Nuestra clase

Publicado por el Apr 25, 2012

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Lo malo del teatro es que tiene demasiado que ver con la vida. Por eso el mal teatro es tan penoso de digerir, y hace que los que no lo frecuentan se sientan tan incómodos ante el trance que luego les cueste volver. Lo bueno del teatro es que tiene todo que ver con la vida. Por eso el bueno es tan gozoso de disfrutar, de tal manera que si una vez has tenido la suerte de sentir esa emoción genuina no dejarás después de volver con el deseo de experimentar una vez más esa transfiguración. Como Nuestra clase.

 

El dramaturgo polaco Tadeusz Slobodzianek reconstruye en Nuestra clase un episodio que incluso a los polacos –sobre todo a los polacos- les cuesta admitir. No en vano, durante cerca de sesenta años culparon a los nazis de lo que habían cometido sus compatriotas. En 1941, los vecinos de la ciudad de Jedwabne mataron a 1.600 de sus vecinos judíos por el mero hecho de serlo. Primero les vejaron, les hicieron limpiar las hierbas de la plaza con cucharas y finalmente les encerraron en un granero con la “promesa” de que al día siguiente serían trasladados a un gueto en otra ciudad. Pero le prendieron fuego tras rociarlo con gasolina. No fue fácil la tarea de enterrar a los cuerpos, muchos de ellos pegados, entrelazados, asfixiados. Luego culparon del crimen colectivo a los nazis, y hasta levantaron un monumento en memoria de las víctimas. El libro de Jan T. Gross Neighbors sacó a relucir la gran mentira. Vecinos, amigos, clientes y compañeros de clase se convirtieron en asesinos de vecinos, amigos, clientes y compañeros de clase.

 

Las relaciones entre los judíos y los católicos de Jedwabne empezaron a estropearse durante la ocupación soviética de 1939, tras acusar los segundos a los primeros de traición. Cuando a la ocupación rusa siguió la nazi, el antisemitismo se acentuó hasta ese día en la que, ante la pasividad de los nazis, que vieron cómo los propios polacos llevaban a cabo lo que ellos deseaban, se hacían cargo de sus judíos. Los vecinos, clientes y compañeros de clase se convirtieron en los asesinos de sus vecinos, amigos, clientes y compañeros de clase.

 

Quienes tuvieron la suerte de conocer el teatro de Tadeusz Kantor y su compañía, Cricot 2, y sobre todo de espectáculos como La clase muerta, reconocerán en Nuestra clase, que ahora se representa en el teatro Fernán Gómez de Madrid, no pocas resonancias. No sólo porque los adultos hagan de niños sin hacerse pasar por niños (sin infantilizar a sus personajes: infantilizar a un niño es hacerlo idiota. Otra forma de impostura). No sólo porque ambos montajes estén ambientados en Polonia. No sólo porque la muerte esté demasiado presente. Me refiero a una textura, a un color de la luz, los objetos, el vestuario, que remite a la condición errante de los judíos, de los refugiados de la grandes guerras europeas del siglo XX.

 

Carme Portaceli cuaja como directora el montaje de su vida. Nuestra clase no es una función fácil de ver, y no porque se hagan largas las tres horas largas de representación (al contrario: los actores hacen un verdadero y encomiable tour de force). Es doloroso reconocerse como seres humanos en ese horror tan perfectamente humano. Nos recuerda lo que no debemos olvidar. Para intentar que el nazi que podría anidar en nuestro interior no levante cabeza. No tenga la oportunidad de manifestarse. Hasta el 13 de mayo se puede entrar en esa clase. Al final me pregunté cuándo seremos capaces de hacer algo así con algunos de nuestros fantasmas más recientes, como los crímenes de ETA y tantas complicidades. Nuestra clase.

 

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