencia hasta noviembre de ese año. El periodista optó por no recurrir la sentencia. Era su forma de protestar por lo que consideraba una condena arbitraria e injusta.

En diciembre de 2010, Reporteros sin Fronteras alertó sobre el delicado estado de salud de Saharkhiz, que tuvo que ser hospitalizado en la prisión de Rajai Shahr. En marzo de este año fue ingresado de nuevo, esta vez en la unidad de cuidados intensivos del hospital de Shariati después de una fuerte discusión con un guardián de la cárcel de Rajishaha. Era la segunda vez que tenía que ser hospitalizado en el espacio de dos meses. Ya en octubre de 2009, Reporteros sin Fronteras denunció su confinamiento en solitario y las presiones que sufría para obligarle a confesar, y al año siguiente esta organización y Amnistía Internacional reclamaron a las autoridades iraníes que proporcionaran atención médica a una serie de presos, entre los que figuraba Saharkhiz. En Reporteros sin Fronteras estamos muy preocupados por el más que precario estado de salud de este periodista que con las únicas armas de la palabra y la razón ha intentado toda su vida adulta ampliar la libertad de expresión en un país culto como Irán, que merece un gobierno que trate a sus ciudadanos como a individuos capaces de discernir qué es lo mejor para sus vidas, incluidos los dirigentes que habrán de gobernarles.

Ilustra esta carta sobre Issa Saharkhiz un fotograma de Nader y Simin, una separación, película escrita y dirigida por Asghar Farhadi. Estrenada el año pasado, está interpretada por Peyman Moaadi como Nader y Leila Hatami como Simin. Aparte de resultar asombrosa la forma de filmar de Farhadi y el genio interpretativo de Moaadi y Hatami, lo mejor del filme es la calidad de un guión que trata al público con respeto por su inteligencia. Con su capacidad para escuchar las razones de uno y de otro, y sobre todo de entender en qué país y bajo qué circunstancias políticas, sociales y económicas deciden poner término a su relación y con qué consecuencias, Nader y Simin es una película tan reveladora como angustiosa. El cine iraní, y el de Asghar Farhadi es una prueba más de su categoría, ha demostrado de forma reiterada su talento para contar el mundo. Lo mismo que su prensa. No deja de resultar desoladora la ceguera de un régimen empeñado en tratar a sus ciudadanos como súbditos menores de edad, obcecado con sus enemigos exteriores eincapaz de proporcionar a sus ciudadanos una vida digna. Lo que Issa Saharkhiz ha intentado desde sus periódicos. ¿Hasta cuándo?

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