Esa locura llamada campaña

Publicado por el 20/06/2016

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MARIANO RAJOY EN MALAGÓN (CIUDAD REAL)

Visto desde fuera, una campaña electoral puede parecer la obra cumbre de un psicópata: jornadas interminables, viajes de punta a punta del país, y una sucesión de paseos, abrazos, saludos y mítines. Pero si se acerca el zoom, y cuando las cosas están bien hechas, una campaña es en realidad como el mecanismo de un reloj cuyos engranajes tienen que funcionar a la perfección, o una de esas torres de piezas que montan los niños y en la que cada parte tiene que estar en su posición justa porque si no toda la estructura se viene abajo.

Entrando en materia, si toda campaña es por definición complicada de diseñar y llevar a cabo, la cosa se complica aún más cuando el candidato es, al mismo tiempo, presidente del gobierno. Como es el caso de Mariano Rajoy. Su director de campaña, Jorge Moragas, ha diseñado un itinerario que le va a llevar por veintidós provincias de trece comunidades autónomas diferetes durante los quince días que dura. En total, más de 15.000 kilómetros que el candidato recorre por tierra, mar y aire.

Rajoy prefiere el tren al avión, pero los desplazamientos, a veces de punta a punta del mapa de España -de Granada a Galicia, o de las islas Canarias a Lleida- se producen muchas veces en avión por razones de tiempo. Utiliza vuelos regulares o charter, según conveniencia. Y el AVE; en este medio de transporte se desplaza con mucha frecuencia, es habitual verle en sus estaciones, e incluso ha aprovechado el trayecto para realizar, ajustando el tiempo al máximo, alguna entrevista con un medio de comunicación.

Acompañan habitualmente al candidato su equipo más cercano de asesores, comenzando por la directora general de Comunicación, Carmen Martínez Castro. En cada lugar le reciben los dirigentes locales del partido, y los candidatos al Congreso por cada circunscripción. Suelen ser éstos los que proponen el lugar donde se celebre el acto. Como en esta campaña se está buscando sobre todo cercanía, Rajoy está visitando lugares donde es poco frecuente encontrar políticos. Por ejemplo, una plantación de alcachofas en Tudela (Navarra), una lonja de pescado en Santa Pola (Alicante), el maravilloso mirador de San Nicolás en Granada, o una explotación ganadera en San Martín de Podes (Asturias). En este último lugar Rajoy proporcionó las que tal vez sean las imágenes más originales en una campaña electoral: el candidato hablando ante un micrófono en medio de un establo y acaparando la total atención de varias decenas de lustrosas vacas lecheras.

Claro que en algunas ocasiones la cosa se complica: como ocurrió en el mitin de Las Palmas de Gran Canaria. El gobierno local de este municipio -dirigido por el PSOE con apoyo de otras fuerzas, que unidas desbancaron al PP- puso trabas para celebrar el mitin en un lugar público, así que la organización optó por buscar un emplazamiento privado. Y finalmente eligieron la terraza de un club restaurante, donde habilitaron y llenaron de sillas dos zonas convergentes en forma de L, en cuyo vértice se montó el escenario, de manera que al candidato pudieran verle desde ambas zonas. El acto fue un éxito de público, y aunque pocos se enteraron, coincidieron en el tiempo con la celebración, en el interior del local, de unas bodas de oro que se acompañaban incluso de un grupo de mariachis.

Rajoy se adapta bien al ritmo de campaña. Hombre disciplinado y ordenado, le gusta mantener sus hábitos en la medida de lo posible. Por eso, intenta siempre que puede salir cada mañana, allá donde amanezca, a hacer ejercicio. Camina rápido -pero muy rápido- por espacio de una hora, acompañado de algún dirigente local. Más de uno ha confesado luego que les cuesta mantener su ritmo. Aprovechando esta actividad del candidato, su equipo de campaña a realizado varios vídeos mostrando cómo se ven, al paso del presidente, las localidades que visita. Una buena forma de promocionarlas y de ganarse, de paso, la simpatía de los lugareños.

Una de las cosas que más le gusta hacer a Rajoy es pasear por las calles de las ciudades que visita. En esta campaña se están eligiendo municipios de tamaño medio, poco habituados a recibir a un presidente nacional, con lo que se garantiza la expectación. En esto también se aprecia la diversidad de España y sus culturas: siendo buenos en general todos los recibimientos que recibe, en el sur son más dados a manifestar su entusiasmo, mientras que en el norte son más discretos. Incluso en su tierra gallega, el paseo por Pontevedra -donde fue golpeado en la anterior campaña- resultó más frío que los vividos en, por ejemplo, Torrevieja o Granada.

Físicamente, estos recorridos son duros para el candidato. Y lo son aún más para su equipo de seguridad. La gente no se conforma con ver a Mariano Rajoy: quieren tocarlo, darle la mano, hacerle algún comentario -”dale duro” es un clásico; “sálvanos, Mariano”, ha sido hasta la fecha el más original- y, sobre todas las cosas, quieren una foto con él. El líder popular atiende a todos, o lo intenta, y de este modo se tarda una eternidad en recorrer apenas unos cientos de metros.

En algunas ocasiones, también se dan las protestas, básicamente de colectivos que aprovechan la presencia del candidato y, sobre todo, de la nube de cámaras y fotógrafos que le siguen para publicitar su reivindicación. Hasta ahora, Rajoy se ha encontrado con dos jóvenes gritando contra sus políticas en Torrevieja, un grupo de manifestantes en Pontevedra que le recordaban que había sido declarado allí persona non grata, unos jóvenes pro-saharauis en Granada, y alguna concentración de seguidores de Podemos que, como en Molina de Segura, llevaron a su equipo a suspender sus palabras en esta localidad. Por cierto que en este municipio coincidió con Pablito, el niño que se convirtió en su doble, convenientemente caracterizado, en un programa de televisión. Con él su madre tomaron un café en una céntrica calle de la ciudad.

Una campaña electoral puede ser agotadora. El líder repite un mitin que parece siempre el mismo, pero que no lo es -Rajoy siempre introduce algún matiz en sus mensajes, y suele dirigir parte de su discurso a los problemas concretos de la zona en que se encuentre- y, sobre todo, lo pronuncia ante diferentes personas. Lleva siempre “teloneros” que hablan antes que él. Se sabe cuándo ha llegado al lugar del mitin porque comienza a sonar a todo volumen el himno del PP. Y al terminar sus palabras, suena de nuevo, pero esta vez en la versión “merengue”. Al candidato se le ve en plena forma, contento y relajado, a pesar de la paliza psíquica y física que supone la campaña, un paréntesis de quince días en la realidad en la que cada mañana se despierta en una ciudad distinta, los discursos se repasan en el tren y las crónicas, como ésta, se escriben en un avión mientras se sobrevuela la península.

 

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