‘El traje’, Peter Brook y “el arte de bien llorar”

Publicado por el may 11, 2012

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Me sentía tan conmovido, incluso cuando me despedí de Nacho y me quedé solo en el metro, en medio de la muchedumbre y de los desconocidos, que tenía que apretar la mandíbula para que no me temblara, para no echarme a llorar de agradecimiento y de emoción.

Leo el programa, que ayer no leí, y me vuelvo a emocionar. Estaba sentado en la segunda fila, entre Juan Ignacio García Garzón y María Pagés. La bailarina, a quien conocimos en Nueva York, al final tenía los ojos tan llenos de lágrimas como yo. Y como Elsa Fernández Santos. Su padre, el inolvidable Ángel, hubiera disfrutado de lo lindo con un espectáculo tan desnudo, tan esencial, tan prodigioso, con el que practicar lo que él –tan buen crítico de cine como de teatro- bautizó como “el arte de bien llorar”. The Suit ejemplificaba lo que, siguiendo a Lope de Vega, José Luis Alonso (el viejo) defendía, y que es lo que mejor hace Peter Brook, el gran hechicero: “el teatro son dos actores, una manta y una pasión”.

La pieza se debe a Can Themba, periodista y escritor surafricano nacido en 1924 que formaba parte de los Drum Boys, cuyo lema era “vive de prisa, muere joven y deja un bonito cadáver”. No tuvo suerte. No logró lo que prometió a su esposa: que The Suit les haría ricos. Escribió la mayor parte de su obra en Sophiatown, el barrio pobre de Johanesburgo donde se desarrolla El traje y donde vivían los negros antes de la llamada Group Areas Act (la “ley de las zonas reservadas”), establecida en 1950, que encerró a la población negra en los townships, en el exterior de las ciudades. Cuando a principios de los años sesenta el Gobierno racista de Pretoria decretó la prohibición total de las obras de autores negros, Can Themba se exilia a Suazilandia, donde muere pobre y alcoholizado en 1967.

Peter Brook descubrió The suit en los años setenta, cuando en Johanesburgo se encontró con Barney Simon, fundador del Market Theatre, uno de los pocos espacios en los que en tiempos del apartheid podían trabajar actores negros. En la elaboración final de la pieza participaron, además de Themba, el propio Simon y otro autor surafricano, Mothobi Mutloatse.

Es un cuento tan dulce –más bien agridulce- como cruel, que nos pone en contacto con la Suráfrica de la discriminación racial en un pequeño rincón, de una casa, donde la vida sigue a pesar de todos los pesares: donde la ternura, el deseo, la intimidad y la política se dan la mano. Pero también el perdón y el olvido, que tanto para la protagonista como para el autor llegaron demasiado tarde.

Unas sillas, una barras para colgar ropa y una esterilla. No hay más escenografía. Hacen de cama, pared, retrete, ventana, autobús, marquesina… Cuatro actores, tres músicos. Y la luz (de Philippe Vialate). La luz que al final, cuando todo está decidido, mancha espacios fuera de escena: unas franjas horizontales que, como fragmentos de gigantescas tes (acaso reflejos perdidos, inútiles), me recordaban como pocas cosas la soledad que a veces propician las ciudades: tan brutal, tan inconsolable.

Desde que el acordeón entra ya tenemos el alma cogida con un imperdible. Luego será cosa del narrador, ligerísimo como Mercurio, y ácido como una ciruela, Jared McNeill; de una cantante/actriz (y viceversa) como Nonhlanhla Kheswa, capaz de transformarse aparentemente con el mínimo esfuerzo y de hacernos vibrar como es dado a contadas actrices/cantantes, pero sobre todo del admirable (por elegante, despiadado, tierno y trágico) William Nadylam, que acabará siendo doblemente desgraciado. (Ah, no conviene olvidar que McNeill intepreta, como quien no quiere la cosa, sentado en una silla, sin el menor énfasis, pero con una autenticidad dolorosa, la canción Strange fruit. Solo por eso merecería un lugar en nuestros corazones).

No puedo sino sentir un inmenso agradecimiento por lo que el sabio Peter Brook y estos intérpretes en estado de gracia desde la primera sílaba a la última nota nos regalan. Un talento y un desprendimiento hecho de trabajo, generosidad y precisión que ojalá nos hiciera mejores. Cuando lloramos de emoción y gratitud, lo parecemos.

¿Qué ocurrió entonces, qué sigue ocurriendo, en los teatros del Canal? Que Peter Brook y los actores del Theâtre des Bouffes du Nord logran que la alegría y el dolor, la pena y el alivio, la emoción y la historia, el misterio y la pasión cobren ante nosotros vida tan frágil y hermosa como un bosque de cristal agitado por un viento sutil que corta la cara. El espectáculo es como un cuchillo con mango de terciopelo que te desgarra las entrañas con inconcebible dulzura. Agradeces que te haga llorar como antes del desenlace te hizo reír. Con un mínimo de elementos y una capacidad insólita para ponese y quitarse la máscara de sus personajes y volver a ponerse ante nosotros su piel de actores, este elenco nos abre una puerta al lugar de la experiencia que franqueamos como niños con zapatos nuevos. Y con mi querido James Salter. Como él, siempre estoy esperando que haya noches así. Apenas diez noches, si eres afortunado, en las que el teatro te deja noqueado de placer. Gracias a vosotros.

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